Atrapado en la complejidad de mis pensamientos, no me di cuenta del rumbo que habían tomado mis pies. Quisiera decir que estaba perdido, pero cuando alcé la vista reconocí aquel lugar que solíamos frecuentar en las citas secretas y nocturnas.
Suspiré. No había nada que podía hacer parado al inicio de ese callejón, más que entrar al café donde compartimos la vida.
El corazón se me oprimió en el pecho, pero caminé con valor y atravesé el umbral de la puerta, escuchando la campanilla anunciar al barista mi llegada. El hombre me sonrió, pero su sonrisa no se sentía cálida como en noches pasadas, estaba seca, sombría, como si ese desconocido pudiera ver la pesadez que me carcomía el alma.
Pedí lo de siempre, incapaz de atreverme a probar algo nuevo, y esperé pacientemente mientras escuchaba conversar a un par de parejas a mi alrededor. Ese café era bien conocido por ello, pues el ambiente hogareño y la amabilidad de su personal, te hacían sentir cómodo, tranquilo y feliz. Era un ambiente ideal para que los enamorados prometieran amor eterno a la luz de la luna. Tal como en algún momento te juré al oído.
La soledad me acechó de inmediato. Hoy no estaba esperando que tus ojitos castaños me miraran con cariño, ni vería una sonrisa amplia seguida de una disculpa por haber tardado en llegar. No había un motivo que me mantuviera pendiente de la puerta, pero mis ojos no se despegaron de ahí. Inconscientemente, tenía la ilusión de volver a ver tu sonrisa y tu largo cabello bailar al compás del viento.
Evadiendo mi realidad, me permití vivir en un ensueño. Entrabas por la puerta unos minutos más tarde. Tu lacio cabello caía grácil sobre tus hombros desnudos, pues el vestido de mezclilla que llevabas estaba descubierto. "Te encontré, mi cielo. Adivina a quién me encontré. ¿Recuerdas a la ch-" Escuchar tu voz y ver esos preciosos labios rosas pronunciando un recital que sólo estaba destinado para que yo lo escuchara, me hizo perder la cabeza.
Te observé en silencio, repasando cada detalle de tu rostro y el cabello que en un gesto atrevido cubría tu mejilla y parte de tu ojo. No podía pronunciar palabra alguna. La imagen se veía tan real, tan nítida, además estaba seguro de que eso no había pasado jamás. Tal vez me volví loco, me reclamé.
Al no obtener una respuesta de mi parte, tu expresión alegre empezó a perder su brillo y quise hacer algo para remediarlo. Me estiré lo suficiente para alcanzar tu cabello y acomodarlo detrás de tu oreja, acaricié tu mejilla y fijé la mirada en esos preciosos ojos castaños. Perdido entre la realidad y la fantasía, acorté la distancia entre nosotros, rocé mis labios contra los tuyos y...
"Aquí tiene su orden, joven."
Parpadee. Observé al frente sin dar crédito de lo que acababa de pasar, luego miré al hombre que tantas veces nos había atendido antes; el mismo al que le habías presumido con una sonrisa enorme el anillo que acababa de entregarte; no era el más caro o elegante, pero ese día lo luciste como si fuera un gran diamante. Me miró por unos segundos que se sintieron eternos y finalmente me mostró una pequeña sonrisa. Antes de irse palmeó mi hombro un par de veces.
Entonces lo entendí. No importaba en qué parte del mundo me escondiera, tu recuerdo y el fantasma de la vida que pasamos juntos era algo de lo que jamás me podría ocultar, estabas pegada a mí, adherida a mi alma y a mi corazón. Y ni el café, ni una noche solitaria, serían capaces de desvanecer el dolor que llevaba por dentro.