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#tbt Türk kahvesi por Taksim, nomás de olerlo ya daba la temblorina cafeinosa.
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Te traje algo de la tienda, Jorge. 5 años ya, coordinándonos de otra manera...
Te voy a extrañar... #Ibero909 #Kilombo #ÚltimoPrograma #OtrasVoces #FuturosPosibles #Jokolawal
Composición otoñal: hojas y humedad sobre eacalones de madera, así pinta la naturaleza, así se acomodaron esos elementos...
Esta serie podría llamarse "Bosques en otoño" latitudes templadas y sus ciclos de estacionalidad, todavía, a pesar del antropoceno-capitalismoceno.
#Quihubo #VideoconferenciandoOQuéHace?
¡Cielos! Otrora Distrito Federal 2017, año de tremores y sacudidas Comienzos de Octubre Otoño tropical-boreal En los tiempos del antropoceno y su desbarajuste climático Aún así ¡Cielos! (at Distrito Federal, Mexico)
De John Berger, Una huerta de manzanas.
Este es uno de esos textos que le llenan a uno de vida la existencia, y me parecía un crimen que no fuese hallable en la red. Así que aprovechando su naturaleza como carta abierta, lo libero de su prisión en papel y lo someto a consideración de la república internauta.
PD, disculpen la falta de signos de apertura de interrogación y admiración, pero me encuentro limitado por la lógica del teclado samsung. En cuanto acceda a una PC corrijo las carencias.
Una huerta de manzanos (carta abierta a Raymond Barre, alcalde de Lyon) John Berger.
Monsieur Le Maire,
Se me ha pedido que le escriba mientras usted sueña. No es tarea fácil. Los sueños proceden a su modo, tienen su propia manera de saltar y desviarse y tirar al que sueña (¿Por qué en inglés las pesadillas se llaman Nightmares?), los sueños tienen su propia predilección por no decir las cosas, su propia forma de misterio y su propia relación íntima e inexplicable con lo que puede ser verdadero. Por una parte debo pisar con cuidado para no despertarlo a usted y, por otra, debo evitar las líneas rectas para que no deje de soñar. En un sueño nada es insignificante.
La prisión de Saint Joseph fue construida en Lyon entre 1829 y 1831. Mira sobre el Ródano justo antes de su confluencia con el Saona. Cuarenta años después la segunda prisión de Saint Paul se construyó junto a la de Saint Joseph. Hexagonal en su forma y con nuevas técnicas de construcción en metal, la de Saint Paul estaba dedicada a mujeres. Tenia cuatro largos dormitorios en vez de celdas.
Hoy en día, los dos edificios, conectados por un túnel subterráneo, sirven como la principal Maison d'Arrêt de la ciudad para los presos que esperaban juicio o que cumplían condenas cortas. Donde estuvieron los dormitorios, se habían instalado celdas. Al complejo carcelario se le conoce hoy, entre aquellos familiarizados con él, como La Marmite du Diable, el Caldero del Diablo.
La mayoría de las teorías, o visiones, acerca de las cárceles tienden a ser falsas, porque la práctica desafía todo lo previsto. El encierro, la forma en que los espacios están entrelazados, los horarios, los códigos, el aislamiento y el hacinamiento: todo ello junto produce lo impredecible, ante lo cual algunos internos son más vulnerables que otros, pero ante los que todos los que se encuentran allí dentro -incluidos los guardianes y hasta el director-, son, en ciertos momentos impotentes.
Las prisiones se planean y se dotan de personal en tal forma que la supervisión -sea electrónica o de otro tipo- mantiene un control máximo sobre los presos en todo momento. Pero en la práctica lo incontrolable está siempre presente. No hay otra institución en la tierra donde lo incontrolable pueda explotar tan rápidamente.
En el lado extremo de la desesperanza los hombres se vuelven o bien sabios un bien ajenos a todo tipo de control, fuera del control de cualquier sistema o de si mismos. Lo incontrolable está encarcelado en la misma celda con la sabiduría, tras la misma puerta de la desesperanza.
