Siempre me ha gustado venir a casa de mi abuelo. Es lo bueno de que mamá no tenga vacaciones. Aquí juego todo lo que quiero, como hoy, con la avalancha; es el secreto entre mi abuelo y yo, porque en la ciudad nunca hubiera podido subirme a una de estas. A él no le gusta que me venga para acá, siempre me grita que tenga cuidado, pero es que la bajadita de la barranca es muy divertida, es mi lugar preferido, aunque hoy no estuvo tan genial. Qué raro esto de ver todo azul: el pasto, las piedras, el monte. Es como el juguete que me regaló ayer mi abuelo, cal, cálido, cale... Ay, ¿cómo se llamaba? Tenía un nombre muy extraño. Nunca había visto un tubito así, sólo lo giraba y todo cambiaba de color, parecía mágico, mi abuelo me contó que así nacen los colores, pero no imaginaba que yo podría verlos también sin ese juguete. Ahora todo es amarillo y sigo sin poderme mover. Quiero cerrar los ojos, pero me mareo mucho. Si los abro sólo siento esas cosquillas en la panza, como hace rato que me aventé. Mi abuelo dice que así sentiré cuando me guste una niña, “mariposas en el estómago”. ¿Esas mariposas serán como las lucecitas azules que parecen chispas en mis ojos? Siento húmeda mi cabeza. Ahora comienzo a ver todo rojo: rojos los árboles, rojas las piedras, rojo el monte y el líquido que se expande por el pasto. Unas gotitas espesas escurren por mis ojos, son como las gotas de aquel juguete que al caer al centro del círculo se convertían en lila, y luego en azul y luego en verde. Esos colores parecían no acabar. Escucho a mi abuelo. Quiero verlo pero el rojo ya ha cubierto mis ojos. Las hojas truenan con sus pasos. Abuelo, ya no grites, sí te escucho, pero no te puedo responder. Abuelo, no corras, no puedes, te caerás. Ya siento las manos cálidas de mi abuelo tocando mi rostro, con su manga me ha quitado el escurrimiento de los ojos. Lo veo llorando, su barba blanca es roja ahora. Lo veo gritar, pero ya no lo escucho. Poco a poco veo aparecer los colores. El rojo se vuelve guinda; el