Miedo a escribir: Una crítica a la academia.
La imagen que voy a evocar le resultará, de seguro, familiar a muchxs - la de una pantalla en blanco que fija su mirada, con amenaza, al/la estudiante quien, después de su segundo o tercer café, aún no sabe cómo empezar o avanzar su escrito. