Corazón Pixeleado
Parpadeé y ya no la vi más, igual que la última vez que nos vimos con Daniela. La miré a la cara y no pude evitar decirle que, extrañamente, pensé que nunca más la volvería a ver. Pasaron unas semanas y su rostro se desvaneció con el tiempo, como un paisaje en la niebla. A pesar de todo, sentía una extraña esperanza temblorosa que algún día abriría los ojos y ella estaría junto a mí. Caí en el encierro, en el toque de queda, en una prisión de sombras y me refugié en mis videojuegos de rol y simulación. La extrañaba tanto que, con esmero y paciencia, creé un avatar de Daniela, un eco lejano a imagen y semejanzas. Repliqué su rostro, cuerpo y también su personalidad; hice lo mismo conmigo. Necesitaba que nos reconociéramos. Sin embargo, al encontrarme con ella, nada fue como debía ser. Al conocernos de nuevo, algo no funcionó; tomamos distancia y todo se deterioró en los píxeles. Ahí abrí los ojos y me di cuenta de que todo había acabado, mi corazón dejó de latir, simplemente se pixeleó.













