Tercera publicación, lamento la tardanza, pero aquí está y lista para que la disfruten en mi perfil: ItzelhR_Bowie (con h porque así lo decidieron mis padres). Aquí hablaremos entonces de “Reflecting our Hearts” centrada en el Soldado del Invierno, Bucky Barnes.
Él lidia con una mente de abrumadores recuerdos y sin control, mientras que ella se atormenta del pasado e intenta reprimir el descontrol de sus poderes.
Kerstin no sabe qué hacer. Todo su alrededor está volviendo a cambiar, mientras que el equipo se divide por culpa de él.
Todo es culpa de él, pero... ¿por qué lo ayuda? ¿Por qué ayuda al llamado soldado del invierno?
Quizá, sólo quizá, en vez de odiarlo y detestarlo, le agrada. Le agrada más de lo que se pueda imaginar.
—Cuanto tenía ocho me obsequiaron unos zapatos. Jamás me los quité hasta que la suela se desgastó demasiado y me apretaban al ir creciendo que tuve que tirarlos —expresó ella.
—Hubieras puesto cartón. Eso hacía yo cuando mis zapatos parecían estar a punto de tragarme vivo —al decir eso, Kerstin soltó una risa y el corazón de Barnes parecía latir con mayor intensidad con el pasar de los segundos que amenazaba en salir volando de su pecho.
—Lo intenté, pero era tan incómodo. No me imagino cómo lo soportaste.
—Los usaba para ir a trabajar y al final se fueron amoldando —justificó y entonces Kerstin movió la cabeza en señal de darle la razón.
—En fin, me gustaban tanto esos zapatos que hasta intenté vestirme de halloween como Dorothy sólo con la excusa de usarlos. El problema es que mi vestido era verde y mis zapatos negros.
—¿Y por qué? —se recargó el sargento mientras volteaba la cabeza para mirarla.
Kerstin se encogió de hombros y tomó otro trago de su copa.
—Reciclé uno viejo que tenía de cuadros y después le cosí unos botones blancos y las mangas.
—¿Entonces pudiste ayudarme a coser el parche para el brazo y no me dijiste nada?
—En mi defensa, tenía las esperanzas de que te saldría bien —y le volvió a sonreír, pero esta vez no hubo alguna chispa de nostalgia o melancolía.
—Lo cosí al revés y tuve que empezar de nuevo.
—Si, bueno, mi hermano decía que de los errores se aprende algo, supongo —soltó, jugando con sus dedos y observando el cielo, perdiéndose entre las resplandecientes estrellas que estaban incrustadas en ese manta oscura. Justo encima de ella, la luna aperlada y menguada despertaba para llenar de luz el lugar.
—¿Tú crees en esas palabras? —preguntó Bucky, pero esta vez parecía estar viendo también sus dedos e intentando redimir lo que en su interior albergaba y lo atormentaba todos los días.
—Lo hice, si. Tal vez en alguna cosa como el caerme de la bicicleta o en saber que robar no lo es todo en la vida. Eso era fácil de poder conseguir lecciones y después cambiar los patrones para no seguir fracasando —guardó silencio, descendiendo sus ojos hasta la ciudad y después perdiéndose entre las calles y edificaciones—. Sin embargo, luego de la cuestión de ser una alterada..., en realidad me di cuenta de que jamás habrá alguna lección qué recibir de esto que elegí voluntariamente.
Era la primera vez que hablaba con mayor profundidad en su ser y en lo que era cuando se trataba de la compañía de Bucky Barnes. Al parecer las copas si habían tomado un efecto en la sokoviana, pero de aquel modo en que la empujó a tener el coraje suficiente de sólo decirlo de una vez por todas.
—No sabías qué pasaría —dijo él.
—El pasado ya no se puede cambiar, en realidad —soltó una risita y entonces jugó con la copa vacía que hacía balancear con sus dedos con delicadeza y peligrosamente cerca de la orilla—. Ya no hay nada que se pueda cambiar.
—Tal vez ya es tiempo de ver más allá del pasado.
—Debería decirte lo mismo a ti, sargento —alegó con un tono jocoso que esta vez fue él quien rio en bajo—. Podría funcionar.
—Lo más seguro es que sí, Kerstin.
Y sus dedos rozaron los de ella en una sutil caricia para observar la respuesta de la joven ante eso. Los nervios lo cubrieron al ver que Kerstin bajaba la vista y observaba su mano tan cerca de la suya. Se alejaron del barandal, se irguieron y entonces la sokoviana volvió a responderle con un roce de sus dedos contra los de Barnes.
Esto no era obra del alcohol como lo creía. No era algo que haría sin dudarlo, pero en esos momento se sentía tan cercana a la seguridad de sus actos que sólo bajó la cabeza mientras lo escuchaba decir algo.
—Obra del licor —susurró con su acento que empezaba a sonar siseante y poco perceptible.
—Supongo que tienes razón, Kerstin —balbució.
—Siempre la tengo, Bucky.
El pecho del sargento entonces amartillaba con tal ferocidad que inclusive los oídos le retumbaban en una sensación casi ensordecedora.
Pero explotó como una bomba en cuanto la joven Maximoff finalmente soltó un suspiro, alzó su cabeza, se puso de puntillas y sus labios se unieron contra los de él.
Fue solamente algo impredecible e inexplicable al principio. No obstante, al final correspondió al beso y movió sus labios al compás de la sokoviana. Jamás podría olvidar aquel sabor dulzón que desprendían esos suaves y rosados labios. Parecía ansioso, incluso estaba un tanto atónito e incrédulo al pensar en lo que estaba pasando.
No podía creer que en ese instante la tenía tan cerca como nunca antes lo había hecho. Apenas estaba envolviendo su brazo contra la pequeña cintura de Maximoff, cuando de golpe ella se alejó y se obligó a soltarla.
Se quedó paralizado, observando a Kerstin y después intentando adivinar lo que pasaba por su cabeza en esos instantes. Su expresión era de asombro, confusión e incredulidad.
Las campanas sonaron, avisando ser medianoche y, casi imitando el perfecto cuento de cenicienta, Kerstin dio varios pasos hacia atrás, escuchando a alguien hablar en el salón y provocando que sólo se girara sin decir nada más. Se alejó, huyó y no miró para nada detrás de su hombro.
Ni siquiera sabría qué hubiera pasado si Bucky la hubiera seguido. Pero, al fin y al cabo, no lo hizo.
Y fue un alivio para ella. Porque no sabría qué decir y explicar el por qué lo había besado así sin más.