El cielo de la ciudad empieza a obscurecerse, la luna comienza a nacer totalmente llena,deslumbrando un color entre naranja y amarillo, “parece una luna de queso” mencionó ella.
Yo estoy esperando, sentado en una banca dentro de los pasillos de la reconstruida Cineteca Nacional, en mi cabeza venia taradeando una canción de Chuck Berry y a la vez pensando en ella, en las ganas que tenia de verla. El cine se convirtió en el pretexto perfecto, la película de cine francés, aunque muy buena, nunca comparable con ver sus ojos y escuchar sus palabras llenas de ese conocimiento natural que ella posee.
Estuve esperando cinco minutos pero al final cuando la vi entrar, vestida en unos jeans verdes y con blusa anaranjada que representaba su estilo y originalidad, mis ojos se iluminaron y por un momento brillaron como la luna que aquella noche parpadeaba sobre nosotros. “Ve por ella” me dijo mi intuición, así que me acerque y antes de que me viera la tome de la cintura para saludarla, su mirada translucida me observo firmemente, aun no logro descifrar lo que sus ojos ven en mi pero si tuviera que adivinar diría que puede ser que vean lo mismo que yo en ella. Un beso en la mejilla basto para decir hola y ponernos al corriente en dos minutos. Yo no puedo dejar de verle sus ojos cafés, que son como el tronco del árbol más bello de Primrose Hill en Londres, su cabello lacio con una combinación de castaño claro y obscuro. Estamos platicando de esto y aquello, de mi viaje a Europa, de su viaje a la India, de mi música, de su arte, cuando ella toma de mi cuello el collar que lo rodea, me pregunta: ¿que es? Yo le respondo una mentira: “es un collar hippie”. Lo que ella no sabe es que es mi protección ante los demonios que me persiguen y los fantasmas que me atormentan en las noches, el amuleto con el cual puedo tener comunicación directa con el universo y la fe que me salva del día a día.
Entramos a la sala de cine y llevo unas ganas inmensas de poderle tomar la mano, de sentir su pulso y contarlo, para saber si esta tan acelerado como el mío, para saber si su piel se eriza igual que la mía, para saber si tuvimos algún acercamiento en otra vida porque estoy seguro de conocerla desde el principio de la eternidad. Nos sentamos en el centro de la sala, primero cada uno en su lugar, al correr la película nos empezamos a acercar, hombro contra hombro, cabeza con cabeza, platicamos la película como si la hubiésemos visto mil veces, la analizamos, no sabemos de qué trata pero intentamos llegar a la conclusión, juntos.
Mis brazos entran en la desesperación de quererla abrazar, de protegerla del miedo que siente al ver las escenas más fuertes. Una parte de mi me dice “hazlo, le gustas, te quiere” y la otra “eres un imbécil, nunca tendrás una mujer como ella”. Decido hacerle caso a la otra parte de mí, porque es la que siempre tiene razón, soy un idiota falto de valor y de agallas, un poco hombre. En el amor siempre me ha ido mal, acabo con el corazón roto, y no soy el hombre que ella merece, con mis imperfecciones, mi fealdad, mi falta de una economía personal sustentable, ¿como podría llegar a pensar que ella se figaría en mí?
Ella merece lo mejor, al hombre más guapo y el que tiene los más y mejores amigos, al que vive solo en un departamento de soltero en la Condesa o Polanco, al que maneja un Mercedes Benz o un BMW y no una bicicleta, ella merece un Rey no un simple plebeyo.
Termina la función y nos vamos juntos, ella no trae coche por que vive a un lado de la Cineteca, yo voy hacia el mismo camino y la acompaño hasta la puerta del edificio donde vive su padre, nos despedimos con otro beso en la mejilla, sentía unas ganas terribles de robarle los labios aunque fuera por un instante, pero no. Quedamos en volver a vernos, no sé cuándo y no sé dónde, pero nos volveremos a ver.
Me pierdo entra la noche caminando, el aire ésta húmedo, acaba de llover en la capital, los charcos entre la banqueta y el pavimento empapan mis zapatos, pero no me importa, mi sonrisa tal vez lo dice todo. No dejo de pensar en ella y llegó a casa, solo pero con el alma acompañada, mi madre me espera, son las 11 de la noche pero la educación conservadora de mi hogar le impide quedarse dormida, necesita saber que llego con bien. Me pregunta
“Creo que bien” le respondí. “Tu hijo se ha enamorado” le dije al irme a dormir.
Al momento de cerrar mis ojos, mi celular brilla, un nuevo mensaje, era de ella.
“Me dio mucho gusto verte, que se repita” me decía por el teléfono con un mensaje que me
hizo tal vez pasar una de las noches más tranquilas y serenas que había tenido desde el día en que nací.