Ojalá mañana o en un año me sigas recordando, ojalá nunca me olvides. Solo así sabré que quererte, aunque no me querías valió la pena.
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Ojalá mañana o en un año me sigas recordando, ojalá nunca me olvides. Solo así sabré que quererte, aunque no me querías valió la pena.
80 razones para quererte
Tus ojos color miel.
Tu temperamento.
Tu amabilidad.
Tu dedicación a tus amigos.
Tu amor por la rutina.
Tu pasión por el fútbol.
Tu ilusión por trabajar.
Tus ganas.
Tu risa.
Tus mejillas.
Tu pelo.
Tus manos rojas en invierno.
Tus manos calientes por mi cuerpo.
Tu forma de andar.
Tu forma de ver la vida (tan distinta a la mía).
Tus idas y venidas.
Tu dificultad para expresar lo que sientes realmente.
Tus momentos cuando te quitas la coraza y solo eres tú sin miedos.
Tu estilo de vida, tan tuyo y que tanto has dedicado a construir.
Tu forma de hablar de tus sobrinos.
Tus silencios.
Tu forma de bailar.
Tu forma de hablar.
Tu tono de voz.
Tu manera de cogerme la cara para besarme.
Tus labios.
Tus labios.
Tus labios.
Tu cuello.
Tus brazos.
Tu forma de abrazarme.
Tu facilidad para hacerme reír.
Tu facilidad para darme paz y estar en calma.
Tus caricias.
La forma en que me miras a los ojos.
La forma en que me pones el pelo detrás de la oreja y me acaricias la cara.
Tu capacidad para hacerme mimos y a la vez hacerme de todo con tantas ganas.
Tus besos por todo mi cuerpo.
Tus manos recorriéndome.
La facilidad de tener conversaciones.
La manera en que conectamos.
Como me coges de la mano.
Cuando me escribes porque si.
Cuando te olvidas de tus miedos y te sinceras.
La forma en que quieres a los tuyos.
Los conocimientos que tienes de tantos temas y todo lo que has sido y eres capaz de enseñarme.
Tu educación.
Tu amor por las cosas frikis.
Tu manera de ser quién eres sin importar lo que diga el resto.
La manera en que cuidas a los tuyos.
Tu cara de dormido cuando recién despiertas.
Tu humor cuando no echas la siesta.
Tu forma de liar pitis.
Tu manera de escribir en el móvil.
Tu necesidad de café siempre que se pueda.
Tu mirada.
Tu cuerpo.
Tus orejas.
Tu manera despreocupada de vivir.
Cuanto te importa y te preocupas por tu trabajo.
Tu fidelidad de las cosas a la antigua, cuando había menos tecnología.
La manera en que has crecido y cambiado por lo que has vivido.
La facilidad de estar juntos y solo ser nosotros.
Tus borracheras tontas.
Tus borracheras cariñosas.
Tus besos en mi frente.
Tus besos en mi frente.
Tus besos en mi frente.
Tu rara manera de cuidarme (a tu manera).
Tu perfume.
Tus chistes.
Tu sentido del humor.
Tu cara cuando estás enfadado.
Tu manera de reprocharme cosas cuando en realidad no te importo o eso parece.
Tu manera de vivir tu vida a tu ritmo.
Tu individualidad.
Tu forma de saber controlar tus emociones.
La manera en que no dejas que te afecten las cosas.
Tus manías.
Tú.
1 razón para dejarte ir:
Aunque quiera creer que el amor puede crecer o transformarse, contigo he aprendido que no es así. No importa cuánto, ni lo que haga ni lo que diga, nunca me vas a querer, siempre seré solo un capítulo más de tu vida.
Me despido de ti sin irme
No entiendo si es por miedo o quizá porque te intimida mi forma de sentir, pero no puedo seguir con esto. No puedo despertar cada día con la incertidumbre de cómo me hablarás hoy o de si me dirás para vernos, porque no es que yo no quiera verte o hacer un plan, no sabes la de cosas que me gustaría hacer contigo, pero sí algo he aprendido de mis cicatrices y tropiezos, es que aunque quiera darlo todo, a veces debo dar lo que recibo, por mi bien, por cuidarme.
De ti, no sé si estoy recibiendo mucho o poco, no sé si te cuesta o simplemente es que no soy la persona a la que quieres abrirte y darlo todo y está bien, no pasa nada, no te voy a reprochar por ello. No podemos controlar por quién sentimos algo y por quién no, no controlamos de quién nos fijamos o a quién queremos dejar entrar a nuestro mundo, pero yo sí puedo controlar el que no vengas a desordenar el mío porque me ha costado mucho limpiarlo y ordenarlo.
