El mural anónimo
No sé si alguna vez entré, pero cuando era niño pasaba muy seguido frente al Teatro Insurgentes. A diferencia de los edificios de alrededor, ese teatro era especial porque tenía un mural en su fachada. No sabía quién lo había pintado ni tampoco entendía de lo que se trataba, pero era entretenido observar sus colores y sus formas desde la ventana del coche. Pasaba por ahí los domingos porque a mis papás les gustaba comer a veces en el Charco de las Ranas, una taquería que estaba cerca de ahí en Río Mixcoac. El regreso a mi casa lo recuerdo de memoria: el toldo amarillo, naranja y café de la taquería, la estatua del charro (Jorge Negrete), el Parque de la Bola y la iglesia con forma de planeta, la fuente de agua puerca de Barranca del Muerto donde el Tabú se metía a nadar cuando lo sacaba a pasear y al fondo la barda de la Liga Maya, nuestros rivales (yo iba en la Olmeca, que estaba arribita).
La ciudad de la infancia es como un mapa desteñido. Se compone de unos cuantos islotes, unas cuantas rutas, la casa y la escuela. Fuera de eso hay sitios a los que uno va a veces, pero no sabemos ni llegar ni salir, son como un sueño, radican más allá de nuestro mundo. Uno de esos domingos de entonces, saliendo de algún lugar cerca del Teatro Insurgentes, mi papá y yo tratábamos de parar un taxi que nos llevara de regreso a casa. Mi mamá y mis hermanas se habían llevado el coche a otro lado. Luego de quince minutos sin que pasara nadie, mi papá se hartó y me dijo que empezáramos a caminar hacia la casa hasta que un taxi se nos cruzara en el camino. Nunca nos detuvimos. Pasamos por lugares conocidos, pero de una forma en la que se volvían diferentes. Igual y ningún taxi apareció nunca, aunque el camino era largo. O igual y mi papá se dio cuenta que yo lo estaba disfrutando y decidió seguir.
Crecer en la ciudad pasaba por extender las fronteras geográficas de la infancia, que eran fronteras sociales también. Los maestros de la secundaria a veces te mandaban en grupo al Museo de Antropología o al Centro. En la estación de Barranca del Muerto había que bajar una enormidad, los siete niveles del inframundo. Después había que transbordar en Tacubaya –que era una ciudad en sí– y luego de un rato aparecías en la superficie de otro lugar. En los vagones del metro había un mapa que conectaba los lugares de siempre (Barranca, Mixcoac, Viveros) con lugares desconocidos, mal ubicados o intrigantes (Camarones, Etiopía, Salto del Agua). También aparecía todo eso que sabíamos de memoria sin darnos cuenta (la magia del PRI): la historia nacional (Cuauhtémoc, Hidalgo, Zapata) o los símbolos de la posrevolución en los que esa historia nacional supuestamente desembocaba (Centro Médico, Tlatelolco, Universidad). Según el mapa del metro, la ciudad tenía sentido.