A veces el descontrol entra en el propio cuerpo el preso. Eso es lo que “explica” los frecuentes casos de automutilación. Los hombres se dañan a sí mismos porque la prisión y su incontrolabilidad han penetrado en su cuerpo. Nada detiene nada. No es una mutilación a uno mismo, sino a lo que ha penetrado en uno antes que la cuchara tragada, el vidrio roto tragado, el cuchillo que se traga.
¿Quién era Delandine? Tal vez fuera un apodo. Lo que sabemos de cierto es que ella le dio nombre a una calle, la calle estrecha y corta que separa las dos prisiones.
Después de medianoche y los fines de semana la calle Delandine, que a la luz del día está por general desierta, se llena de gente que ha venido hablar, a lanzar palabras por sobre los altos muros, a los presos que están adentro. Algunos gritos vuelven como búmerangs: ¡Yo también te amo! En otra ventana: ¿Por qué no te vas al carajo y me dejas en paz?
Los visitantes vienen a la calle Delandine después de medianoche, porque para entonces el ruido del tránsito de la ciudad ha disminuido y es más fácil oír y ser oído. Los lunes por la noche no suele haber nadie. Los lunes la calle silenciosa se llena de otra cosa. Siga usted soñando, señor, y tal vez la sienta. Tras los muros, de aquel lado del foso más estrecho, y enseguida, tras pasar la segunda muralla tanto a la derecha como la izquierda, reina la sensación de un dormir hacinado y, confrontando ese dormir casi tocándolo, la total indiferencia de las piedras sillares, los barrotes de hierro y los ladrillos superpuestos. Una extraña congruencia, más estricta que la de la tierra que rodea un cadáver.
¿Qué clase de edificio diría usted, señor, que aloja la mayor cantidad de sueños? ¿Una escuela? ¿Un teatro? ¿Un cine? ¿Una biblioteca? ¿El hotel intercontinental? ¿Una discoteca? ¿No podría ser una prisión?
Primero, la prisión moderna se fundó sobre un conjunto de sueños. El sueño de la Justicia Cívica. El sueño de la Corrección. El sueño de la Ciudad de Virtud Cívica.
Y luego están los sueños soñados ahora, cada noche. Los sueños incluyen, por supuesto, las pesadillas y los terrores del insomnio. Bajo ciertas circunstancias el insomne puede perder, como el que sueña, su sentido del tiempo y el espacio físicos.
En el interior de los muros, al otro lado de los estrechos fosos que los separan, existe el gran sueño perenne de la Fuga. Entre los celadores existe la pesadilla perenne de la Revuelta de los Presos.
Además están los interminables sueños pequeños. El sueño del mar: sólo el jardín separa el Ródano de los muros, y las palomas, que cagan sobre las telas de alambre vuelan sobre el río. El sueño de tomar el expreso París, sale cada hora y sus vías quedan aún más cerca que el Ródano. Sueños de estar a solas. Se refieren tanto tiempo como el espacio. El sueño de un tiempo privado. Elegir una fecha -digamos el sábado 6 de mayo- para hacer algo que uno ha elegido por sí mismo. El sábado iré a ver a mi cuñado en Bapaume. O, el sábado, voy a ir al cementerio de Clamart y allí encontraré la botella de vodka bajo las flores de la tumba de mi amigo y beberé a su salud. (Él también estuvo en otra clase de cárcel durante veintisiete años.)
El sueño de las mujeres. El sueño de las puertas abiertas. El sueño de los sábados por la noche. El sueño furioso de ponerle fin a todo. El sueño de no cometer más errores.
Y finalmente, hay un sueño que tal vez sea el más persistente y ubicuo de todos. En la celda de confinamiento solitario de Saint Joseph, en el prétoire, donde se administran castigos por insubordinación dos veces por semana, en las regaderas, en el patio de ejercicio bajo la tela de alambre, que tiene basura donde pudieran estar las estrellas, caminando a gatas, sentados ante la televisión, en las escaleras, en el mitard, alternando entre insultos y silencio, día y noche, año tras año, los hombres sueñan a flashazos con sus mil madres, a muchas de las cuales han perdido o están muertas y que, aun así, se abren camino instantáneamente a través de los muros de la cárcel.
Una vez dentro de la Maison d'Arrêt algunas de esas madres les cuentan cuentos a sus hijos. Muchos, muchos cuentos. He aquí uno de ellos señor.
