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ANDRÉ LAMOGLIA
for Dolce & Gabbana (May 2026)
When I tell you I YELLED
Ricky Bowen, bi chaos personified
@htinez de: 2MM
Era claro que tenía la debilidad por hombres mayores que él y sobre todo con grandes pectorales, había conocido a Evan apenas 20 minutos antes en un café donde básicamente se le ofreció, al llegar al hotel lo primero que hizo fue abrir su camisa de un solo jalón, sin importar si podía dañarla, un acto de frenesí y deseo.
Comenzó a besarlo de forma salvaje, y bajando a ese gran y musculoso torso, un hombre que era básicamente el doble de grande que él. Su aroma era embriagante y su cuerpo aún más. Era el mejor postre de todos. —Si entras en mi, verás como todo rebota. —Sonrió con descaro, Derek no se avergonzaba de ser tan zorra, tal vez porque siempre había visto como su padre se expresaba muy abiertamente acerca de su sexualidad.
La palabra, cruda y directa, cayó en el silencio de la oficina con el peso de un veredicto. Cógeme. No era una petición, era una detonación. La máscara de calculador dominio que Addison llevaba puesta durante toda la tarde se resquebrajó por completo, reemplazada por una expresión de pura, voraz satisfacción. Una sonrisa lentamente se extendió por su rostro, una sonrisa que no tenía nada de amable ni de tranquilizadora. Era la sonrisa de un depredador que finalmente ha acorralado a su presa y descubre que ella, en su desesperación, anhela el colmillo.
"Por fin", susurró, el sonido ronco, casi gutural. "Por fin pides lo que realmente deseas".
La mano que había sostenido la nuca de Adrian se cerró ligeramente, no con violencia, sino con una afirmación inconfundible de posesión. Sus dedos se hundieron en el pelo de Adrian, agarrándolo con suficiente firmeza para que sintiera cada folículo despertar, una señal inequívoca de que el juego había terminado y la conquista comenzaba.
Su otra mano, que había permanecido inerte, se deslizó ahora por la espalda de Adrian, una exploración lenta y deliberada. Sintió la textura de la piel, la calidez de la carne, la tensión de los músculos que se relajaban bajo su toque. Era el mapa de un territorio que estaba a punto de reclamar.
"Pero lo pides mal", dijo su voz, ahora un murmullo bajo y caliente directamente en el oído de Adrian. "Pedir es demasiado fácil. Te daré lo que quieres, pero primero, tienes que ganarlo. Primero, tienes que aprender que tu cuerpo no te pertenece. No esta noche. Esta noche, es mío".
Con un movimiento fluido y dominante, giró a Adrian. Las palmas de sus manos se posaron sobre el pecho de Adrian, empujándolo suavemente hacia atrás, guiándolo hacia la mesa. Los muslos de Adrian chocaron contra el borde de la caoba oscura, deteniéndolo. Ahora estaban frente a frente, con la mesa como barrera y como altar.
Addison mantuvo sus ojos fijos en los de Adrian. No había más lugar para la huida, ni siquiera en la mirada.
"Arriba", ordenó suavemente, pero con una autoridad que no admitía discusión. Levantó una mano y señalaba la superficie del escritorio. "La mesa. Quiero verte sobre ella".
La orden era una humillación deliberada. El escritorio, el símbolo de su poder y su profesionalismo, ahora se convertía en un estrado para la sumisión de Adrian.
Sin esperar una respuesta verbal, sabiendo que vendría en forma de acción, comenzó a desabrocharse los botones de su propia camisa. Sus movimientos eran lentos, ceremoniales. Cada botón que se desprendía era otro velo que caía, revelando el torso de Addison, más musculoso pero igualmente definido, cubierto por un vello más oscuro y espeso que el de Adrian. Había una autoridad en su desnudez, una seguridad que solo la edad y el poder pueden otorgar.
Cuando su propia camisa quedó abierta, se inclinó sobre Adrian, acercando su rostro hasta que sus labios estuvieran a escasos milímetros. El espacio entre ellos zumbaba de electricidad.
