Hubo una vez un mundo en donde todo se derrumbó por la colisión de una inmensa roca espacial en el vasto océano, imponente, oscuro.
En donde un mar de agitaciones se levantó con fuerza por el impacto, y se llevó consigo las cosas extrañas de las que se apodera la arena de las profundidades.
Al tocar tierra, las heladas aguas iban arrancando árboles jóvenes, de esos que con peculiar paciencia logran germinar y levantarse.
Fue adrenalina pura, un terror absurdo. Una catástrofe inesperada, inconcebible para el atolondrado que danza en las orillas del abismo.
Se dice que el cielo le había sonreído a la tierra unos instantes atrás, que la tocó tiernamente con sus mechones dorados y casi la hizo suya.
Ese día el atardecer se vio un poco más hermoso. Incluso las rosas se despojaron de sus espinas para no herir nunca más.
El sol se iba acercando de a poco al agua, y el alto mar sintió su calor, y una vez más anheló vehementemente sus besos. Lo amaba.
Entonces empezó todo, aún cuando inmensas nubes negras se precipitaban sobre la tierra, el cielo ocultó su astro en la infinitud cósmica.
Y la gigantesca roca cayó, alcanzando el suelo marino lo rompió en pedazos, exponiendo las entrañas de un mundo que se desangraba en ardiente lava.
Casi instantáneamente, la lava cubrió la superficie del mundo, sumiéndolo a tan altas temperaturas que sus océanos se evaporaron igual de rápido.
Pronto, una sobrecarga de nubes pesadas lo cubrió todo. Ni los rayos solares fueron tan agudos como para desgarrar aquel manto lúgubre.
La tierra ardía en incesantes llamas, todo lo que alguna vez abrazó con su tersa piel ya no estaba; entonces las nubes desparramaron sus aguas.
Los incesantes chubascos agotaron los nubarrones del cielo de a poco, las frías lluvias convirtieron la lava en piedra y finalmente el cielo se despejó.
Entonces la tierra convertida en roca, alzó la vista al cielo, y aunque este seguía oscuro, se iluminaba por pequeñísimos puntos destellantes de luz.
El hermoso escenario cautivó una vez más a todo el planeta; pero el dolor de su piel todavía cicatrizante le recordaba la ausencia del astro rey.
En este mundo los días eran inciertos, no se podía predecir cuánto durarían, pero, aún si el sol se iba, su ausencia mantenía la calidez de siempre.
Pero llegó un día, y el amanecer se divisaba en el horizonte. La tierra fijó su atención en él, en ese momento entendió que lo extrañaba más.
Al acercarse, el mundo vio que la luz del sol ya no era la misma. Débil y tenue, el disco dorado arrastraba consigo caos y una extraña luna lo eclipsaba.
Y la tierra empezó a temblar, un terremoto inimaginable sacudió su cáscara de piedra con tal poder, que la destrozó casi por completo.
A pesar de su débil fuerza, el sol tocó el suelo fértil que existía bajo aquella coraza, y semillas turquesas empezaron a germinar en la oscuridad.
El cielo y la tierra se contemplaron fijamente mientras el sol completaba su ciclo. Una energía pura emanó del suelo terrestre y envolvió a su compañía en lo alto.
El atardecer llegó. El sol se ocultaría por un tiempo, más no desaparecería, y al final de cada nuevo día, el cielo y la tierra se despedirían con un tierno beso.
La destrucción de ese mundo trajo consigo nuevas formas de vida. Especies inimaginables que irónicamente solo el caos puede crear.
Y mientras que el universo se expande constantemente y nuevos planetas forman vida; sin el sol, el cielo y la tierra jamás se habrían encontrado.