Si eres del estado de Guanajuato seguramente este título te evocó una de estas dos referencias: José Alfredo Jiménez o el bar de la Madero (León). Para cualquiera que sea el caso probablemente eres un borracho de ocasión, salud entonces.
¿Qué voy a hacer si de veras te quiero? aquí la pista del tema central de esta entrada.
Oriunda de la Cuna de la Independencia (no, no es Querétaro) sé que en Dolores Hidalgo (en Guanajuato, para los despistados) no es extraño que después de cantar el himno nacional, el quince de septiembre, se llore al cantar Caminos de Guanajuato de J.A.J.
Y es que el cantautor favorito del sentimiento ranchero de antaño logró crearnos este desgarrador sentir al cantarle al amor, al desamor y ¿por qué no? al alcohol, la fiesta y todas sus manifestaciones.
Mientras escribo este post puse en Spotify las canciones de mi paisano, por aquello de colocar un buen ambiente de concentración, no funciona mucho, ese tonito triste y nostálgico me recuerda rinconcitos de mis amores, mis fiestas y mi terruño.
Pero basta de apegos musicales, el propósito es centrar los pies en la tierra, o más bien, en la esquina de Nuevo León y Guanajuato (sí, de mi pueblo). Aquí, un inmueble de tonos cálidos invita a conocer la casa que vio pasar los primeros años de vida del “sociólogo” José Alfredo Jiménez. Este inmueble fue restaurado y ocupado por una cronología interactiva de la obra del cantautor.
El Museo de José Alfredo es un recorrido a los cuartos, jardines y cocina de una casona típica de la ciudad. Al entrar a la primera sala, al fondo, un cuadro muestra el rostro picaresco de J. Alfredo. Si entrecierras los ojos o te colocas lentes obscuros es perfectamente apreciable el rostro con sombrero y un paisaje de segundo plano, pero próximo al cuadro se observa que esta silueta está compuesta por varios personajes que marcaron la vida, carrera, obra y homenaje al hijo del pueblo.
De ahí en adelante entre cedularios de lona, se leen algunas letras representativas de sus canciones, frases de letrados personajes mexicanos, de autores y cantantes que ensalzan ese poder de la música vernácula que suena al fondo.
Fotos de la tierna infancia, contratos, cartas, letras en servilletas, un triciclo, telegramas, premios, sombreros, discos y demás parafernalia acompañan este vaivén de suspiros al adherir al imaginario musical de la vida letras como: Nada me han enseñado los años, siempre caigo en los mismos errores. Otra vez a tomar con extraños y a llorar por los mismos amores.
¿Qué hace tan fascinante este lugar para visitar y conocer más sobre este sujeto del imaginario colectivo mexicano?
En ocasiones que he visto saturada la entrada de la casa de José Alfredo en comparación a la casa-museo del Cura Miguel Hidalgo, y están a una cuadra del centro histórico ambas. De extremo a extremo.
Una vez escuché a un guía de turistas decir frente a la casa del Padre de la Patria: …y esta era la casa de Miguel Hidalgo, la entrada es de $20 pesos ¿quieren entrar? es una colección de reproducciones del inmobiliario original. Los buenos se los llevaron a la ciudad de México.
Después de que se me callera mi barquillo de nieve exótica, tradicional por acá, quedé enfurecida por ver que nadie quiso entrar. Pero seguí la corriente para continuar como turista en mi propia ciudad.
Nos encaminó entonces el individuo al Museo de Alfredito y en esta ocasión todos entraron sin previo aviso ni advertencia.
Me quedé afuera, una señora y su hija esperaban conmigo, me cuestionaron mi apatía por aquel recinto, me ofendí por supuesto, “no es apatía es que yo ya lo conozco”, “ah que bien ¿y qué tiene de extraordinario? ¿sí era muy famoso?...” les conté de las letras, los trajes y bueno… me dejaron hablando sola, entraron.
Sin afán de hacer semejante comparativa entre un personaje histórico y otro folclórico, me di cuenta que quizá este apego al hijo del pueblo es un discurso que se renueva año con año, fiesta con fiesta, amor tras amor.
Ambos son indispensables para los festejos de fiestas patrias, pero por ejemplo José Alfredo cuenta con un festival en la ciudad. Rememoramos las hazañas cantineras de uno en cada borrachera y casi nadie evoca el sentimiento nacionalista del héroe de independencia en las fiestas ¿verdad?.
No se le resta importancia a ninguno, claro está. Ambas partes tienen lo propio, pero me resulta fascinante reconocer esta identidad tan popular que viene de un sujeto que canta que sin nos dejan nos vamos a querer toda la vida.
Si jamás habían escuchado de este ícono de la música ranchera, quizá entiendan ahora el motivo de mi título. Será mi apego, mi situación amorosa o este trago que me acompaña, pero José Alfredo Jiménez y sus canciones me provocan este amor desmedido por una identidad cultural que predomina en la región.
Y es que, prestando atención a las letras, quizá nos encontremos en una historia, una ciudad, en la Feria de Aguascalientes o en algún rincón del estado de Guanajuato. Creo que eso también es hacer comunidad.
Para cerrar comparto una parte de la letra de mi pieza favorita, Un mundo raro.
Si te acuerdas de mí, no me menciones, porque vas a sentir amor del bueno. Y si quieren saber de tu pasado, es preciso decir una mentira. Di que vienes de allá, de un mundo raro. Que no sabes llorar, que no entiendes de amor y que nunca has amado.
Porque yo a donde voy hablaré de tu amor como un sueño dorado. Y olvidando el rencor no diré que tu adiós, me volvió desgraciado. Y si quieren saber de mi pasado, es preciso decir otra mentira. Les diré que llegué de un mundo raro. Que no sé del dolor, que triunfé en el amor y que nunca he llorado.
Advertencia: estas canciones no se le dedican a nadie, ni para bien o mal. Y recuerden que la vida no vale nada.
Disfrútenla.
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