Cristóbal había pasado posta dos horas y media sentado indiecito frente al cerquito del corral de sus ovejas y todavía no lo podía creer... él era el papá del bebé de Gianna, y si bien era un shock enorme no podía estar más feliz — así como preocupado, especialmente después de lo que se había enterado por Tadeo y sus cositas raras. Pero en fin, después de meditar otro rato en compañía de Cora, Campanita, Fufu y los Fufitos, Cristóbal agarró sus cosas y se fue para lo de Gianna porque necesitaba verla y abrazarla y... bueno, tampoco podía apresurarse tanto y arriesgarse a cagarla. “Hola reina.” Le sonrió rodeando su cintura con sus brazos y levantándola un toque del piso, mega contento. “¿Cómo te sentís? ¿Estás bien?” Le preguntó separándose un poquito para poder darle un beso en la frente antes de volver a abrazarla, pensando en todo lo que le había dicho Tadeo acerca de Tomás. Tenía un cagazo tremendo, sí, porque aunque supiera que podía romperle la jeta al pelotudito eso en realidad no era lo suyo y ni siquiera valía la pena... había algo que no le cerraba de todo el asunto ese de haberse ido sin dar pelea.
Más tarde cuando cayeron todos sus amigos, después de hacer bastante quilombo festejando el embarazo —aunque era lowkey de conocimiento público que estaban celebrando que él era el padre y no el forro de Nam—, Cristóbal tuvo una idea y consiguió Gigi distrajera a todos mientras que él y su mejor amigo se iban al piso de arriba porque tenía un plan, obvio. “Teo si no venís conmigo me voy a ofender. Me tenés que apoyar en este momento tan importante de mi vida. Quieras o no.” Dijo haciendo la voz de Rasputia y riéndose cuando su mejor amigo entrecerró los ojos y le preguntó qué carajo era lo que estaba haciendo, antes de preguntarle si el queso de rata que le había dado para su cumpleaños todavía le seguía haciendo mal. “Intento hacer que todos se rían un rato, duh.” Respondió rodando los ojos, dudando si decirle la verdad o no porque no quería preocuparlo demasiado. “Dale, ahí te dejé los tacos. Vestite rápido así te transformo en la Roci de Monte Grande. Viste que a Gigi le gustan los desviaditos... capaz tenés suerte.” Guiñó entre risas, mirándose al espejo tratando de no escupir todo por lo mogólico que se veía vestido de mina, con taquitos, maquillaje de sorra, y una colita atada en el centro de la cabeza.











