“¡Ey, ey, ey!” Gritó en pleno pasillo, seguramente hasta las cocineras del lugar acababan de escucharla. Se acercó a la muchacha de cabellos dorados, obviamente había estado intentando llamar su atención anteriormente. “¿Acabas de robarle a ese tipo?” Preguntó, girando su rostro para observar el camino que el desconocido, víctima, había tomado. “¿Estás necesitando dinero?” Continuó con su pregunta, no necesitaba que le respondiera la anterior, acababa de ver todo lo sucedido. No le interesaba demasiado, no se consideraba policía de nadie, simplemente podía ver como sacar ventaja de aquella situación. “Yo puedo ayudarte, mis padres son ricos.” Sonrió, orgullosa de lo que acababa de decir, porque realmente así lo sentía —siempre ajena a que, en teoría, ese patrimonio familiar no era realmente suyo aún—.
El captar la atención de la mayor logró que sus sentidos despertasen al máximo, sabiendo que con cada grito que salía de la contraria, la atención de más personas que nada tenían que ver con el asunto se posasen en ellas, colocando a la alemana en más peligro que la simple mirada vivaz que se le acercaba a paso acalorado. “No, ¿cómo voy a robarle a aquel tipo?” volvió a inquerir, la incredulidad genuina e irónica debatiendo el dominio sobre su expresión; lo que menos necesitaba en ese momento era que alguien más se enterase de lo sucedido. “Estoy bien,” respondió simplemente, sin ánimos de ofrecer ninguna otra respuesta, un casto sonido escapando de sus labios al rozar su lengua con el paladar superior, “acabo de recibir mi mensualidad.” Con una sonrisa, que consistía más en labios fusionados en una línea y una pequeña elevación de hombros, volvió a asegurarse que nadie las seguía mirando para concentrar su atención en lo conseguido.














