The Bowery Presents

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Love Begins

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"I'm Dorothy Gale from Kansas"
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@bloodandlines
— Steveen.
Quiero ser víctima de todos tus impulsos amorosos…
Si mi universo colisionara con el tuyo, ¿amarías mis planetas, o robarías cada una de mis estrellas?
Tehimely Marrufo.
ABEL Y CAÍN DECODIFICADOS
Esta historia de fratricidio es bien conocida, pero una lectura atenta revela de inmediato un significado más profundo. Si adoptamos una lectura simbólica de la historia de Caín y Abel (como era común en esa época, que siempre narraba verdades en clave arquetípica), entonces los dos hermanos representan no solo a dos individuos, sino dos modelos de civilización, dos formas de lo sagrado, dos visiones de la relación entre el hombre, la tierra y lo divino. Analicemos:
Existe el Dios de la religión, de la política, del poder; aquel que exige sacrificios, por lo tanto, sangre en el altar en su honor; aquel que quiere ser adorado; aquel egoísta que exige obediencia; aquel que establece deudas, exige reconocimiento y gobierna mediante la culpa. Abel adora a este Dios, lo complace, le lame las botas.
Existe, en cambio, lo Divino (no un Dios tribal), el sentido natural de lo sagrado, no ligado a una religión, sino a una forma de vida espiritual, libre de estructuras sociales y políticas, que expresa los poderes de la vida y la fertilidad. Aquí no hay un Dios soberano que imponga leyes, sino que refleja la pluralidad de la existencia: la tierra, las aguas, las estaciones, la fertilidad, las ciudades, las artes, la memoria de los ancestros. Caín venera este modo de vida divino; no ofrece la sangre del rebaño, sino el fruto del trabajo, de la siembra, del cuidado de la tierra. No es religioso, sino espiritual, estabilidad y pertenencia a una civilización de la tierra.
Obviamente, Yahvé desprecia a Caín y prefiere a Abel; el poder desprecia a quienes no lo aprecian. El contraste entre Abel y Caín puede interpretarse, por lo tanto, como un choque entre el nomadismo pastoril religioso y el estilo de vida agrícola sedentario y espiritual, entre el Dios político de las instituciones y el Dios secular de los librepensadores: El primero manda y juzga. El segundo acompaña y fertiliza. El primero desea súbditos. El segundo genera pertenencia. El primero construye la religión de la culpa. El segundo salvaguarda la conexión con el cosmos. El primer Dios es una invención de los poderosos para gobernarnos; el segundo es la liberación divina de quienes desean cuidar la naturaleza y su propio destino con sus propias fuerzas. Lamentablemente, después de milenios, nuestra sociedad aún venera al Dios de Abel y desprecia la divinidad de Caín.
María Magdalena.