En la calma del alma, en la paz del espíritu,
donde la soledad es compañía,
vive quien sabe vivir, sin prisa ni ruido,
en las tardes de sol que acarician la piel,
en los atardeceres que son eco de recuerdos,
donde las sonrisas, aunque marcharon,
dejaron su rastro de luz en el aire.
Es el sosiego de quien aceptó su soledad,
no como ausencia, sino como plenitud,
un diálogo interno con el viento y las hojas,
un susurro en la brisa que mece los sueños,
allí donde la vida se desenvuelve despacio,
sin más urgencia que la de ser vivida.
El horizonte se tiñe de dorado y púrpura,
el día se despide en un abrazo de luz,
y en esa quietud, el alma se encuentra,
se reconoce en el silencio, en la simpleza,
en la danza sutil de la existencia,
donde el pasado se vuelve brisa,
y el presente, un respiro profundo,
un latido en la eternidad de la tarde.
© Semper Fidelis Deus. 2024