La brisa y la enfermedad leer online
La brisa y la enfermedad Primera Edición 2019 © José Miguel Sánchez Coll 2019 © Ilustradora: Clara Amselem Sanjuan © Editorial Agencia del libro. http://www.agenciadellibro.com C/Dr. Fleming No50, 4oD 28036 Madrid Teléfono: 34 91 345 38 17 Fax: 34 91 350 80 54 ISBN: 978-84-17551-10-0 Depósito Legal: M-9488-2019 Reservados todos los derechos. Esta publicación no puede ser reproducida, ni en todo, ni en parte, ni registrada o trasmitida por un sistema de recuperación de información, de ninguna forma ni por ningún medio, sea mecánico, fotoquímico, electrónico, magnético o por fotocopia, o cualquier otro sin el permiso previo por escrito de los titulares del copyright.
LA BRISA Y LA ENFERMEDAD
JOSÉ MIGUEL SÁNCHEZ COLL
A Clara
Si las flores fueran estrellas, ¿qué serias tú? Reina de todos los parajes, floridos prados de montes dorados y del silencio del bosque agotado. Si tú fueras la lluvia, ¿qué sería yo? Horizonte radial sempiterno o muesca de tu olor en el viento. Si fuéramos uno sería en tus ojos.
Cantas bañada gracietas y fresca de muerte entera, rojo de soles arriesgas larga de paciente ausencia. Vuélame de pecho pleno y de golondrinas negras. Desmayo por falta de sueño, desvelo tesoro de penas. Con la luz de la luna y la luna me sueña cómo se mira uno en ella de aves rapaces de vela.
Sueña la estela con galeones de niebla, horizonte lejano y cerrado en tus labios para siempre. Sueña la niebla con estelas de galeones entre estrellas ascendiendo de tu recuerdo por la tiranía de esta celeste cúpula, cómplice tierra.
Y ahora que sueñas, ahora que callas, el río muda una larga mirada; quería ser cielo y quería ser agua ahora que brillas cuando hablas. Escóndeme en la esquina que más, que más que una, San Juan, escóndeme en tus plegarias en la esquina que más me valga. Echa un ovillo al mar, y pide, y dile que me busque mañana. Ruega por Dios que no vuelva. Pídele que ría mañana. De no ser uno seria eterno y creo que aun así anhelaría si fuera fuego ser viento, siendo sombra ser cielo. Mi pecho se tinta de ensueño y mis manos padecen no callar si no me recuerdan tus ojos que brillan, y en silencio bailan. Un anochecer es una sola, una sola forma de decirte cosas que nunca presté, rosas en tus mejores galas. Un atardecer en velo, sostiene una rosa blanca que jamás dejará sola de coronar tu vientre con su marca.
Luna, lunita clara, ¿A dónde llevas tu calma?: Reinante la niña anda tornando la luz en su sangre.
Quien me diría a mí, niño que en verdad no pasa nada aunque la tierra se seque cuando el mar escampa. Si realmente no pasa nada en pleno día me rocía la nana de las fuertes flores quemadas, un murmullo seguro de calma donde nada más que la nube o su sombra desdentada. Quién aplacará mejor mi alma que la llama, desfile de rosas. Qué día pudiera uno verse la piel cubierta de ellas bravas. Quién pudiera realmente callar el clamor del hada enterrada simpatizante con el delator ruborizándose ante mi sosiego, si realmente nada el viento no corre sino escapa, no seré yo quien perturbe nada. Gracias, las gracias. Nada, la nada.
Y que morir de belleza tan temprana que en sus propias yemas se huela la vida. Decir de hacer el bañar de lágrimas, sin dejar jamás una secuela de filia. Tras los mares y cristales, una pupila que tras ella, ella me mira una sola sonrisa a mis labios una sola espina de mis cornisas que morir por belleza, vida mía, si el sol me grita a la luna gélida válgame de rosas negras y escóndete: ¡Que por ti yo moriría, vida mía!
La dona viaja en el tren rodeando el mar y rodeando la tierra. Sobre la costa de piedras reclina la cabeza contra el cristal y se pregunta si la tierra siempre le queda a la derecha o a la izquierda, si rodea el mar o rodea la tierra en su vagón de madera.
La ninfa atraviesa el velo del espejo florido, la charca, una mirada joven e incógnita se pierde en las rosas mojadas. Una gran flota de navíos de sangre, meciendo el reflejo en su violencia magna. Asido dejado el vuelo del fuego en su espalda mojada, la inmaculada. Uno urge y desmaya, ciega tal brillo de piel bañada que no grita, sino calla temor, sueño, latir y plata.
