Día siete: Cenote negro, un reto superado que no existía esta mañana
Casi tuve pesadillas con el descubrimiento de los cenotes en Quintana Roo. Después de la plática que tuve con el futuro Pastor en el camión de Cancún a Chetumal. Me aterré sólo de pensar que había un lugar sobre la tierra donde la profundidad se desconocía. Me juré ni siquiera acercarme.
Hoy, al subir a la lancha fui llevada sobre uno: el Cenote Negro, uno de los cenotes que se cree más profundos de la Laguna de Bacalar, con aproximadamente de 90 a 100 metros de profundidad, en el cual mis compañeros no dudaron arrojarse a nadar. Yo no sé, casi me abracé de la lancha para evitar caer. Mirarlo era perderse en la negrura de su profundidad. Pero todos lo estaban disfrutando tanto, sentí la necesidad de arrojarme en él. Mi compañera que me acompañaba en el miedo también sintió esa necesidad y juntas (y con el chaleco salvavidas) nos arrojamos al profundo cenote.
Pocas veces he tenido tanto miedo. Sentía que nunca iba a salir a la superficie pero finalmente salí. Podía ver mis piernas en el agua azul y debajo de ellas el negro del vacío. Con el corazón saltando de terror, comencé a enamorarme de la sensación y poco a poco el miedo desapareció.
En la mañana no tenía intenciones de superar mi miedo a los cenotes. Y en un segundo, mientras estaba sobre él nació ese deseo de superarlo y al siguiente momento ya había saltado. Ahora sólo digo que saltaría mil veces más.













