Gianna observó el porta retrato del escritorio de su padre y tragó saliva, aún recordaba ese día probablemente debajo del buzo de la escuela aún tenía los moretones que le había hecho el día anterior. Nadie lo notaba, y nadie lo sabía, era su secreto mejor guardado. Los Di Laurentis eran una familia conformada por su madre Helena y su padre Gianmarco, su madre era dueña de una cadena hotelera y su papá tenía una inmobiliaria por ende eran extramadamente ricos. Gianna era su única hija debido a que su mamá nunca había podido llevar un embarazo a término después de tenerla a ella. Gianna tenía sus teorías del porqué, pero no quería decirlo en voz alta porque tenía miedo. Su padre podía estar bien y al siguiente segundo enojarse por la cosa más estúpida, como que rompió un vaso y descargarse en ella, por lo general, Gianna se encargaba de inventar excusas convincentes como que su falta de hierro hacía que su piel se marcaba demasiado rápido. A los trece años, comenzó a maquillarse la cara, no porque quisiera verse más bella, sino porque tenía que cubrir los moretones que su padre le dejaba. Cuando comenzó a tener novio, ella inventaba cualquier excusa para no tener que ir a su casa, porque tenía miedo de volver y que su padre estuviera enojado, pero había alguien que siempre la hacía sentir segura, y ese era su mejor amigo Tomás. Justo cuando ambos se declararon que se gustaban, las cosas se empezaron a salir de control en la casa de Gianna y optó por irse, porque tenía miedo de que algo pudiera pasarle y se fue a Corea del Sur, con un dolor en el pecho horrible, porque estaba dejando a su Tomás de lado porque era cobarde y no podía enfrentar al monstruo de su padre.
Pero eso no importaba porque ahora el estaba en una llamada de negocios pero sus ojos no se despegaban de ella, pero en cuanto cortó, le preguntó que es lo que pasaba “Papá, tengo que decirte algo” dijo mirando hacia el escritorio porque tenía miedo de mirarlo a los ojos. Su padre le pidió que le dijera que era lo que le estaba pasando “Papá, estoy embarazada” murmuró, y en cuanto la última palabra salió de sus labios la mano de su padre fue directamente a su cabeza, la agarró de su cabellera y le azotó la cabeza contra el escritorio reiteradas veces, Gianna sintió un dolor punzante en su nariz pero no más doloroso que las palabras que su padre le estaba diciendo. El golpe hizo que ella cayera al piso, y lo primero que hizo fue poner sus piernas en contra de su estómago porque tal como lo pensaba su padre fue a pegarle una patada allí. El dolor que sentía era intenso, y las lágrimas no dejaban de caer de sus ojos “¡Papá, basta, por favor, papá!” gritó desesperada, pero el parecía no querer parar y la hizo pararse de pie mientras la agarraba de los pelos y le pegaba cachetazos mientras le gritaba que era una decepción y que él no la había criado así… y luego le dijo (más bien le gritó) que le dijera quién era el padre “No te voy a decir” murmuró escupiendo un poco de sangre, y Gianna por un breve momento pensó que había terminado… pero no fue así, porque comenzó a desprenderse el cinto, lo que significaba que eso le iba a doler aún más, y Gianna intentó correr y salió por el pasillo hasta la puerta delantera, no sin antes recibir un cintazo en su espalda. Su nariz sangraba, probablemente iba a tener moretones en el ojo y en las piernas, pero había logrado salir de su casa antes de que su padre pudiera hacerle algo al bebé.
En cuanto salió de su casa, pudo ver a su madre estacionando en la entrada, que la vio horrorizada. Su mamá sabía que estas cosas pasaban, de hecho ella misma también era víctima de él, pero verla sangrando a ella era una cosa que nunca había visto, porque nunca la había lastimado tanto como ahora. “Mamá, llevame a lo de Tomás” murmuró mientras su mamá lloraba y le decía que iba a estar todo bien, tratando sentarla en el asiento de acompañante y trabando la puerta así su padre no podía entrar al auto. “Mamá, llevame a lo de Tomás” repitió, pero su mamá le dijo que la tenían que llevar al hospital “Mamá, por favor, llamalo a Tomás” murmuró. Gianna llevó su mano a su entrepierna y la miró horrorizada, al ver que estaba sangrado “MAMÁ, RÁPIDO, MAMÁ AL HOSPITAL, MAMÁ” gritó mientras empezaba a llorar, porque no quería perder a su bebito. Quién sabía por qué, pero Gianna terminó desmayada en el asiento del auto de su madre.