Particular ceguera, risa del muerto la visión deleite de las rosas. Dígame su nombre alarde hermosa que me pueda referir en ello. Sueño, particular tal vez, sino quien embelesa tu dulzura, si muerta la caracola marina acarician la córnea de un pez. Tú sola eterna y dorada. Tu voz como quien la ignora, flor de jazmín en el más remoto jardín.
Yo quisiera ser en ti una isla baile y la rosa que esperas bajo tu almohada viviera en ti, crezca en tus ojos dormidos la flor que sella tus párpados yo por ti ser horizonte liviano y nebuloso, llanto futuro de ilusión si cayésemos mañana.
Tras la cordillera espera una rosa blanca la flauta. Espera sentada a la sombra de la ladera de Francia. Un clavel salta jovial sobre el viento de Jaca y canta las canciones de cuna de semejante rosa lánguida. Las nubes murmuran aleladas a la flauta cada mañana al cordial embrujo de una pobre rosa sentada. El Pirineo a pesar de su grandeza no silencia la alternancia de risueñas miradas de miel, jazmín y lavanda.
¿El qué? ¿De qué? En clave de sol ¿El qué? ¿En qué? De cara a la acera ¿El qué? ¿De qué? Retoños del sol ¿El qué? ¿Por qué? De frío en candela.
Voy a verte y te miraré como intentando comprender. Viniste a vernos y te miro como si jamás te hubiera visto. Me fui sin que me vieras irme y pensé en lo mucho que quería esa última mirada. Con una ligera sensación de irrealidad entre los dos como si no exististe o no existo yo o lo que pasó entre nosotros. La sensación se irá haciendo más viva y más fuerte según pase el tiempo sin verte y te juro, brisa matinal que cuando vaya a verte mirarte será lo único real donde cuando me la devuelvas esa irrealidad se consolidará como mi nuevo y lejano hogar.
Canto, plata, brisa y sueño carmín enmohecido en tus manos calientas. De ida y vuelta, silbidos a galope catedral voltea azul y nada. ¡En formación! Te miro del revés y puedo ver la niebla que en tus ojos ilumina el aceite y polvo azul bereber, que anestesia mentira ando al alba en caballo grajo, viejo y jorobado y el tuyo, resoplante.
Silbidos a galope, fecundas cataratas al fin rápido y somnoliente que lágrima decantase en tu garganta. Filo al viento y al lecho calor, zumba y vibra arco cegador, valle dorado en cristal fundido, y en él pastando tus silbidos.
Nunca más será liviano encontrarnos cuando se rinde la luna líquida al mar nunca podremos decir que no la oímos llegar. La alcanzo a rozar, toda lágrima. Juntos seríamos capaces de desvanecer la última fantasía jamás descrita, de donde no vuelven flores y aves sin un sólo segundo de olvido, amor. Quién podría decirnos que no somos merecedores de tal gracia que nadie nos querrá más que nosotros en ese instante si tan solo tus párpados parados, todos míos. Espléndidas sillas vacías en un salón. Los cubiertos dejados por el hogar. Fragorosos ángeles de plata coronando todas y cada una de las palabras. Un gran silencio y beso eterno. Una falta, un capricho, una risa.
Recuerdas esos túneles sin salida y el saliente, y el escalón. Recuerdas como sentíamos la brisa en el camino de San Cristóbal. Recuerdo la brisa sobre la muralla de mente cansada y poca ilusión recuérdame sentado en esa plaza pidiéndote silenciosamente perdón. Casi puedo verme cayendo sobre las espigas donde una vez bajé a buscar una luz de nuevo revivo desde el misterio el sobresalto de perder el suelo sobre mí mismo. Me imagino unos segundos perdido unos segundos frío y distraído abatido recuerdo de todos los míos silencioso murmullo celeste muesca en tu mente lágrima pequeña y solitaria en tu día ritual sin razón sería si no me hubieses advertido.
No dudes en matarme si por ti yo llorase, hermana. Una noche de estrellas candentes en la laguna norteña. Un filo de moscas talladas en obsidiana empuñarías. Se ahoga un niño dormido en mi cabaña. Qué noche tan fresca, ¡oigo las aves!
La luna sombrea mi única mi imperecedera marca de pena. Desiertos de piel que liberan cada dos, máximo tres horas un suspiro de ligereza. Brutal, antagónica talla pétrea de errores fríos y ausencia que en su banal silencio asolan las rosas secas y mata la estrella.
Florecerá tu cabellera si le sigue dando el mar, royendo el tuétano de tus huesos desde dentro. En tu pelo encontré un alegre colibrí en tardes de marfil cantándome sangre negra.
