—Muy común en Francia, claro —rodó los ojos no muy convencido pero decidió no decir nada más al respecto— ¿Qué? —inquirió haciéndose el desentendido. No era algo de lo cual quisiera hablar en aquel momento, Benjamin seguía siendo el mismo niño herido de nueve años, que, como había dicho antes, le cortara vuelta a sus problemas en vez de enfrentarlos, era un asunto totalmente aparte. Podía dar esa imagen de tipo desinteresado y sin escrúpulos. Alguien realmente molesto e idiota, pero esa no era más que una excusa para no confiar en el resto de las personas. Aún le costaba un poco y ahora mismo, tras su incidente en New York con las drogas de sus amigos, no estaba muy seguro de seguir siendo digno de la confianza de Cathleen Levallois. Ben miró al televisor y lo apagó ignorando el hecho de que Chiara había reformulado la pregunta, esta vez siendo más específica. Se tomó unos segundos más y suspiró; no supo en qué momento, sus palabras comenzaron a brotar fuera de sus labios—: Uhm, yo soy adoptado, Chiara. —soltó con una seriedad que, probablemente, podrías sentir en el ambiente. Tal vez nadie más volvería a escuchar aquello y tal vez en ninguna otra ocasión volvería a tomarse tal seriedad, así que había que aprovechar. Benjamin tragó en seco y continúo—. Viví en un horfanato hasta los ¿nueve años? No sé muy bien como llegué ahí. Pero supongo que mi madre biológica me dejó allí, en realidad no quiero saber, quiero decir, el punto es el mismo. Me dejaron —para este momento, Benjamin ya estaba sumergido en sus recuerdos en los años de la casa hogar, estaba seguro de que tal vez podría parecer un cachorrito abandonado que le rompería el corazón a cualquiera. Bien pues, su vulnerabilidad no le importaba mucho ahora mismo—. Tenía dos años, según tengo entendido y —soltó una risa irónica sin emoción alguna—, diablos, esos siete años fueron un infierno. Es algo que un niño no debería vivir ¿sabes? ¿Esa porquería de lugar que te pintan en las películas de bajo presupuesto? Bueno, eso no le llega ni a los talones. Y ¿lo peor? No era en lugar en sí, Chiara. Eran las personas —Benjamin miró a Chiara a los ojos e hizo una mueca—. Los niños pueden ser muy crueles cuando se lo proponen. Más cuando te conviertes en el más bajo de la cadena. Entonces a los nueve años, la señora Cath visitó la casa hogar y supuse que iba a ser mejor. No lo sé —se encogió de hombros y aquella manía que pensó tenía olvidada, salió a flote. Comenzó a tronar sus dedos aún cuando estos no cedían—. Cathleen, Louis y su hijo Douglas. La perfecta familia Cooper-Levallois ¿cómo pretendían que yo encajara con ellos, uh? No me malentiendas, la señora Cath ha sido la persona más buena que he conocido en mi vida y vaya que le debo todo lo que tengo, pero Louis no estaba muy de acuerdo con el asunto de la adopción ¿sabes? Y mucho menos con dejar que su hijo tuviera relación alguna con un total desconocido. Creo que, lo entiendo un poco. Pero tampoco había necesidad de ser tan hijo de puta con un niño de diez años, independientemente si se trataba de mí o no. Pero en fin —suspiró dejando de lado el tema, en un momento de lucidez, fuera de su letargo, sabía que ya había hablado de más—. Suficiente novela por hoy. Y ¿Chiara? —la máscara de Ben estaba de vuelta y esbozó una mueca incrédula y presuntuosa— Claramente soy agradable.