Había una vez un hombre que cada mañana tomaba el cuchillo del pan y cortaba diez centímetros de la hogaza de pan y tiraba el trozo, antes de cortar otra rebanada para su desayuno. El hombre hacía esto porque cada noche los ratones roían un hoyo en el centro de la hogaza. Cada mañana el hoyo era como del tamaño de un ratón. Los gatos de la casa, aunque cazaban a los topos, eran extrañamente indiferentes a los ratones grises que se comían del pan, o tal vez éstos los habían sobornado. Tal era el estado de las cosas desde hacía meses. Muchas veces el hombre había escrito ratonera en su lista del mandado. Y muchas veces se había olvidado, tal vez porque ya no existía la tienda donde la gente del pueblo solía comprar ratoneras. Una tarde este hombre está buscando una lima de metal en la covacha que hay junto a la casa. No la encuentra, pero tropieza con una ratonera, sólida, obviamente fabricada a mano. Consiste en una tabla de 18 por 9 centímetros, rodeada de una jaula de alambre grueso. El espacio entre los alambres paralelos nunca supera el medio centímetro. Suficiente para que un ratón meta la nariz pero no para que pueda pasar las dos orejas. La jaula tiene 8.5 centímetros de altura, de modo que, adentro, el ratón puede pararse sobre sus fuertes patas traseras, agarrar los barrotes del techo con sus manos de cuatro dedos, e introducir el hocico entre los alambres, pero nunca podrá escapar. En un extremo de la jaula hay una puerta que se abre hacia arriba. Un resorte en espiral está sujeto a esa puerta. Cuando se la sostiene abierta, el resorte queda tirante, listo para cerrarla de golpe. Sobre la jaula hay un alambre disparador que mantiene la puerta abierta. Pero ese gancho apenas sobrepasa el marco de la puerta por menos de un milímetro. En términos alambrísticos -¡Por un pelo!- En el otro extremo del alambre, dentro de la jaula, hay otro gancho en el que se coloca un trozo de queso o de hígado crudo. El ratón entra en la jaula para comer un bocado. En cuanto toca la comida con sus dientes, el alambre disparador libera la puerta y la cierra de golpe tras él, antes de que pueda volver la cabeza. Al ratón le lleva varias horas darse cuenta de que está preso, indemne, en una jaula que mide 18 por 9 centímetros. A partir de este momento algo dentro de él ya no deja de temblar. El hombre se lleva la ratonera la casa. La prueba. Pone un pedazo de queso en el gancho y coloca la trampa en el estante de la alacena en que guarda el pan. A la mañana siguiente el hombre encuentro un ratón gris en la jaula. El queso está intacto. Desde el momento en que la puerta se cerró, el ratón perdió el apetito. Cuando el hombre levanta la jaula, el ratón trata de esconderse tras el resorte de la puerta. El ratón tiene ojos de un negro azabache que miran sin parpadear. El hombre pone la jaula sobre la mesa de la cocina. Cuanto más lo mira más claramente ve la semejanza entre el ratón sentado y un canguro. Hay un silencio. El ratón se calma un poquito. Luego empieza a dar vueltas en la jaula, probando una y otra vez con los dedos de una de sus patas delanteras el espacio entre los alambres, buscando una excepción. Prueba a morder los alambres con los dientes. Luego se sienta de nuevo sobre los cuartos traseros, con las garras en la boca. Rara vez mira nadie a un ratón tanto tiempo como lo hace ese hombre. O viceversa.
Cuentos interrumpido por las voces de la calle Delandine.
Dile a Alex que tiene que mandar dinero. Ya le dije. Dile que si no lo hace, se va a ir al infierno. No te oigo. Se va a ir al infierno.
El hombre se lleva la jaula al campo fuera del pueblo, la pone sobre la hierba y abre la puerta. Al ratón le toma un minuto darse cuenta de que la cuarta pared ha desaparecido. Explora el espacio abierto con el hocico. Luego se lanza hacia afuera como una flecha y se escabulle hasta la mata de pasto más cercana, y allí se esconde.
Te esperaré, Jacko. Te quiero, Jacko, te quiero. No importa cuanto tiempo, Jacko, yo te espero.
