Lo era, aunque Alejandra no lo quisiera admitir porque estaba enamorada de ella Camila entendía a la perfección que era un problema tanto para Alejandra como lo había sido para su padre por lo cual había tomado las acciones que había tomado en su vida. En el fondo no podía culparlo, en esos momentos se sentía tan mal consigo misma que inclusive justificaba los múltiples maltratos que había sufrido por parte de su progenitor en lo más profundo de su mente. – Sabes que te destrozaran si saben que sales con una menor de edad. – Aun le faltaban ocho meses para cumplir los dieciocho, por lo que aquello seguía siendo un peligro para Alejandra que había peleado la custodia de su hijo tan pequeño además de que los medios seguramente terminarían por destrozarla. – Tienes que hacer lo que sea mejor para Lorenzo. – Ella misma creía que por más que el pequeño estuviera encariñado con ella no sería lo más indicado para él mantenerse alrededor suyo porque siempre terminaba arruinando absolutamente todo lo que le hacía bien y no quería que nada le sucediera al pequeño. De repente se quedó mirándola fijamente, estar entre sus brazos la hacía sentir débil y realmente había querido evitarlo. – Lo siento. – Musitó con un hilo de voz, abrazándola y escondiendo su aroma en su cuello para luego respirar hondamente sintiendo su aroma. – Realmente lo siento.
Las cosas que oía por parte de la chica eran ciertas, debía cuidarse y también a Lorenzo pero si eso significaba perderla a ella entonces nada tendría sentido. Desde hacía un largo tiempo la mexicana no podía verse en un futuro sin Camila a su lado, sabía que eran pensamientos ingenuos y que probablemente no terminara tan bien como ella deseaba pero no podía evitarlo. ― Conozco las consecuencias y estoy dispuesta a arriesgarme. ― Confirmó una vez más, todavía firme con su insistencia, sobretodo al sentirla entre sus brazos. Abrazó su cintura con fuerza y suspiró, no había mejor manera que calmarla que con un abrazo, claro que solo funcionaba si venía de la bailarina o de su pequeño. ― No digas que lo sientes, Camila... Solo quédate, al menos hoy. ― Rogó y odió la manera en que su voz sonó rota, esta vez estaba completamente desesperada. Sabía que era una terrible idea quedarse sola en casa con su hijo, no haría más que pensar en lo que sucedió con el embarazo de la menor y aquello volvería a destruirla. ― Quiero estar contigo. ― Admitió, acercándola más en un movimiento para bajar una mano a su trasero. Siempre solucionaban todo con sexo esta vez esperaba no fuese la excepción. ― Quiero hacerte mía, quiero hacerte el amor.

