Se despertó con un punzante dolor en varias partes de su cuerpo, con una enfermera sentada al lado de ella, que se alegró de verla despierta “Mi bebé…” fue lo primero que murmuró sintiendo un dolor horrible en el brazo, probablemente por la intravenosa cuando trató de mover su mano a su vientre. La enfermera, mientras le acomodaba la almohada, le decía que estaba todo bien, que habían llegado a tiempo y el bebé iba a estar bien pero que ella necesitaba reposo “¿Cuanto me dormí?” preguntó, y la enfermera le respondí que hacía exactamente 24 horas que estaba dormida y que había mucha gente que quería verla afuera. Y luego le comentó, que la policía quería hablar con ella. “No quiero hablar con los policías ahora” dijo mirando hacia el costado, cerrando los ojos porque definitivamente, esto no era lo que quería, ni para ella ni para su hijo.
Tomás había pasado una tarde relativamente tranquila con sus amigos pero no importaba cuántos tecitos relajantes se hubiera tomado, o la cantidad de veces que había escuchado Young and Beautiful en repeat... aún así tenía un mal presentimiento que no lo dejaba tranquilo. Mirando los papeles desparramados encima de su escritorio, Tomi ladeó la cabeza y rodó los ojos porque no estaba demasiado convencido de lo que había hecho... pero todo fuera por contentar a su mamá y a su novia embarazada, que esperaban que hiciera algo con su vida. Tarde o temprano iba a heredar el puesto de CEO en la compañía de la familia, ¿para qué carajo querían que se metiera de cabeza a estudiar ahora? Ni siquiera lo habían dejado tomarse un año sabático, en realidad, pero bueno. Al menos su Gianna estaba contenta y por ende él también lo estaba — ahora más que nunca, sabiendo que tenían un bebito en camino. Todavía no podía creer que absolutamente todo le hubiera salido tan bien, pero bueno... la suerte de Tomi, así de simple. “¿Está Sebi? Entonces lo de siempre, por favor.” Le dijo a la chica atrás del mostrador en el Starbucks, que no necesitó que le dijera que quería su iced shaken lemon hibiscus tea con frambuesa tamaño venti —lo habitual, duh— y se lo pasó directamente a uno de los chicos que trabajaban ahí, Sebi, porque él era el único que sabía cómo hacerlo como correspondía —como a él le gustaba, en realidad— ya que si no era hecho por él, Tomás no lo quería. “Gracias hermoso, que tengas un día igual de lindo que vos.” Susurró asegurándose de tocarle la mano con suavidad cuando le agarró el vaso, y se bajó los lentes de sol lo suficiente para que el flaco lo viera guiñarle el ojo antes de salirse del sector de espera, riéndose porque el pibito era re trolo pero claramente estaba en su época de negación o algo, y a él le encantaba torturarlo haciéndose el lindo... más allá de que lo era.
En fin, todo parecía ir bastante normal y hasta que le llegó un mensaje de su novia que no había sido enviado por ella... y Tomás estaba haciéndose la loca desde hacía tiempo pero esto lo bajó a la tierra de un piñazo, más o menos. “¿Cómo que...? Siri, call ma chérie.” Murmuró empezando a temblar, más que nunca cuando Alexa no le respondió y le contó por mensajes lo que había pasado. “No, no, ¡NO!” Gritó clavando el pie en el acelerador y doblando de golpe en una esquina, casi llevándose puesta a una vieja a la que obviamente mandó a la re concha de su hermana y por unos segundos de verdad lamentó no haberle pasado por encima, pero tenía cosas más importantes en mente. ¿Qué iba a hacer sin Gianna y el bebé? No podía perderlos, porque eran su vida y todo lo que había querido durante toda su existencia, básicamente. “¿Adónde está Gianna Di Laurentis?” Preguntó casi tirándose encima del escritorio del lobby central, haciendo que todo el mundo lo mirara. Algunos sorprendidos, otros horrorizados, otros molestos... pero qué mierda le importaba. Todo estaba en la cuerda floja, el esfuerzo de toda su vida, todo lo que había hecho bien en la vida estaba en peligro. “Ma chérie...” Susurró al llegar frente a la puerta de la habitación en la que estaba su amada, apoyando la frente y una mano contra la misma, rogando que ella estuviera bien porque si les llegaba a pasar algo a ella o al bebé... Tomás se moría, literal.
Pasó todo un día antes de que tuvieran noticias certeras, y como correspondía Tomás en ningún momento dejó el hospital así como tampoco nunca tuvo intención de hacerlo porque su lugar era junto a su Gianna, quien hacía una hora o menos que había despertado finalmente. “Ma, ¿seguro que no querés ir vos primero?” Le dijo a su suegra, acostumbrado a llamarla así por todos los años en que Gianna lo había tenido viviendo en la friendzone, pero no importaba mucho eso porque ella sacudió la cabeza y le pidió que entrara él porque su hijita iba a querer verlo a él antes que a cualquier otra persona — lo cual si no hubiera estado tan preocupado por el bienestar de su familia, lo hubiese hecho sentir mejor que nunca más que nada porque Lautaro lo había escuchado al igual que todos sus amigos. “Voy a entrar, no tardo mucho.” Murmuró, sin ninguna intención de no tomarse su tiempo con su mujer.