"Primero, vas a aprender a recibir", susurró, su aliento una caricia y una amenaza. "No a tomar. A recibir".
Entonces, selló sus labios sobre los de Adrian.
No fue un beso de ternura. Fue un beso de conquista. Sus labios, firmes y exigentes, aplastaron los de Adrian. Fue un beso que robaba el aire, que mapeaba la forma de su boca, que reclamaba cada milímetro de su interior. Su lengua no pidió permiso; exigió entrada, explorando, dominando, saboreando la mezcla de miedo y rendición que definía a Adrian en ese preciso instante.
Mientras lo besaba, su mano recorrió el pecho de Adrian, palparon la piel tensa, encontró un pezón y lo apretó entre el pulgar y el índice, no con suavidad, sino con una firmeza calculada para provocar una descarga de placer y dolor, una mezcla que borraría cualquier pensamiento coherente de la mente de Adrian.
Quería que Adrian se sintiera completamente abrumado. Que el único mundo que existiera fuera el de sus labios, el de sus manos, el de su voz en su oído.
Cuando finalmente se separó, dejando a Adrian jadeante, con los labios hinchados y los ojos vidriosos, la mano de Addison se deslizó por su abdomen hasta la correa de su pantalón. Su mirada era un desafío.
"La mesa", repitió, su voz baja y peligrosa. "O me marcho y dejo que te ahogues en tu propia frustración".
El aire que Addison le devolvía no era suficiente. Para Adrian, cada inhalación se sentía como si estuviera tragando fragmentos de vidrio y fuego; el peso de la mirada del otro hombre lo reducía a algo minúsculo, una partícula de polvo atrapada en el centro de un huracán. La inseguridad, esa vieja amiga que siempre le recordaba que no era suficiente, que no sabía cómo comportarse, gritaba en su cuerpo que no era el espectáculo que Addison esperaba.
—Yo... —su voz se quebró, un hilo apenas audible que se perdió en el espacio que separaba sus bocas.
Sus dedos, temblorosos, se cerraron con fuerza sobre el borde de la caoba, buscando un anclaje que no existía. La amenaza de Addison "dejar que se ahogara en su propia frustración" fue lo que finalmente rompió la parálisis de su timidez. El miedo a la soledad y al vacío de ese deseo insatisfecho era, por un margen aterrador, más fuerte que la vergüenza de ser observado, una acción de rendición donde necesitaba complacerlo, necesitaba saber que era suyo, valía la pena estar tan expuesto, de alguna forma comenzó a sentirlo natural, el deseo lo estaba llamando.
Con movimientos torpes, dictados por una mezcla de pánico y anhelo, Adrian hizo lo que se le ordenaba. Sus rodillas chocaron contra la madera con un sonido sordo, un eco en la silenciosa oficina. Se subió a la mesa, sintiendo el frío, un contraste violento con el calor abrasador que Addison emanaba.
Una vez arriba, se sintió completamente expuesto y lo estaba bajo la luz cenital, se percibía a sí mismo como una ofrenda. No sabía dónde poner las manos, cómo sostenerse, cómo ocultar el temblor que recorría sus muslos. Bajó la mirada, incapaz de sostenerle el juicio a esos ojos que parecían leer cada una de sus dudas. Sus hombros se encogieron instintivamente, intentando ocupar menos espacio, intentando proteger el núcleo de su pecho que latía desbocado.
—No... no sé si puedo hacerlo como quieres —susurró hacia el suelo, con las mejillas encendidas en un rojo doloroso—. Pero no te vayas. Por favor... no me dejes así.
Era una súplica desnuda, tal vez con eso se refería a "aprenderás a recibir, no a pedir" Adrian se acomodó sobre la superficie, desplazando algunos papeles que cayeron al suelo como hojas muertas, y finalmente levantó la vista. Sus ojos, vidriosos y cargados de una vulnerabilidad que rozaba lo insoportable, buscaron los de Addison. Todo en él decía: Tómame ahora, hazlo ya.
Hey, my eyes are up here.
AARON TVEIT as Freddie Trumper CHESS THE MUSICAL
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MEANWHILE, JACKSON & SCOTT...
