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Esa noche Milo se encontraba realmente triste y como casi todos los días se puso a dudar sobre la decisión de haberse escapado de su casa. Había días en los que extrañaba a sus padres y regresaba volver con toda su alma, pero su orgullo y enojo siempre se lo detuvieron de hacerlo. Intentó tapar su dolor recurriendo a una vieja adicción que había comenzado en sus días de callejero. Esa noche la mezcla de diferentes sustancias lo habían afectado, entró corriendo a una habitación que ni siquiera sabía dónde se encontraba y se tiró rápidamente en la cama que había en ella.—Ven, abrázame.—Susurró con voz de niño pequeño a la persona que se encontraba acostada allí para luego tomar su mano y obligarlo a hacerlo.
—Cameron siempre había tenido el sueño bastante pesado, todos solían opinar que un batallón podría pasarle por delante y él no se daría cuenta. Pero aquella noche fue la excepción. Le era imposible no sentir el movimiento que algo generaba en su cuerpo, lo que causó abriera los ojos lentamente para intentar enfocarlos en la oscuridad—. ¿Qué...? —murmuró, sacudiendo la mano que sentía era sujetada por alguien más... Rápidamente, después de descubrir que había otro cuerpo en su cama, se enderezó, empujando al intruso sin siquiera verle a la cara—. ¡¿Qué te sucede?! —fue lo único que logró exclamar, poco importándole si despertaba a sus compañeros.