Al día siguiente el hombre encuentra otro ratón en la jaula. Es más pesado que el primero, pero está más agitado. Tal vez sea más viejo. El hombre pone la jaula en el suelo se sienta lado a observar. El ratón trepa los alambres del techo y se sostiene allí, de cabeza.
Perdóname, Toni, ¿Me oyes? ¡Perdóname!
Cuando el hombre abre la jaula en el campo, el viejo ratón se escapa corriendo en zigzag hasta perderse de vista.
Una mañana el hombre encuentra dos ratones en la jaula. Es difícil saber qué tanto están conscientes uno del otro, o adivinar si la presencia del otro disminuye o aumenta su miedo respectivo. Uno tiene orejas más grandes; el otro, el pelo más brillante. Los ratones se parecen a los canguros por la fuerza relativamente enorme de sus patas traseras y por la forma que sus vigorosas colas presionan contra el suelo como palancas cuando saltan.
Necesito mandarle un mensaje a Jo-Jo. Jo-Jo pregunta cómo te va, Lenuta. Dile que estaré haciendo la ruta de camión desde Varsovia el mes que entra si las cosas no mejoran. No son buenas noticias. Dile que no dejó mucha alternativa. Llévate una pistola en la bolsa, Lenuta. ¡Dile que hay viejas campesinas vendiendo arándanos en la misma ruta! No te fíes de los rusos. Está loco. Por eso está adentro. Jo-Jo está loco. ¡Lenuta!
En el campo, cuando el hombre levanta la cuarta pared, los dos ratones no vacilan. Salen de inmediato lado a lado, y toman direcciones opuestas, uno hacia el este y el otro hacia el oeste.
¡Gilles! ¿Me oyes? Gilles, dime si me oyes. Gilles, te mandé un paquete hoy con todo lo de comer que pusiste en la lista. Y el chocolate con menta que te gusta…
Casi no se han comido nada del pan que está en la alacena. El ratón, cuando el hombre levanta la jaula, reacciona con el pánico habitual, pero se mueve más pesadamente. El hombre sale de la cocina para recoger su correo y platicar un momento con el cartero. Cuando vuelve, hay nueve ratoncitos recién nacidos en la jaula. Perfectamente formados. Rosas. Cada uno del tamaño de un grano de arroz largo.
No, señor, no se despierte. Que nada lo perturbe. Recuerde que esta historia la cuenta una madre. Escúchela en su sueño.
Luego de diez días, el hombre se pregunta si alguno de los ratones que ha liberado en el campo no estará volviendo a la casa. Decide, tras meditarlo, que no es probable. Observa a cada uno tan cuidadosamente que está convencido de que, si uno volviera, la o lo reconocería de inmediato.
¡Harry! ¡Soy yo! No pude venir el miércoles. ¡Harry, esta noche aquí estoy! Harry me pidió que le dijera si usted venía. Lo transfirieron al hospital. No quería ir. Se llevaron a Harry al hospital, le pusieron cadenas en las piernas y se lo llevaron.
El ratón de la jaula ladea la cabeza como si llevara una boina. Sus garras delanteras, con sus cuatro dedos, están firmemente plantadas en el suelo a cada lado del hocico, como las manos de un pianista en el teclado. Las patas traseras están recogidas y se alargan por el suelo de modo que casi llegan bajo sus orejas. Tiene las orejas levantadas, y la larga cola, que se extiende por atrás, está reciamente apoyada contra el suelo de la jaula. Su corazón late muy aprisa y se asusta cuando el hombre levanta la jaula. Pero no se esconde tras el resorte, no se acobarda. Alza la cabeza desafiante y devuelve la mirada. Por primera vez, al hombre le viene a la cabeza un hombre para el ratón. Alfredo, lo llama. Pone la jaula la mesa de la cocina, junto a su taza de café. Más tarde el hombre sale al campo, se arrodilla, coloca la jaula en el pasto y sostiene la puerta, que es el cuarto muro de la jaula, abierta. El ratón se acerca la pared abierta, yergue la cabeza y salta. No se escabulle, no se lanza, vuela. En proporción con su tamaño, brinca más alto y más lejos que un canguro. Brinca como un ratón que acaba de ser liberado. Con tres saltos ha cubierto más de cinco metros. Y el hombre, todavia de rodillas, ve al ratón que ha llamado Alfredo saltar una y otra vez hacia el cielo.
