La verdad es que hay momentos en los que simplemente quiero llorar. Llorar tan fuerte que asà todo lo pueda olvidar. Y tiene gracia que justo quiera yo olvidar cuando en mi memoria nada se puede anotar, cuando pulsado está siempre el botón de borrar. Pero es una sensación constante, la de un cuchillo cortante en el interior de un corazón apenas palpitante. Pero las lágrimas nunca se dejan ver, nunca estalla la presa, nunca puedo eliminar la presión de esta. Retengo toda la furia del agua como no puedo hacer con mis pensamientos. Parece que de ello me alimento cuando en verdad en nada me sustento, soy como un pilar erguido, recto y de piedra que no se balancea mientras sube la marea. Pero es falso. Y ansÃo desplomarme, caer, romper el envoltorio, encontrar algo más notorio. AnsÃo mostrar un interior en mil piezas descompuestas, pero que con suerte aún no están muertas. Y llorar, llorar a cal y canto; gritar, chillar, aullar, insultar, morder, retorcer, permanecer, sollozar, mirar, respirar... Olvidar. Y poder tras el huracán observar a unos ojos amigos que no hayan de mi temido, que callados hayan mirado sabiendo que de ello nada habÃa malo. Pues en el fondo mi llanto sólo desea ser observado, no mal interpretado, simplemente aceptado pues mi cuerpo bien conoce y teme al interior y exterior, le da pudor. Es cual rÃo que para dejarse llevar necesita saber que llegará al mar.