Addison no levantó la vista de inmediato. Escuchó los pasos de Adrian, el cambio sutil en el sonido sobre la alfombra cuando descalzo o con apenas la suela de un zapato, pero sabía que estaba descalzo. Sabía que cada paso era una victoria para él, un clavo más en el ataúd de la resistencia de Adrian. Permitió que el silencio se alargara, un látigo invisible que azotaba la piel desnuda del joven. Quería que Adrian sintiera la exposición no solo en su piel, sino en su alma.
Finalmente, cuando el aire se volvió casi pesado de anticipación, cerró el cuaderno con un chasquido seco y decisivo. Levantó la vista.
Y por primera vez en toda la tarde, la máscara de control perfecta de Addison se fisuró. No fue una sonrisa, ni un gesto de triunfo. Fue una mirada. Una mirada de pura, despojada apreciación. Sus ojos avellana recorrieron el torso de Adrian con la lentitud de un geógrafo cartografiando un nuevo continente. Vieron el pectoral firme, la línea de vello que descendía hacia el ombligo, la forma en que los músculos abdominales se tensaban con cada respiración ansiosa. Vieron el miedo, sí, pero también la fuerza latente, la promesa de un poder salvaje esperando ser desatado.
"Qué bella obediencia", susurró, la voz un ronco murmullo que parecía vibrar en el aire cargado entre ellos. "El miedo es un adorno, Adrian. Pero la voluntad... la voluntad es lo que te hace hermoso".
Se levantó lentamente, la silla de cuero gemiendo en protesta. Caminó alrededor del escritorio, cada movimiento meditado, predatorio. No se detuvo frente a Adrian, sino que pasó a su lado, tan cerca que Adrian pudo sentir el calor de su cuerpo, el sutil aroma a papel viejo y a algo exclusivamente masculino que lo había desorientado antes.
Se detuvo detrás de él. Adrian no podía verlo, pero podía sentir su presencia como una presión física en su espalda. Era como estar de pie en la orilla de un precipicio, sintiendo el vértigo sin necesidad de mirar hacia abajo.
"La pertenencia empieza aquí", dijo Addison, su voz ahora directamente a la altura de la oreja de Adrian. "En la piel. En la confianza de que incluso cuando no puedes verte, alguien más está mirando por ti. Alguien más te ve como realmente eres".
Lentamente, con una delicadeza que era a la vez tranquilizante y aterradora, levantó una mano. Adrian se tensó, cada músculo de su espalda endureciéndose en anticipación. Pero la mano de Addison no lo agarró. Simplemente descansó la palma abierta y caliente entre sus omóplatos. Era un contacto simple, no sexual, pero más íntimo que cualquier caricia que había recibido. Era una marca de propiedad. Un ancla.
"Siente esto", susurró Addison, su aliento caliente en el cuello de Adrian. "Siente cómo tu cuerpo responde. No está luchando. Está escuchando".
Deslizó su mano lentamente hacia arriba, por la curva de su cuello, sus dedos rodeando la nuca sin apretar. Su pulgar rozó la base del cráneo, un punto de presión sabia tendría efecto en Adrian. Era una manipulación experta, no de la carne, sino del sistema nervioso.
"Tu mente grita que esto es una humillación, que es peligroso", continuó Addison, su voz una hipnosis seductora. "Pero tu cuerpo... tu cuerpo está despertando. ¿No lo sientes? El calor que se extiende desde mi mano. El ritmo de tu corazón, que ya no es solo pánico. Es... expectación". Addison acercó su cuerpo al chico y desde atrás le susurró. "Dime que quieres aprender".
El aire en la habitación parecía haberse agotado, dejando a Adrian respirando un vacío cargado de la presencia de Addison. El contacto de esa mano —firme, cálida, absoluta— Se sentía como si lo estuviera marcando, como enseñándole algo que no conocía, una forma de tocar que parecía pertenencia, como reclamándolo.
Adrian cerró los ojos con fuerza, pero eso solo agudizó sus otros sentidos. Podía sentir el calor que irradiaba el cuerpo de Addison contra su espalda, una frontera física que lo hacía sentirse pequeño y, al mismo tiempo, extrañamente protegido. El pulgar de Addison en su nuca era un recordatorio constante de quién tenía el control, un punto de presión que parecía dictar el ritmo de sus propios pensamientos.
Su pecho subía y bajaba con espasmos cortos, una lucha silenciosa entre el orgullo que se desmoronaba y una curiosidad oscura que empezaba a echar raíces en su estómago. El roce del aliento de Addison en su cuello le provocó un escalofrío que no nació del frío, sino de esa "expectación" que el hombre acababa de nombrar. Era una traición de sus propios nervios.
— Yo... —su voz salió rota, apenas un hilo de sonido que se perdió en la penumbra del estudio.
Tragó saliva, sintiendo el movimiento de su garganta bajo los dedos de Addison. La humillación estaba ahí, sí, pero estaba siendo sepultada por una sensación de alivio aterradora. El peso de tener que decidir, de tener que ser fuerte, se estaba esfumando. Si era propiedad, si era un objeto de estudio o de belleza, ya no tenía que cargar con el peso de sí mismo, no si terminaba aceptando tales condiciones.
Inclinó la cabeza ligeramente hacia atrás, un gesto involuntario de rendición que expuso aún más su garganta, dejando que su nuca descansara con más peso contra la mano de su captor. El aroma tan intenso de la loción y del propio cuerpo de Addison, su masculinidad lo envolvió, nublando su juicio, arrastrándolo hacia el precipicio.
— Lo siento... —susurró, con los ojos empañados por una mezcla de pánico y una extraña sed—. Siento el calor. Mi mente... mi mente no puede callarse, pero...
Se obligó a soltar el aire, dejando que sus hombros cayeran, renunciando a la última pizca de resistencia física. Su cuerpo se volvió pesado, entregado al tacto que lo sostenía.
— Enséñame —dijo finalmente, las palabras apenas un murmullo ronco, cargado de una capitulación absoluta—. Quiero... quiero aprender. —No había más dudas, sabía que lo que seguiría sería intenso, pero ahora todo lo demás no importaba, había perdido ya todo el control y se lo había cedido. Sintió un gran instinto de querer desnudarlo, de bajar por su cuerpo y entregarse completamente. —Cógeme.
Honesty Hour, Ask me anything! Nothing will go unanswered
Hubo una pequeña risa luego que el otro no admitiera la pertenencia. Addison se sentó, por fin, en su imponente silla de cuero. Se recostó, el gemir del material era el único sonido, y entrelazó sus dedos sobre el escritorio de caoba oscura. La distancia entre ellos, ahora formalizada por el escritorio, parecía cambiar la dinámica por completo. Ya no eran dos hombres en una habitación, sino un director y un solicitante. Un juez y un reo.
"Excelente observación, Adrian", dijo, su voz suave pero con el filo del acero templado. "La obediencia no es pertenencia. Es un acto. Una decisión. Puedes obedecer una orden y no pertenecer a nadie. De hecho, acabas de demostrarlo".
Hizo una pausa, dejando que su mirada recorriera la camisa de Adrian, ahora perfectamente abrochada. La victoria era pequeña, pero era suya.
"La pertenencia", continuó, su voz bajando a un tono más íntimo, más confidencial, "es algo que se gana. No se exige, no se negocia. Se ofrece. Y se acepta. Es el espacio entre el miedo y el deseo. Es el lugar donde vas cuando ya no quieres decidir por ti mismo porque has descubierto que alguien más puede hacerlo mejor".
Su sonrisa se desvaneció, reemplazada por una expresión de seriedad absoluta.
"Ahora, vamos a dejar de jugar. La junta legal ha terminado. Has tenido tu berrinche, tu pánico, tu fantasía de película de terror. Y has obedecido. Has pasado el primer test".
Se inclinó ligeramente hacia adelante, reduciendo la distancia a través del escritorio. La luz del atardecer se reflejaba en sus ojos, dándoles un brillo casi peligroso.