Vamos a empezar de nuevo, cariño, empezar desde cero.
A la mañana siguiente, el pan está intacto. Y el hombre cree que el ratón de la jaula podría ser el último. Arrodillado en el campo, fuera del pueblo, sosteniendo la puerta abierta, el hombre espera. Le toma mucho tiempo al ratón darse cuenta de que puede irse. Cuando por fin lo hace, se escabulle hasta la mata de pasto más espesa y más cercana, y el hombre siente una ligera pero aguda desilusión. Esperaba ver, una vez más en su vida, a un preso volar, a un preso realizar su sueño de libertad. Tenía la esperanza de que hubiera otro Alfredo. ¤ ¤ ¤
Monsieur le Maire, sigue usted, eso espero, soñando todavía. El primer paso, si lo entiendo bien, en su amplio plan para la reconstrucción del centro de Lyon (el plan al que dio usted el mágico nombre de Confluencia), es la demolición de las prisiones de Saint Joseph y Saint Paul.
¿Qué ocupará su lugar? Quisiera hacer una sugerencia. El área que cubren las dos prisiones es pequeña. Menos de dos hectáreas. Imagínense el lugar convertido en una huerta de manzanos, utilizada y disfrutada como parque público. ¡Sería en el mundo entero la primera huerta de manzanos sitiada en el corazón de una ciudad! Y las flores en primavera, y la fruta a fines de octubre, serían un recordatorio de todos los sueños que aquí se han soñado. Aquí, si se me permite subrayar la palabra, señor, aquí.
Hace poco, señor, fui a ver a mi amigo Zima Lewandoski, cerca de Zamosc, no lejos de la frontera ucraniana. Es uno de los grandes expertos forestales de Polonia; descubrió una nueva forma de fechar los árboles. Los bosques forman un texto y los expertos pueden ser a veces un poco como etimólogos. Zima cuando habla tiene ese tipo de precisión. Le conté de nuestro proyecto -el proyecto que está usted soñando, señor-, sobre una huerta de manzanos en el centro de Lyon, y le pedí consejo sobre qué especie de frutal sería mejor. Lo pensó por un momento, me hizo preguntas sobre el clima y las condiciones atmosféricas de la ciudad, y luego dijo: “¡Espartanas! Las Espartanas serían las mejores manzanas para ese lugar. Son manzanas tardías, se cosechan en octubre y, si se almacenan bien, duran todo el invierno”.
El Parque, señor, se podría llamar la Huerta de Delandine, ¿No? En cuanto a las manzanas espartanas, cuando están maduras, tienen un rojo humo, casi como el color de un mineral sacado de la tierra. Los árboles se deberían plantar, según Zima, a unos 6 u 8 m uno de otro. Las celdas actuales miden 3 x 3.6 m.
Re comparto una carta abierta de John, el entrañable viejito Berger, al alcalde de Lyon, se intitula “Una huerta de manzanas” Frente a su partida rumbo a la eternidad, varias (personas amigas) estamos melancólicas, contemplativas, agradecidas. Un remedio que me recomendaron para la saudade fue acudir a sus textos, para sentirlo cerca y darle las gracias... ...y vaya si su lectura y relectura produce sensaciones de cercanía... Sus textos tienen esa magia poética de la oralidad: se sienten como si estuviera junto a uno, contándonoslos... ...y si, se le recuerda con infinita gratitud, se le siente presente con asombro, con admiración... ...Sus textos son táctiles, palpables, son apapachos; son cuentos-abrazo, son poemas-caricia... ...Y aún así, se siente esa saudade-melancolía que tiene lo suyo de dulce... ...como morder una manzana roja, cortada en una huerta pública, como en sueños-cuentos se lo propuso John Berger al señor alcalde y a quienes lo leemos...