Brindarme, querida, valida mis retoños tendiendo la mano que con aristocrática sutileza y, paralizado por tu semblante, retiras. No puedo más que imaginarme que me comprendes, querida, y me compartes. Suéñate, suave ninfa, o lo haré yo si miente al azufre volátil sobre árboles y estrelladas tímidas que entre ellas se resguardan, que ocultando su luz no veo nada pero te veo comparecer álgida, divina y delicada, misa mía, entrando en el agua. Abrazadme, mujeres en mi vida, porque jamás pienso renegar ni olvidar una sola mirada. Aéreo, tirano me elevo sobre hombres porque más anhelo y como tomo jamás devuelvo, atesoro desespero pero no hiero, y robo empero en silencio.
Delgada línea de fuego en tu cintura cruza mi rostro y te añoro desde ti misma. Y me siento caer donde fueron y volvieron mis retoños tormenta con rayos de miel y vino. Ayer en el techo vi a mis muertos en el cielo.
Tan diferente ellos. Tan iguales nosotros que casi me confundo a mi mismo entre estos y ello. Tan diferentes que no lo creo pero son de mi reflejo, y parece que es a mí al que no creo.
A Pizarnik Nada más que hasta el fondo con los pies helados, adormecido o sobre una estela roja hermosa si contigo me planteo quedarme dormido sobre la mesa.
Frío clamor y añoran virgen del cuerpo que grita en reposo. Si infiere sobre mí su reflejo lloroso marcho desprovisto de sentido o fértil. En mi diván me desnudo e inmaculado me encuentro prenato, eterno o fustigo mi simiente con zarzas del sol, ardiente pero sereno.
Los Urales de la entelequia fosca la aparición de la dormida aguardan la hermosa luna de cantares y tierna voz que nubla las horas. Fondo donde todo reside y donde todo cae en vano un beso sin verse alcanza la consorte auxilia mano. Endurece su rostro la piedra la maleza de retoños vidriados perdida rápidamente anuncia en perfil incierto lecho trágico. Tiembla roja lamento azota el rompecabezas fluvial risco aguardan tendidos sombríos lustros de vivos resquicios. Un puñal presente, un puñal cristalino de la mano a la alcoba, ella alcoba a mí vino filo de nubes rojas, guarda de verde olvido asedio de penas, pomo, guárdame de ellas. Tan sola y perdida, déjame no contar jamás no decirte dormida ni escucharte nombrar las terribles cosas que asolan mi catedral. Una rosa florece, tuya en el bello altar una flor inocente la noche quiere robar corceles y galgos rampantes al tronar dulzainas y cornetas redoblan la verdad una flor aguarda, tuya en el pedestal.
Terriblemente, ayer desperté de madrugada y juraría recordar haber visto un fantasma recorrer mi pasillo con dientes amarillos mientras, confuso, lo seguía asombrado. Una vez en el salón me acercó una foto al verla, por el dolor, desfallecí al instante. Y por ella, del dolor, desfallecí en un instante.
La mujer del rostro en llamas alcanza su ansiado destino, cuando desciende la cordillera nocturna aterrando al mar con su manto de lino. Aun en pendiente semeja ascender por un andar tan grácil que un águila áurea y negra al mar más negro besa muerta. ¿Qué luz salvaguarda tu seno divino? ¿Cómo te alcanzo, cosmogonía celestial? Si mi libertad me libra de belleza me ahorcaré con las cadenas de tus entrañas, ¡frías! pero rosáceas en el primer olivo dorado por el rocío del alba, implacable cosechador de sueños, imposible poseedora de todas las almas.
Dónde ir ahora si sentí tu pisada donde me fui. Para encontrarme donde empecé. Para encontrar el pilar hiedrado que prende el aire de azufre. Algo se posa en su cima. Algo que grita gloria. Un sol mezquino me ciega, no alcanza mi mirada sufrida a vislumbrar de que se trata.
Susurros carneros adelante ¡Arriba, floridos! Plagio de la avanzada, negra oro ¿Atalaya me oyes? Puedo casi rozarla una vez más, dios mío, casi puedo. Podría. Britania flota sobre la cúspide y vienen de su mano podrida las hijas de los castellanos. ¿La ves, Agustín? Casi se ve. Avisemos a las marismas, prende la atalaya.
Vieja la parra se adhiere a la niebla: Tumba de moscas y cosas muertas. Viaja la reina en su carroza de estrellas, sucumbe a la inercia violenta a las puertas. Clamor, derecho del caído en inocencia. Clamor infringido puñal en mano. Fatídica la figura que en ella espera, una esbelta y solitaria fiera negra. Vieja la parra crece en la niebla, vieja la reina destroza su carroza. Muerta la bella toda ella inmaculada, muerto fino el río por el que bajaba.
