U.S. Go Home (Claire Denis, 1994)
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U.S. Go Home (Claire Denis, 1994)
City of Night, John Rechy (M, 20s, blue button-up, gray chinos, silver-rimmed circular glasses, C train)
“El diámetro del Aleph sería de dos o tres centímetros, pero el espacio cósmico estaba ahí, sin disminución de tamaño. Cada cosa (la luna del espejo, digamos) era infinitas cosas, porque yo claramente la veía desde todos los puntos del universo. Vi el populoso mar, vi el alba y la tarde, vi las muchedumbres de América, vi una plateada telaraña en el centro de una negra pirámide, vi un laberinto roto (era Londres), vi interminables ojos inmediatos escrutándose en mí como en un espejo, vi todos los espejos del planeta y ninguno me reflejó, vi en un traspatio de la calle Soler las mismas baldosas que hace treinta años vi en el zaguán de una casa en Frey Bentos, vi racimos, nieve, tabaco, vetas de metal, vapor de agua, vi convexos desiertos ecuatoriales y cada uno de sus granos de arena, vi en Inverness a una mujer que no olvidaré, vi la violenta cabellera, el altivo cuerpo, vi un cáncer de pecho, vi un círculo de tierra seca en una vereda, donde antes hubo un árbol, vi una quinta de Adrogué, un ejemplar de la primera versión inglesa de Plinio, la de Philemont Holland, vi a un tiempo cada letra de cada página (de chico yo solía maravillarme de que las letras de un volumen cerrado no se mezclaran y perdieran en el decurso de la noche), vi la noche y el día contemporáneo, vi un poniente en Querétaro que parecía reflejar el color de una rosa en Bengala, vi mi dormitorio sin nadie, vi en un gabinete de Alkmaar un globo terráqueo entre dos espejos que lo multiplicaban sin fin, vi caballos de crin arremolinada, en una playa del Mar Caspio en el alba, vi la delicada osadura de una mano, vi a los sobrevivientes de una batalla, enviando tarjetas postales, vi en un escaparate de Mirzapur una baraja española, vi las sombras oblicuas de unos helechos en el suelo de un invernáculo, vi tigres, émbolos, bisontes, marejadas y ejércitos, vi todas las hormigas que hay en la tierra, vi un astrolabio persa, vi en un cajón del escritorio (y la letra me hizo temblar) cartas obscenas, increíbles, precisas, que Beatriz había dirigido a Carlos Argentino, vi un adorado monumento en la Chacarita, vi la reliquia atroz de lo que deliciosamente había sido Beatriz Viterbo, vi la circulación de mi propia sangre, vi el engranaje del amor y la modificación de la muerte, vi el Aleph, desde todos los puntos, vi en el Aleph la tierra, vi mi cara y mis vísceras, vi tu cara, y sentí vértigo y lloré, porque mis ojos habían visto ese objeto secreto y conjetural, cuyo nombre usurpan los hombres, pero que ningún hombre ha mirado: el inconcebible universo.”
— jorge luis borges, el aleph (fragmento)
Sigo os pasos do sangue no meu corpo
e coa unlla do meu dedo máis firme
abro un sulco vermello en media lúa
na vea que me acolle tan azul.
Alexander Grothendieck, Simone Weil
João Moreira Salles
- In the Intense Now / No Intenso Agora
2017
Mecha
Puntos de articulación
Me gusta hablar con Mariño, aunque haga algo de tiempo que no lo hago... El último día que hablamos fue en una cafetería hace una semana. Me pareció extremadamente interesante un detalle que salió en la conversación. El tema es que la construcción de una ciudad no se hace desde cero, si no que sigue una ‘morfología’ previa, unos ejes que se mantienen inalterados con el tiempo, ya sea las formas de las vías, la forma de las casas...
Estos puntos de articulación están, aunque a priori escondidos, en todos los lugares (entendido como cualquier cosa habitable, ya pensaré más adelante lo que es habitar) y son reflejo de algo que nos acompaña siempre: siempre ha habido algo detrás de nosotros, las cosas siempre se nos son dadas, porque nada ha empezado realmente con nosotros (tal vez nuestra vida, pero, ¿a quién le importa eso?). De un plumazo pasamos de ser guionistas a ser actores en ciertos aspectos que nos son completamente insospechados.
Esta forma de ver las cosas, como un algo articulado, es aplicable a muchos otros aspectos que nos acompañan, no solo a los caminos que pisamos diariamente o las casas en las que vivimos. La lengua tal vez sea lo más heredado que tenemos, la hemos adquirido inconscientemente, no podemos reparar en cuándo hemos empezado a usar las palabras, siempre han estado ahí. Podemos hablar también del aprender, ¿es posible marcar en un calendario cuándo hemos aprendido algo? ¿estaba realmente ahí todo lo que sabemos?
Esta última pregunta es realmente importante, pues induce uno de los conceptos más humanos que creo que existe, la memoria. ¿Dónde está (o ha estado) todo lo que nos es dado? ¿Por qué en un instante aparece de la nada (?) algo que siempre ha estado ahí?. Está íntimamente relacionada con el juego implícito-explícito que nos cuenta el relato del explorador. Se hacen las cosas ‘de memoria’ hasta que nos ‘damos cuenta’ de que han estado ahí. Avanzamos de esta manera en dirección opuesta al tiempo: reparando en las cosas intentamos ir hacia lo que hay antes de nosotros.
Crear así es algo complicado, pues la separación entre lo que hacemos nosotros realmente y lo que hacemos de memoria es algo similar a delimitar la frontera entre lo implícito y lo explícito. Pero bien es cierto que para conseguirlo (yo creo que sí que se puede) parece que tenemos que irnos no hacia las ramas, sino que hacia las raíces.