Juanga, lo joto y la homosexualidad
Juan Gabriel no era homosexual. Es más, llamar homosexual a Juan Gabriel es un acto de violencia (hetero)sexista. ¿Por qué digo esto? A partir de su muerte, la comunidad LGBT y algunas personas interesadas en temas de género y sexualidad han retomado la figura de Juanga como un ídolo homosexual—incluso calificándolo como “evidentemente homosexual”. Hacer esto tiene un doble fin político: por un lado, demostrar que la sociedad homofóbica puede valorar y respetar a los homosexuales; por el otro, que los homosexuales pueden triunfar y ser queridos en una sociedad homofóbica. A pesar de las tan sonadas lentejuelas, los manoteos y los movimientos de cadera, Juan Gabriel nunca declaro públicamente ser homosexual. En una famosa entrevista le preguntaron “¿Juan Gabriel es gay?”. Él respondió con la ahora legendaria frase: “Dicen lo que se ve no se pregunta, mijo”. Para algunas personas, la frase de Juanga constituye una respuesta afirmativa y, por lo tanto, Juan Gabriel era evidentemente homosexual. Sin embargo, ¿en qué medida es esto cierto? En un sentido estricto, una pregunta cerrada como ésa sólo puede ser efectivamente respondida en dos términos: sí o no. La respuesta es, al menos, ambigua como Juan Gabriel mismo. La pregunta permanece: ¿Era Juan Gabriel homosexual?
Si miran la entrevista, notarán que hay una fuerte tensión entre Juanga y el entrevistador. Este segundo no hace una pregunta directa, pues se trata de un tema tabú; Juan Gabriel parece saber hacia dónde se dirige, qué es lo que realmente le quieren. Cuando el entrevistador finalmente se ve obligado a plantear la pregunta abiertamente, decide formularla en tercera persona, como jugando a que se habla de alguien más; de alguna manera, sabe que cuestionar a la gente sobre su vida privada implica romper una barrera: “¿Juan Gabriel es gay?”. La primera respuesta de Juan Gabriel no es su frase célebre, sino otra pregunta: “¿A usted le interesa mucho?”. Aquí cabe una diferencia fundamental para la manera en que entendemos/construimos la memoria de Juanga: Juan Gabriel como persona y Juan Gabriel como figura pública. En tanto persona, Juan Gabriel es más bien irrelevante por el hecho de que la mayoría de nosotrxs no tuvimos una relación personal con él. En ese sentido, los asuntos de su vida privada —como su sexualidad— nos resultan inaccesibles porque él así lo decidió. Cualquier especulación al respecto es tan violenta e invasiva como filtrar fotos íntimas de celebridades y, en principio, debería representarnos problemas éticos semejantes. Lo que tenemos de él su lugar en la cultura como figura pública.
Así pues, al ser cuestionado públicamente sobre su sexualidad, Juan Gabriel respondió: “¿A usted le interesa mucho?”, es decir, que su vida privada no era de la incumbencia del reportero. Sin embargo, el entrevistador siguió insistiendo y Juan Gabriel contestó: “Yo te respondo con otra pregunta: lo que se ve no se pregunta, mijo”. ¿Es esto una respuesta afirmativa a la pregunta planteada? Yo no lo creo. Hay al menos un par de elementos que más bien reflejan la renuencia de Juan Gabriel a responder en los términos planteados. Juanga declara su intención de responder con otra pregunta; su respuesta no lo es. Quizás no era el más elocuente en las entrevistas, pero la intención de revirar el cuestionamiento es clara. El uso del apelativo mijo también es significativo. Confieso que mi conocimiento del español de Juárez es muy limitado, pero en este caso parece ser utilizado para comunicar que Juanga se asume mejor o más inteligente que su interlocutor (la palabra en inglés es patronizing, a menudo traducida como condescendencia). Así pues, la legendaria frase de Juan Gabriel está enmarcada en un contexto que podemos parafrasear de la siguiente manera: no quiero responder la pregunta pendeja con la que muy pendejamente sigues insistiendo, pendejo.
