La gran fraternidad de Paco
Conocí a Paco cuando tenía 5 años. Mi madre tenía una mercería que muchas personas recordarán porque en ese tiempo era grande, se llamaba El botón y el local se lo rentaba un tío de Paco que se llamaba Enrique. La hermana de Don Enrique, cuyo nombre nunca supe, había adoptado a Paco como su hijo. Su verdadera madre era una prostituta y del padre no sé nada, pero la historia parece indicar que la madre de Paco no podía darle una vida digna a su hijo.
La madre adoptiva era una señora adinerada que se encargó de enviarlo a los mejores colegios en Guadalajara. Paco creció y durante toda su vida fue cleptómano. La madre adoptiva tuvo bastantes problemas con su comportamiento, hasta que decidió no ver más por él. Mi madre decía que se había vuelto drogadicto por haberse metido a la “Gran fraternidad universal”.
Tengo el recuerdo de ver a Paco vestido de blanco y brillando, entre esa tela, el color de su piel bronceada, su cabello castaño claro y sus ojos cafés. Paco era guapísimo. Recuerdo su mirada bonachona y su sonrisa amable de todos los tiempos que a veces se opacaba entre la barba crecida y la mugre que se le iba acumulando en el rostro.
Un día llegó a la mercería de mi madre. Llevaba en la manos una caja de cartón grande atada con unos lazos, le pidió que se la guardara por unas horas, pero ella se negó. “Han de ser cosas robadas”, me dijo.
Yo saludaba a Paco porque mi mamá lo saludaba. Vi como poco a poco comenzó su vida de vagabundo.
Un día supe que vivía en unos autobuses abandonados que estaban al fondo de la Normal, yo estudiaba en la Anexa. Se decían muchas cosas de él. La mamá de una compañera de la primaria trabajaba en la Normal y aseguraba que los vigilantes habían visto a Paco bailar lambada bajo la luz de la luna con mujeres desnudas, también lo vieron invocar al diablo. Yo me inclinaba por creer en otra historia, en que Paco era sumamente inteligente y que poseía una genialidad matemática y podía ayudarnos a hacer tareas o a resolver problemas con los que no podíamos. Como yo no entendía ni la recta numérica, imaginaba que sería maravilloso que Paco fuera mi amigo y me ayudara con las tareas.
Un día, mis compañeros de salón y yo fuimos a buscarlo a los camiones abandonados, pero no lo encontramos. Años después lo vi viviendo ahí, cuidando a una perra labrador que había tenido sus cachorros entre la maleza que rodeaba los camiones.
La fama de Paco radicaba, más que en sus dotes de bailarín de bailes prohibidos, o de matemático, en la astrología. Decían que sólo con ver a la persona adivinaba su signo y lo que los astros le deparaban para el futuro.
Yo vi a Paco durante toda mi vida, nunca comprobé ninguno de los mitos sobre él, pero sí lo vi evolucionar haciendo lo que él decidió hacer: vivir como un vagabundo.
Nunca le faltó comida, porque él tenía sus tiendas y restaurantes proveedores. Recuerdo verlo llegar a la tienda de Las Castillo, saludar con un buenos días, abrir el refri, sacar una coca o un jugo de naranja y tomar un pan del canasto. Lo vi esperando su café y una bagguete en el Mátame. Un tío cuenta que lo vio esperando sus tacos en Valente y que cuando le preguntó ¿Qué haces Paco? él respondió “Aquí nomás, haciéndome el loco.”
También lo vi enloquecer, drogarse, con amigos que también han muerto.
Loco o no, él supo ser dueño del mundo, apropiarse del viento para hablar con él, de la naturaleza para dormir en su noche desnuda, de los alimentos para hacer de ellos el motor con el que podría seguir andando por su gran universo que era Zapotlán, luciendo sus atuendos tan bien escogidos de la basura para no dejar de parecer un rockstar.
Su gran fraternidad era con el mundo. Quiero creer que cuando se agachaba para marcar puntos en el piso de cualquier calle, trazaba sus propias constelaciones o sus propias coordenadas. Nunca lo vi triste, nunca lo vi violento. Lo vi mezclarse con nuestra mugre, pero también lo vi pasar flotando sobre nuestra suciedad capitalista.
Paco murió hace un par de meses. La noticia se dio a conocer en el periódico local y se hacía un llamado a sus familiares y amigos para que se hicieran cargo del funeral. Fue sepultado al día siguiente sin una procesión que siguiera la carroza fúnebre. Lo acompañaba una patrulla y el viento; la ley y el destino coronado con flores.







