“I Cuando Daniel viajĂł por primera vez en aviĂłn, se dio cuenta de que, para ser de algodĂłn, aquellas nubes no le impedĂan el paso a la nave metálica en la que iba. Por entonces tenĂa seis años y las Ăşnicas heridas que se hacĂa era en el recreo, poniendo empeño en jugar fĂştbol sĂłlo para que Mariana estuviese orgullosa de Ă©l. Ella le llevaba más del doble de su edad y era la auxiliar de la maestra. Casi siempre, Daniel viajaba a travĂ©s del cielo pero no se lo decĂa a nadie. CompartĂa secretos con aquel árbol que estaba en el jardĂn frente a su casa. «Un dĂa ella se enamorará de mĂ tanto que serĂ© yo el que le tenga que decir que sĂ. Ya verás, Miguelito. Ya verás.» Miguelito era el árbol y sabĂa guardar secretos mejor que nadie. «¡Hoy casi me atrapan! Por suerte, pude dejarle la rosa que cortĂ© dentro de su bolso. Espero que sepa quiĂ©n se la envĂa.» Y lo sabĂa. Mariana tenĂa unos ojos que sabĂan ver incluso aquello que era invisible. Más de una vez lo vio saltar aquella verja para robarle una rosa a don Alamiro, aquel viejo cascarrabias que segĂşn Daniel no merecĂa tener en su casa flores tan bonitas. Más de una vez tuvo que decirle que eso estaba mal. Y más de una vez tuvo que verlo arrancar la flor a escondidas. Desde entonces fingĂa no saber nada. Y Daniel celebraba su Ă©xito sonriendo de oreja a oreja cuando creĂa que Mariana no podĂa verlo. II Una vez, entre sus pláticas, Mariana le dijo que le gustaba leer poesĂa. Y desde entonces Daniel quiso ser poeta. «Te escribirĂ© el poema más bonito del mundo», le prometiĂł con un brillo en la mirada. Aquel brillo inocente, de promesa sin traiciĂłn, que sĂłlo se puede ver en los niños que no han aprendido a mentir. Cuando iba en el aviĂłn esperaba volver a ver a Mariana. Llevaba su libreta de notas, y en todo el camino, se mantuvo escribiendo frases sueltas, haciendo tachones y borrones. «¿CĂłmo se hace un poema?» Sus padres se lo explicaron, aunque Daniel podĂa notar que no sabĂan muy bien de lo que hablaban. Daniel aprendiĂł a jugar con las palabras tal como habĂa aprendido a jugar con la pelota. Hacer el gol, o completar un solo verso siempre era harina de otro costal. «¡Tengo que terminarlo antes de volver a verla!», fue lo que dijo antes de que lo ingresaran a aquel lugar pintado de blanco. III Mariana no sabĂa por quĂ© Daniel comenzĂł de pronto a faltar a clases. Cuando se enterĂł, no dudĂł en viajar tambiĂ©n. Como si estuviesen a punto de robarle aquello que no tenĂa pero que habĂa aprendido a querer como si fuese suyo. HabĂan pasado varios dĂas y cuando dio con el lugar instruida por los padres de Daniel, supo que habĂa llegado tarde. La esperanza que habĂa en los ojos de la pareja dejĂł tras de sĂ un montĂłn de nubes negras. Aquel dĂa iba a llover a cántaros. Y Mariana lo sabĂa. SabĂa que ya no iban a haber flores en su bolso ni pláticas al final de la clase. Ya nadie iba a hacerle preguntas y aquel lugar iba a quedar vacĂo. SabĂa que le robaron demasiados sueños a alguien que apenas estaba conociendo el mundo. Y que la vida siempre da segundas oportunidades a quienes ni siquiera merecĂan la primera. IV «Esto lo dejĂł para usted», le dijeron los padres del pequeño que aĂşn no eran capaces de asimilar la pĂ©rdida. Cuando Mariana abriĂł el sobre ni siquiera podĂa creerlo. Al terminar supo que Daniel habĂa cumplido. Y aquella era la primera y la Ăşltima vez que alguien que decĂa quererla tanto le cumplĂa una promesa. Con una sonrisa rota y varias lágrimas resbalando en su rostro, guardĂł aquel pliego de papel. Llevándose parte de la vida de un ángel para mantenerla siempre bajo su cuidado. Daniel nunca más volverĂa a abrazarla. Y aquel vacĂo iba a pesarle más que nunca. Mientras viviĂł siempre fue poeta sĂłlo que al final se atreviĂł a escribir.”