Si éste es el contexto, ¿cómo podemos entender la frase lo que se ve no se pregunta? La frase parece ser más bien una ejecución errónea del refrán lo que se ve no juzga, el cual significa que “lo evidente no es motivo de juicio; hay que asumirlo sin más” (según el Refranero Mexicano). De nueva cuenta, más allá de la elocuencia de Juan Gabriel en las entrevistas, cabe preguntarse qué es lo evidente, qué es lo que se ve. No puedo evitar caer en un relativismo que seguramente calificarán como absurdo. Para continuar en el ámbito del refrán y el lugar común, lo evidente depende del cristal con que se mira. Así pues, Juan Gabriel era “evidentemente homosexual” si y sólo si se le mira a través del cristal del machismo (de la matriz heterosexual, en términos de Judith Butler), con toda la misoginia y homofobia que ello implica. En este sentido, Juan Gabriel no era homosexual, sino que lo homosexualizamos socialmente. El conjunto de características que asociamos con Juan Gabriel en el escenario —la voz aguda, el amaneramiento, el movimiento de caderas y, sí, las lentejuelas— no son intrínsecamente homosexuales, son parte de lo que culturalmente construimos como lo homosexual, entendido aquí no como una orientación sexual (término médico/psicológico referente al ámbito privado) sino como un aspecto cultural. Es decir, lo homosexual aquí es aquello que no es convencionalmente masculino; para precisarlo, no se trata de la homosexualidad sino, en palabras del infame Nicolás Alvarado, de lo joto. Confundir lo joto (cultural) con la orientación sexual es de un esencialismo imperdonable en estos días y habla de un machismo inconsciente profundamente arraigado.
Así pues, cuando Juan Gabriel respondió “lo que se ve no se pregunta” en el contexto en el cual lo hizo, no es tan claro que se trate de una confesión pública de su orientación sexual. Su renuencia a responder, su molestia ante el interrogatorio, la respuesta más bien ambigua y el relativismo que ésta implica, hablan más bien de un acto de resistencia a las dicotomías de la orientación sexual (hetero/homo) y la identidad de género (masculino/femenino). En esta entrevista, Juanga se niega a definirse dentro de estos términos, muy a pesar del mandato social de confesarlo, representado aquí a través del interrogatorio al que es sujeto. La reacción del entrevistador no se hace esperar y recula arrepentido: “Yo veo a un cantante frente a mí, a un triunfador”.
Entonces, ¿Juan Gabriel era queer? Sí y no. Juan Gabriel no era queer en el sentido que algunas personamos usamos para colocarnos políticamente a partir de lo que conocemos hoy en día como teoría queer (al menos no públicamente). Juan Gabriel como figura pública era queer en el sentido peyorativo en el que se usa en inglés, como un término que engloba a todas aquellas personas no se apegan a las normas de lo convencionalmente masculino y femenino; Juanga era queer sólo en la medida en que era (considerado) joto tal y como este término quedó definido arriba, sin relación fehaciente con la orientación sexual. Reconocer la disociación entre lo joto y la orientación sexual es relevante en la medida en que permite entender los actos de discriminación. El bullying homofóbico en edad escolar, por ejemplo, no toma como excusa una orientación sexual de la que no hay evidencia, sino una “desviación” de lo que los niños y la niñas “deben” hacer según “manda” su género. Por otro lado, muchos hombres homosexuales manifiestan abiertamente su aversión sexual hacia los jotos en redes sociales: son hombres y les gustan los hombres, no las obvias ni las locas. Lo joto ya se encuentra disociado de la orientación sexual.
Juanga puede ser un ídolo para la comunidad LGBT no porque haya sido una persona homosexual, sino porque además de componer canciones extremadamente populares, era (llamado) una loca, igual que nosotrxs, y trascendió en la cultura a pesar de ello—o quizás, en parte, gracias a ello. La famosa entrevista continúa después de la frase célebre y, en un punto, Juan Gabriel declara: “No tengo por qué decir una cosa que a usted, como a muchas personas, no le interesa. Yo pienso que yo soy un artista. Yo pienso que yo soy Juan Gabriel.” Sabemos que hay gente que desprecia las lentejuelas por “nacas, no por jotas” (sic); me pregunto en qué momento nos van a gustar (o no), ya no por jotas, sino por bonitas y brillosas. Juan Gabriel era Juan Gabriel.
Color Palettes of Hayao Miyazaki, Hyo Taek Kim
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We are groot
Es lunes, se terminaron las vacaciones, abres las noticias y ¡PUUM! Te enteras de que promulgaron las Leyes Secundarias de la Reforma Energética.
Leyes que entregan el petróleo a empresas extranjeras, que afectarán el medio ambiente y por si fuera poco, permiten el despojo de los...
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