Este semestre leí con mis estudiantes Las batallas en el desierto. La última clase, les puse la canción de Café Tacuva y, ya hacia el final de la hora, traté de explicarles que ese libro era importante para mí –y creo que para otros de mi generación– porque se leía en secundaria, justo en el momento en que la ciudad se nos abría. El libro se trataba de eso, de crecer en la ciudad, en otra ciudad de México (“Se acabó esa ciudad. Terminó aquel país”), pero una de la que quedaban vestigios y que era como la prehistoria del despeñadero en el que nosotros crecimos. Al igual que en Las batallas, la ciudad estaba cambiando: AMLO había construido el primer tramo del segundo piso del Periférico tan rápido como pudo. En Las Flores, cerca de mi secundaria, nunca terminaron de hacer una bajada, así que una ballena de concreto quedó colgando de ahí para siempre, las varillas oxidadas escurriéndose hacia abajo como intestinos. Unas cuadras más arriba había otra obra en Luz y Fuerza, la calle donde estuvo mi primer casa y en la que los sábados se ponía uno de esos mercados naranjas. Esa calle con nombre tan posrevolucionario ya se estaba convirtiendo en lo que es ahora: un socavón espantoso en cuyo fondo pasan coches a toda velocidad. Todo se conectaba: salir a la ciudad solos, verla transformarse, leer Las batallasy luego escuchar Café Tacuva, cuyas canciones hablaban de todo esto: del metro, de Carlos y Mariana, de las calles y los barrios, de la chilanga banda…
En uno de los primeros festivales a los que fui tocaron Café Tacuva, Kinky y Placebo, que me gustaba mucho (with six months off for bad behavior!). Esa fue la primera vez que presencié en vivo lo importante que era Cafeta para los chilangos, la forma cómo prendían a tanta gente, a todo el Foro Sol, y sobre todo esa magia que tenían para hacer que durante un set, mientras tocaban, se borraran muchas de esas barreras sociales que dividían a la ciudad y que luego luego reaparecían. Creo que a ese festival fui con Pedro, Rafa, Sayas y otros de ellos, pero no me acuerdo muy bien. Después, en la prepa, fui a otros festivales, ahí sí seguro con Pedro. Al Vive Latino, donde tocaban bandas que en ese entonces nos gustaban mucho y que hoy ya se nos olvidaron, bandas que luego íbamos a perseguir al Bull (y qué lugar tan raro era este, por cierto. Una mansión arabesca en pleno Mixcoac, un sueño orientalista atrapado entre Patriotismo y Revolución, entre una Comercial Mexicana y la estación del metro). Antes del Vive no hablábamos de otra cosa, ni después tampoco. Durante un fin de semana, la vida más allá de las bardas del Autódromo Hermanos Rodríguez no tenía mayor importancia. En el Vive se vivía algo parecido a lo del concierto de Cafeta, creo. En el Vive se bebía cerveza y las parejas se abrazaban en las lentas. Estoy casi seguro que fue ahí donde probé la mota por primera vez, rolada por alguien. Cuando pienso en el Vive, me acuerdo de estar bailando Instituto Mexicano del Sonido ya casi de noche, a punto de cerrar, todos bien prendidos haciendo una víbora de la mar. Busqué el video y me sorprendió encontrar esto:
(Creo que soy el que aparece viendo a la nada en el segundo 00:50)
(¿Soy este guey?)
(Puede que sí)
No sé en qué momento la ciudad se convirtió en algo más, en un tema sobre el que pensar y hablar y escribir. Ahora estoy por empezar una tesis que se tratará de escritores, arquitectos y artistas que, después de la Revolución, se imaginaron ciudades perfectas, ciudades ideales a través de las cuales se podría modelar un nuevo país, un país moderno. Algunas de estas ideas quedan por ahí, en Tlatelolco o en Ciudad Universitaria y otros lugares del estilo. Últimamente, cuando voy a la ciudad de México, me gusta darme vueltas por todos estos sitios. A veces tomo fotos y la subo a Instagram, como estas del espacio escultórico, de la Plaza de las Tres Culturas en Tlatelolco, de la Casa Ortega de Luis Barragán o la Ruta de la Amistad en el Periférico Sur:
No me siento solo. Siento que tengo cómplices reales y virtuales qué también quieren saber cómo llegamos hasta aquí, así, en estas condiciones. Ahora ya sé que el mural del Teatro Insurgentes es de Diego Rivera, que lo pintó en los cincuentas, que aparece Cantinflas por ahí y que, como mucha de su obra, es un intento de narrarlo todo: la historia entera del teatro en México que sea también y se entrelace con la historia de México como tal, desde la conquista y las pastorelas hasta llegar ahí, a las puertas del Teatro Insurgentes, a la modernidad. Apenas el otro día, mi amigo Pedro me estuvo platicando de un mural en el Circuito Interior que le interesa. No sabemos de quién es, ahora mismo se trata de otro anónimo. Estoy seguro que la próxima vez que me escriba o que vayamos por mezcales en México ya habrá averiguado algo. Pienso que quizá su interés por el mural sea parecido a lo mío con el Teatro Insurgentes, uno de esos puntos en la ciudad que hemos visto desde siempre pero nunca averiguamos lo que eran en realidad. Por raro que parezca, pienso que tal vez algún día también de estos tiempos sentiremos nostalgia.













