...quizás, algo de terror.
Fue una noche de manto invernal, de esas que cobijan las estrellas entre escarcha de olvido. Era una noche con muerte anunciada cuando mis últimas letras llegaron a ella y la espina escarlata del adiós hizo extinguir la vida. Era una noche tan fría que hasta el infierno tembló; una noche de destrucción masiva.
De sus labios nació la despedida; esquirla de cristal que convirtió mi alma en ruinas. Siento a la soledad abrazarme, la vista se nubla, mientras el océano en mis venas tiembla de terror. El corazón me enloquece, lo siento golpearme el pecho; desquiciado y sangrante, buscando razones a la muerte. Caigo de rodillas con la vista perdida en el vacío, ella había marchado. El temblor en mi cuerpo es incontrolable, por los ojos escapan los vestigios del alma.
Algo había muerto, algo me había abandonado desde aquella noche. No estoy seguro del qué. Mientras a ella la guardo con recelo en mis recuerdos y su ausencia me acompaña en cada respiro… algo me falta.
Lo he buscado en cada habitación, en cada rincón. Lo he buscado entre nostalgias y recuerdos; pero no logro encontrarlo. He ido a las letras de la melancolía, a los versos del olvido, y no hay rastro de él. He preguntado al cielo, he conversado con el viento y no encuentro respuesta alguna. Mi última esperanza era la habitación del silencio. En medio del océano de recuerdos y los cristales de la soledad, se encuentra esta invernal habitación, con paredes repletas de versos sin sentido y tinta de miserable olvido. Entro a la habitación y estaba allí; ¡Por fin, lo había encontrado!...
Sentado y perdido, escribiendo como siempre. Perdido entre letras y gritos de tintero, con las alas clavadas al cielo y la vista hundida en infiernos. La habitación era oscura y fría como la soledad que cala hasta los huesos, como aquellos besos jamás versados.
Las letras gritaban la historia de un amor inconcluso, la voz yacía delirante entre las ruinas de la nostalgia; y un silencio gobernante, que no permitía vida alguna; asesino de palabras que soñaron con algún día existir.
Hojas con versos mutilados y letras destrozadas que sollozaban en la oscuridad, eran las custodias de aquel perdido escritor. Escribía sin parar, escribía aunque las alas le sangraran; aunque el tintero afilara las letras y le sesgara los latidos, él continuaba escribiendo como si no hubiese vida alguna. Escribía por amor, por locura, por muerte… por olvido.
Me encamino al centro de la habitación y le hablo:
— ¡Oye!, ¿Qué haces aquí? — Exclamo, intentando llamar su atención.
Detiene la pluma, levanta la vista y me ve directo a los ojos. Me observa con tanto vacío que siento a sus ojos penetrarme la mente y crear demonios. Tenía esa vista perdida que solo poseen aquellos que amaron hasta extinguirse. Sus ojos eran tan fríos como el invierno; negros y atemorizantes como el más grande abismo. En ellos guardaba desilusión, dolor y desamor. Tantos demonios creados por sus letras, por la distancia, por la absurda esperanza de algún volver, qué crujía el alma de temor al verle escribir.
Un silencio despiadado le había aniquilado la voz, las letras le habían herido la piel, los suspiros intoxicado el alma, y aquel recuerdo que torno en infierno el bosque de su historia continuaba consumiendo sus noches como bestia insaciable.
Los continuos sismos de su piel delataban su falta de vuelo, su agonía en la locura. El oleaje de un océano desquiciado reventaba sus venas, infiernos nacían de sus latidos y un metálico sabor a sangre recorría su garganta; mientras sus labios eran despedazados por la desesperación de no poder besar la vida de su amada. Una penumbra agazapada entre la noche era la única testigo de aquel moribundo que consumía el último aliento de vida escribiendo. El caos de su cuerpo era tan solo reflejo de su ya olvidada alma. No existía salida de aquella prisión.
Luego de unos instantes entre incertidumbres y silencios, levanta su torpe cuerpo de aquella mesa desordenada —hojas de bosque a medio vivir, poemas sin escribir y versos que soñaban con existir forman parte del caos literario—. Cruje la silla al moverla, como queriendo recordar con el tétrico chillido el dolor que habitaba cada rincón del lugar. Sobre la mesa, un corazón latía débil. Lo abraza entre sus manos y el alma se le desborda por los ojos.
Nunca olvidaré esa vista perdida, ese infierno que habitaba sus pupilas. La locura que lo destruía era indescriptible. Toma control de sus demonios, al parecer recuerda que no está solo. Camina hacia mí, se acerca —con paso lento y tambaleante— sus movimientos son torpes; no se ha levantado en días. Arranca de su garganta un gemido, algo desea nacer de aquella mutilada voz. Una y otra vez balbucea, intentando recordar lo que alguna vez fue su voz. Desquiciado y desesperado al punto del quebranto logra emular garabatos de sonido. Murmuraba con voz débil, las palabras se perdían en la inmensidad del silencio abrasador. Me acerco un poco más, intentando escuchar lo que decía; era el nombre de su amada, no hacía más que repetirlo sin descanso. Lo repite sin cesar; más alto, más loco, más roto. Sigue hasta desgastar los labios, hasta extinguir la voz, grita...
No puede más, cae postrado; derrotado, loco y enamorado. El alma se le escapa en cada lágrima de melancolía. La esperanza huía aferrada a las alas del vacío. Las ilusiones huérfanas sollozaban en una esquina, desconsoladas. La cordura no era más que un recuerdo; no era más que una línea de tinta seca sobre una hoja despedazada por el tiempo. Destruido y desconsolado. La vida lo abandona, se consume en cada respiro, el corazón se desmorona.
La habitación colapsa, grita el viento, tiembla la noche. Había muerto un poeta.
EPITAFIO: Amor, aquí yace quien te amo hasta extinguirse.