Era algo que diría una madre. Era algo que diría SU madre y, por un momento, se sintió chiquita (no solo de estatura).
Hace cierto tiempo que nadie la regañaba; al menos, no desde que había decidido tomar el papel de “empresaria pastelera”. Un sueño por de más tonto, como ella misma, porque mientras todos luchaban en guerras reales, Greta se adormilaba en tartas y fragancias para su tienda.
—Perdón… —Se refugió como niña pequeña en disculpas, aprehensiva de recibir más amonestaciones —. No quería…
«No quería hacerlo, lastimarlo», pero el humor y el dolor tomaban comportamientos extraños y, a veces, eran dos caras de la misma moneda.
Lo más raro era que la mayoría de veces no se trataban de familiares o amistades. Usualmente, eran meros conocidos: el amigo del amigo, el alumno dos años menor que ella, pero que habían cursado en la misma casa (Hufflepuff, en su caso). Otros días, las noticias llegaban lento y para cuando finalmente se enteraban, el velorio había acabado y resultaba muy tarde para ser compañía. Por eso, Greta trataba de venir cuando podía.
—Sí, los familiares deben querer estar solos —dijo. A la rubia tampoco le gustaba extender su visita, en especial cuando los padres parecían así de cansados.
—¿Estás bien? —se animó a preguntar. La pelirroja no llevaba las mejores de las caras, pero los funerales tenían esa costumbre.