No es justo para mí ni para todas las versiones que he sido ni para las versiones que seré el tener que vivir con esta incertidumbre de si te darás cuenta o no de que valgo la pena, porque yo sé que es así. No tengo miedo a entregarlo todo, no tengo miedo a abrirme y a dejarme llevar, pero no por eso me voy a permitir dárselo a alguien que no quiere recibirlo o al menos eso es lo que parece.
Por alguna razón, ya sea por capricho o porque yo solo sé ver a los demás con ojos de amor hasta que se encargan de dejarme ciega y tengo que volver a curarme, pero por alguna razón me gustas, me siento tan bien contigo, quiero más de ti, quiero conocerte, cómo me encantaría poder llevarte de la mano, abrazarnos un rato largo porque sí, mirarnos a los ojos mientras nos acariciamos las mejillas y de repente nos besamos tan lentamente, que puedo sentir cómo se para el tiempo en ese preciso instante.
Ya sé, todo eso está en mi cabeza, no eres la persona para mí porque si lo fueses no estaría escribiendo esto, lo estaría viviendo contigo. No puedo reprocharte nada, tú también tienes tus batallas a cuestas, quizá incluso todavía tienes mucho por sanar, quizá no soy yo la persona indicada para tu vida, pero por lo menos lo he intentado y con eso me quedo.
No creo que volvamos a coincidir, pero me gustaría despedirme de todo esto que estoy empezando a sentir por ti, porque no lo mereces, ni yo lo merezco. Ojalá, si se lo permites, la vida te regale a una persona que te haga ver todo eso que eres y que eres capaz de hacer y te empuje a hacerlo, te empuje a ser mejor, a dejarte llevar, a olvidarte de los miedos, a dejarte sentir.
Ojalá la vida te regale la oportunidad de dejarte querer y cuidar y que esa persona, que tenga la suerte de conseguirlo, también aprendas a quererla y a cuidarla de la misma forma.
Ojalá el mismo amor que te destrozó sea capaz de sanarte.
A veces recuerdo las locuras que hice por amor y me siento tan tonta, como cuando dejé todo por ir a verle tan solo diez minutos y me quedé a vivir en todos los abrazos que pudimos darnos en tan poco tiempo.
Como aquella vez que también lo dejé todo, volé un montón de horas para poder estar unos días juntos y verle.
Como cuando me tatué un símbolo para recordar por siempre lo que vivimos, aunque se haya terminado.
Desde pequeña no he sentido que haya un límite para el amor, se supone que si te arriesgas es para darlo todo y si no, mejor no lo hagas.
Recuerdo estas locuras últimamente porque a día de hoy creo que nadie ha hecho una locura por mí, no me han sorprendido, no han dejado todo por ir a verme, no me han llamado de madrugada solo para escuchar mi voz.
Y no digo que no me hayan querido, pero a lo mejor el equilibrio está en estar con alguien que haría las mismas locuras por ti ¿o no?
Creía saber mucho del amor por la forma en que yo he amado, pero no por la forma en que me han querido.
Hoy me ahogo en dudas y en incertidumbres, sin saber si algún día me amaran de la manera en que yo lo he hecho o tan siquiera me volverán a amar.
Mientras tanto todo ese amor que llevo dentro evoluciona, crece y se expande, me lo doy a mí y a esos que hacen el mismo esfuerzo por tenerme en su vida. Porque el amor no cambia dependiendo a quien se lo des, el amor que damos es lo que somos y yo la única manera que tengo de amar, es darlo todo.
Quizá siempre he sabido que merezco algo mejor pero he visto tantas personas macharse que me hicieron convencerme que no y con el tiempo me lo creí.
Yo solía ser todo o nada, dejarme el corazón en cada momento de adrenalina que la vida me regalaba, me atrevía a todo, a querer con ganas, a querer bonito, a dejarme querer.
Dejaba entrar a cualquier persona porque creía que quizá una de ellas al final se quedaría pero con el tiempo, mientras se marchaban una detrás de otra me fui convenciendo que quizá era yo el problema.
Así que, cuando finalmente llegaban personas a mi vida que tenían todas las intenciones de quedarse era yo la que decidía marcharse.