"Aunque no te lo creas, tu rebelión es la razón por la que estás aquí. Jake no me trajo un chico dócil y bien portado. Me trajo un torbellino con talento, un hombre que podría construir un imperio o incendiarlo con la misma facilidad. No necesito ordenarle a una marioneta cómo moverse. Necesito aprender a domar un caballo salvaje".
Por un momento, se quedó en silencio, simplemente observando a Adrian, el efecto que sus palabras tenían en él. Veía la mezcla de desafío y curiosidad en sus ojos, la forma en que su cuerpo seguía tenso pero ya no estaba en posición de huida.
"Tu primera tarea real no tendrá nada que ver con tu galería", dijo, su voz volviéndose casi un susurro. "Quiero que vayas al baño. Lo que hay al final del pasillo. Quiero que te quites la camisa. Y quiero que vuelvas aquí, sin ella. No corras. No mires a tu alrededor. Camina".
Se recostó de nuevo en su silla, rompiendo el contacto visual por primera vez y abriendo un cajón de su escritorio. Sacó un pequeño cuaderno de cuero negro y un bolígrafo, como si la conversación hubiera terminado y él ya estuviera pasando a otros asuntos. El desprecio era sutil, pero devastadoramente efectivo. Estaba tratando a Adrian no como un igual, ni siquiera como un cliente, sino como un objeto de estudio, una pieza en un juego del que Adrian no conocía las reglas.
"¿Alguna pregunta?", preguntó sin levantar la vista del cuaderno, como si la respuesta fuera completamente irrelevante. La invitación a desafiarlo estaba ahí, abierta y tentadora. Un desafío más en una tarde que ya estaba llena de ellos. Pero en la mente de Adrian, la pregunta resonaba de manera diferente.
La garganta de Adrian se sintió repentinamente estrecha, como si algo imaginario lo estuviese ahorcando. Las palabras de Addison sobre la pertenencia y el "espacio entre el miedo y el deseo" no eran solo retórica; eran dardos que daban en el centro de su ansiedad. Para alguien que pasaba el día intentando controlar cada milímetro de su entorno para mantener a raya el caos mental, la idea de que alguien más tomara el mando era, a la vez, una pesadilla y una tentación eléctrica.
Sus dedos, largos y ligeramente temblorosos, rozaron el primer botón de su camisa. El impulso de su TOC gritó: Acabas de abrocharlos. Todos están alineados. Si los sueltas, el orden se rompe. —No... ninguna pregunta —logró decir. Su voz sonó más firme de lo que esperaba, aunque el eco de la orden de Addison retumbaba en sus oídos como una frecuencia baja.
Había cierto pánico, aceptar otra orden era un juego que no sabía en donde pararía, pero algo le hacía continuar, estaba en una línea del límite, un grado que jamás había conocido pero de alguna forma lo sentía natural, como si recibir una orden acomodara muchas otras cosas en su cabeza, tenía una indicacióny por más rara que hubiese sido, había calmado los demás pensamientos de su mente. Salió del despacho siguiendo las instrucciones precisas: no correr, no mirar a los lados.
El pasillo era un túnel de silencio. Cada paso que daba era una lucha contra el impulso de girar la cabeza para ver si alguien lo observaba. Su mente empezó a hiperanalizar la situación: Paso izquierdo, paso derecho. * ¿Habrá cámaras? * ¿Y si alguien sale de otra oficina? * La camisa tiene siete botones. Siete. Un número impar. Odio los números impares.
Al llegar al baño, el frío de los azulejos blancos y la luz fluorescente lo golpearon. Se detuvo frente al espejo. Su reflejo le devolvió la imagen de un hombre que parecía exitoso, pero cuyos ojos delataban una tormenta interna, tal como lo había dicho Addison.
Con una lentitud e inseguridad Adrian comenzó a desabrocharse, botón tras botón daba una significación. El aire frío rozó su clavícula, sintió que perdía una capa de protección legal, su pecho, amplio y definido, empezó a asomarse, ese cuerpo era más un escudo, un trabajo hecho solo para calmar la ansiedad que vivìa en el, enfocado en horas de entrenamiento.