Callaré mañana cuando mi padre llegue y haré de su lengua una aguja. Helará mi cuello un frío témpano según los dos lloramos mirando mi manto de escarcha. “Ojalá”, te digo de espaldas al oírte andar. “Tal vez”, aúllan tus mares de sangre. “Jamás”, mi estandarte se desprende y vuela de la torre nevada. “Si tal”, tu cabello florecido se abrasa en la hiedra.
Una isla es un jardín de miradas. Y yo siendo un isleño grácil de alma risueña contemplo los retoños con alegría de mi playa. La isla es un jardín de florecientes fatigas. Y dicen que un isleño de por sí batía cien centurias con una piedra de mano y honda en la sien por caricia: de hombres callados contra orgullos púrpuras en clausura, de cientos de errores con cadenas de luna a la mar en guerra. Que una mirada es una pedrada lanzada pero con más gracia, y si me alcanza los dientes me besan rosas de cristal de esperas. Qué joven es la isla como recibidor en nuestras aljabas. Y si lanzo la honda la pierdo en la mar negra a otra costa. ¡Ahora piérdete que de ti me despedí tanto!
Habitantes donde no los aman, uno no encuentra cardinal de la ciudad blanca ciega, las calles florenses de flechas. Una plaza mal empedrada con una fuente seca del mar. Una sola pequeña sombra, oyó un pájaro piar. Curiosa silba y se escapa por la ventana su alba a andar. Y tras una teja fuerte una antena, encuentra al pájaro desecho. Pero se oye su canto sonar entre los pedacitos del ave de cristal.
Lucharé por las heridas más entradas mientras tu cabellera cría de piojos y sangre seca. Mil carnavales en una noche blanca y pura no quisiste dormirla ni discutirle yo tu figura. Mil carnavales en una y no sueño cada noche diez recuerdos como mucho de tu fantasma mi consorte. Fijo antes de dormir prefiero verme útil, ella antes de las luces grita —con la suya marchita juega—. La cabellera fantasma en forma de jauría de ratones medida en mi mente ríe, tú muerta y recuerdo roe.
Las vistas de gran duna en el mar donde delfines ardiendo alertan en mí tal significativa razón de malestar; no volveré a tomar café antes de dormir. Son seres fugaces de ojos color rubí, columpiándose en una rubia espuma inclinándose sobre mí, lacayos negros para que bese la nuca desnuda. Debe morir si la tierra se hundió, cementerios como herpes de la tierra. Falcatas de lumbre me rozan cortantes en lo que una vez llamaste mi rostro. Y desde mi sueño despierto jurando que nunca más volveré a montar en barco.
¿Cómo mirarías tú sola la costa si a ti te pesara la brisa? ¿Te sientes rendida, plena y sufrida si te sientas paloma en tu repisa? ¿Por cuánto tiempo podrás encararme si parten tus lazos a otra parte? ¿Qué fantasma la noche desnuda te brinda si la brisa te susurra margarita? ¿Qué olor suspiras al despertarte luna pérdida mía, añorante?
Exteriorizo mi introversión, aquí mismo, día y noche. Zafiro que cae de la mano pierde tumulto en derecho de ocupación. Si, por el contrario, prudente interiorizase en mí, desprovisto, mayor jardín jamás visto, ausculto imposibles flores ascendientes.
Más real que la luz del sol tu cariño. Más real que las estrellas. Te veo dormida conmigo y anidado a tu lado con los ojos cerrados, vislumbro todos los paisajes. Y en todos ellos, tras todos ellos, subyacer tu alma y tu sonrisa. Más real que un suspiro tuyo, que muera la mar. Más real que mis sueños, tu vera. Bisontes rendidos a un abrazo pleno, un paseo matinal de tu brazo, ser plebeyo rendido a tus suspiros, que rían flores en tu ventana y verte feliz. Más real que mi vida tal paraíso. Más real que el recuerdo, ser vivido eterno, dormidos.
Y te quiero decir, a ti que ese fresco viento, aunque luego se evapore, lo que parecía ser cierto lo sigue siendo si no ya en mí, en ellos, perdido entre las mañanas surcando el cielo, créeme que sigue siendo.
A galope parte la yegua con la crin en la noche. A galope a la luna con su palma para el monte Tierra seca de mis dientes, en mi ventana toda sombra en cruel rostro se torna y por mí, que nada retorne.
A galope mi gitana huyendo por la bahía. Se escondió de mí el día del telón carmín arrepentido. Eres mañana, yegua, con todo de la mano. Eres mi ser que vuelve hacia su ser más claro. El universo eres, que guía esperanzado.








