Ahora me voy a dormir y, en ese umbral donde el mundo se afloja, espero encontrarte. Quizás allí pueda tocar tu sonrisa como quien roza algo hondo, porque hay sonrisas que no se miran: se sienten, y la tuya me alcanza en un lugar donde el alma no se defiende.
Allá jugamos como dos niños fugaces con la vida, sin promesas ni peso, solo presencia. Allá hay una paz que calla todas las voces y una ternura que no pide nada.
Hay ganas de tocar con cuidado, de acercarse hasta confundirse sin perderse, como dos formas que se reconocen en el mismo pulso.
Allá el tiempo se detiene y quedamos uno frente al otro, viéndonos de verdad, sin historia ni miedo, dos fuerzas que no empujan sino que crean, inventando un mundo propio, un lugar secreto.
Y si tu sonrisa me devuelve las ganas de soñar, entonces allá te doy ese abrazo que no borra lo vivido, pero lo vuelve leve, hasta que el dolor ya no sepa dónde quedarse.