Cuando la camisa cayó sobre el mármol del lavabo, Adrian se quedó paralizado. No solía mirarse así. Su cuerpo era una herramienta de disciplina, no un objeto de exhibición. Observó el rastro de vello que bajaba por su abdomen marcado, la tensión de sus hombros y las cicatrices invisibles de su propia ansiedad grabadas en su postura. Se sentía obscenamente expuesto, pero también, extrañamente, más ligero. La decisión ya no era suya. Addison la había tomado por él.
Salió del baño. Caminar por el pasillo con el torso desnudo se sentía como caminar hacia un cadalso o hacia un altar. El roce del aire en su piel era un recordatorio constante de su vulnerabilidad. Su cuerpo, que Addison había llamado "caballo salvaje", se sentía vibrante, cada músculo reaccionando a la adrenalina.
Entró de nuevo en el despacho. El sonido de sus pasos sobre la alfombra era sordo. Se detuvo exactamente frente al escritorio de caoba, manteniendo la espalda recta, los hombros hacia atrás. El contraste entre la formalidad del despacho y su desnudez era absoluto.
Adrian no dijo nada. Se quedó allí, esperando que Addison levantara la vista, parecía que no se había inmutado por su presencia, se veía firme, calmado, algo que Adrian jamás podría hacer, tal vez si lograba hacer lo que Addison quería entonces sería capaz de asemejarse.
Su corazón martilleaba contra sus costillas, visible bajo la piel, un ritmo errático que no podía controlar con su voluntad.
Addison observaba el espectáculo con una calma que solo se logra tras presenciar el caos innumerables veces. Cada palabra de Adrian, cada contradicción, era una nota en una sinfonía de pánico que solo él parecía capaz de dirigir. La comparación con un asesino, el cumplido torpe sobre su apariencia, el mordisco nervioso en su propio pulgar... eran los movimientos torpes de un luchador novato en un ring que no comprendía.
La referencia a Scream Queens casi provocó que una de sus cejas se arqueara, un gesto mínimo, casi imperceptible. Era fascinante. Adrian había pasado del orgullo herido a la fantasía del terror en un abrir y cerrar de ojos, buscando cualquier narrativa que le diera sentido a su sensación de vulnerabilidad. Su mente era un torbellino, y en el centro de ese torbellino, Addison se encontraba de pie, inmóvil.
Cuando Adrian se movió hacia el sofá, aumentando la distancia física, Addison no se movió. Permitió que el espacio se llenara de nuevo con el silencio, dejando que las palabras de Adrian resonaran y se disiparan. Se dio la vuelta lentamente y caminó hacia la minibar que estaba discretamente oculta en un armario empotrado. No ofreció una bebida. Simplemente se sirvió un vaso de agua con hielo en un vaso de cristal pesado. El tintineo de los cubitos fue el único sonido en la oficina.
Se giró, apoyándose en el armario, y tomó un lento sorbo de agua. Sus ojos, de un avellano profundo, se clavaron en Adrian, que ahora se veía más pequeño en el sofá, como un niño que ha sido enviado a rincón de pensar.
"Asesino", repitió la palabra, su voz un murmullo bajo y reflexivo, como si la estuviera saboreando. "Un tropo interesante. Te refugias en la ficción porque la realidad te resulta inmanejable. La realidad es que tienes un hombre en una habitación contigo que ve a través de tus fachadas, y eso te asusta más que cualquier cuchillo de película".
Su mirada fue directa, sin piedad, pero también sin ira. Era la mirada de un educador que ve el error fundamental en el razonamiento de un estudiante.
"Y sí, es verdad. Me dicen que estoy guapo a diario", continuó, su tono plano, factual. "Pero no es eso lo que quiero de ti. No quiero adulación. Quiero tu atención. Quiero que dejes de mirar a la puerta, a las ventanas, a tus propias manos, y que finalmente me mires a mí. De verdad".
Hizo una pausa, dejando que el peso de sus palabras se asentara.