Cuando finalmente alguien supo quererme antes que yo lo hiciera, decidí que yo no quería querer, que no estaba preparada porque me convencí hace mucho que era mejor así, para mi y para los demás.
Esos que se fueron hicieron que estuviese segura de que estoy tan rota que si alguna vez alguien llega a tener la intención de querer caminar de mi lado, le iba a cortar con mis pedazos.
Que no podía permitir que nadie intentara juntarlos, recogerlos o acariciarlos, que nadie merecía tenerme a su lado porque quizá yo, me convencí que ni siquiera me merezco a mi misma.
A veces echo mucho de menos aquella niña que incluso con las manos llenas de sangre se atrevía a caer de nuevo para luego levantarse. Echo mucho de menos ese coraje que tenía para enfrentarme a la vida y que tuviese ella miedo de mi en vez de yo de ella.
Echo de menos todo eso que alguna vez fui porque aunque no quisiera volver a serlo, me aterra pensar en quien me convertiré mañana y que tan peor puede ser de quien hoy soy.
Sé que los golpes están para hacernos más fuertes pero en algún momento cuando la pelea acabó aunque me levanté del suelo y acepté la derrota, de alguna manera nunca he sabido volver a ponerme los guantes y tener una revancha.
Quizá no por miedo a volver a perder sino por miedo, a que nunca vuelva a encontrarme.
El día (que) aquel
Y aquí estamos, delante de una mesa de madera, uno en cada esquina, como dos desconocidos que se encuentran por primera vez, salvo que esta ocasión se vislumbra como la última.
«Tenemos que hablar», la preciosa frase. Lo sé, es una frase de mierda y es casi mejor «mira, esto va de culo, cuesta abajo y sin frenos, o paramos ya, o alguno de los dos va a salir saltando por los aires»... Pero es una invitación al diálogo, aunque a ciencia cierta ya sabes qué es lo que vas a decir.
Llevas ya muchos meses con la idea en la cabeza, muchos, demasiados. Le sueltas todo, tu situación ha cambiado, tus sueños no son sus sueños y lo que precisas no te lo puede dar. Quizás no es el momento, me dices. Quizás no, quizás en otra ocasión las cosas hubiesen sido de otra manera o quizás nunca hubieran sido. Eso no se sabe, es paja, es más incierto que el horóscopo del periódico.
No quieres prorrogar más la necesidad de cambio y de libertad. No es que necesites conocer a más personas, simplemente necesitas conocerte de nuevo a ti misma. Te has perdido por el camino. Necesitas concederte una tregua y un final.
Los dos lloramos y nos cogemos de la mano, nos abrazamos porque, a pesar del daño y de lo frío del asunto, han sido muchos los instantes compartidos, de alegrías y no tanto. Te da pena. Pero ; qué es la pena? Es algo transitorio. Nos va a doler un par de semanas o de meses y pasará.
Seguramente mañana quiera llamarte para contarte lo más mundano e insulso, como de costumbre, pero no lo debo hacer y no lo haremos más. Hemos roto ese hechizo y se ha escrito un final. Quédate con eso, con eso tan divertido, olvidaremos las disputas y todo aquello que nos alejó, las señales de aviso de «esto así no».
Quiero recordarte con lo bueno, que bastantes cosas malas hay en el mundo y bastante daño nos hemos hecho. ¿Para qué más? No hace falta nada más. Y por eso aquí estamos, o hemos estado, compartiendo un tiempo y una experiencia. Costará un poco, pero lo vamos a lograr. Y ojalá, ojalá que el tiempo y las casualidades tontas de la vida hagan que cuando nos acordemos de lo nuestro sea dibujando una sonrisa.
Nos irá bien, mucho mejor. Lo sé.
- Alejandra G. Remón
Emiliano Escalante
LUTIEMMAR
Amar es nunca atreverse a cerrar la puerta si esa persona decide hacer camino en soledad porque quizá no vuelva, pero si lo hace eres capaz de volver a tomarle la mano y decirle: esta vez, vamos a hacerlo bien.
El otro día encontré un video de nosotros bailando aunque me costó mucho creer que éramos tú y yo, estábamos sonriendo y hoy ni siquiera recuerdo bien la forma de tu cara ni mucho menos tu sonrisa.
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“A veces, el simple hecho de saber que una persona existe te trae felicidad, independientemente de lo que pueda pasar. Personas huracán que arrasan con todo a su paso, pero que por muy loco que sea dejan el desastre mas bonito de la vida.”
-Ig: ’arteymusa’
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