Nos llovieron muertos
La alegría de la celebración de los Fieles Difuntos no estuvo en la gente, ni en la comunidad de Mixquic. El destello y la conmoción bajó junto con los muertos. En la noche, en medio del Panteón. Cuando las viudas visitaron el lugar donde yacen los restos de su esposo, donde los recuerdos se tornaron en lágrimas alumbradas con un par de cirios. Los compadres bebieron hasta emborracharse como si aquel no hubiera muerto. Los nietos “juegaban” como si su abuelo los estuviera observando. Los niños rieron mientras su madre les lloró su ausencia. El Panteón se iluminó, ellos les alumbraron el camino, les colorearon la senda con ese naranja cempazuchitl y quemaron copal para que aquellos no se perdieran. Y nosotras estábamos en medio, y aquellos vinieron. Ellos estaban con aquellos. Ellos, quienes trajeron alegría a la tumba, esperaban a que aquellos bajaran a cobijarlos con la dulce sensación de una existencia que aún perdura. Aquellos vinieron a acompañarlos, pues ellos aún no saben qué es morir.