"Tu primer error fue pensar que esta era una junta legal. Tu segundo error fue pensar que tu opinión sobre mí, si estoy guapo o si soy un asesino, importa en este momento. Sin embargo, hay un acierto, y ese fue obedecer".
Una sonrisa delgada, casi cruel, tocó sus labios.
"Te dije que cerraras la puerta con llave. Y lo hiciste. Te dije que arreglaras tu camisa. Y lo hiciste. Te ordené que te sentaras. Y te fuiste al sofá. Cada orden que te doy es una prueba, Adrian. Y hasta ahora, las has escuchado todas. Quizás lo que necesitas no es un asesino que te persiga, sino un Dominante que te guíe". La palabra "Dominante" fue pronunciada con una claridad cristalina, como una joya arrojada sobre terciopelo oscuro.
Dejó el vaso sobre una pequeña mesita auxiliar con un chasquido seco y decisivo. Entonces, comenzó a caminar hacia el sofá. No con prisa, sino con la certeza de un hombre que sabe que su presa no se moverá. Se detuvo frente a Adrian, mirándolo desde arriba.
"Ahora, la última orden de este pequeño 'juego', como lo llamas", dijo, su voz apenas un susurro. "Vuelve a sentarte en la silla que te indiqué. Al otro lado de mi escritorio. No al lado. No en el sofá. Al otro lado, donde pertenece un cliente que está listo para ser ayudado". Su mirada se endureció. "Y hazlo con la camisa abrochada correctamente. Sin excusas. Sin dramas. Muéstrame que puedes seguir una instrucción simple, incluso cuando no entiendes el propósito. Y entonces, y solo entonces, hablaremos de tu galería. Y si tienes suerte, de todo lo demás que quiero hacerte".
El aire en la oficina parecía haberse vuelto denso, casi sólido, dificultando que los pulmones de Adrian procesaran el oxígeno. La palabra "Dominante" quedó suspendida en el espacio entre ellos, vibrando con una frecuencia que Adrian sentía directamente en la boca del estómago. No era el miedo a un asesino lo que le hacía temblar ahora; era algo mucho más visceral y, para su propia consternación, mucho más embriagador.
Adrian tragó saliva, el sonido resultando extrañamente fuerte en su propia cabeza. La mirada de Addison lo inmovilizaba mejor que cualquier cadena. Se sintió patético, acorralado en aquel sofá, dándose cuenta de que cada intento de ingenio o sarcasmo no había sido más que un escudo.
Cuando Addison se detuvo frente a él, la sombra del hombre lo cubrió por completo. Adrian levantó la vista, sintiendo esa punzada de vulnerabilidad al tener que estirar el cuello para sostenerle la mirada. Su pecho subía y bajaba con rapidez.
—Yo... —empezó a decir, pero su voz se quebró. Se aclaró la garganta, avergonzado por la falta de control—. Sí.
Se puso en pie con las piernas ligeramente inestables. Sus dedos, que antes mordisqueaba con nerviosismo, se dirigieron ahora a los botones de su camisa. Sus manos temblaban de forma casi imperceptible mientras intentaba alinear la tela. El simple acto de abrocharse, bajo la atenta y severa vigilancia de Addison, se sentía como la tarea más compleja y significativa de su vida. Cada botón que pasaba por el ojal era una pequeña rendición pero aún existía cierta rebeldía, Adrian no era alguien fácil de domesticar.
Caminó hacia la silla frente al escritorio, sintiendo el peso de la mirada de Addison en su espalda. Cada paso era una aceptación de su posición. Al llegar, se sentó con una rigidez que no tenía antes; la espalda recta, las manos sobre sus muslos, tratando de contener el caos de sus pensamientos.
—Ahí lo tienes —dijo en voz baja—. Instrucción simple. Ejecutada. Una leve sonrisa apareció, pero no era nerviosa esta vez. Era más peligrosa, más consciente.
—Pero no confundas obediencia con pertenencia —añadió, inclinándose apenas hacia adelante—. No soy tuyo. —Repitió una vez más, aunque ahora consiente de ser solo una presa a la cual Addison quería acorralar, por dentro entre nerviosismo y ansiedad comenzó a sentir curiosidad.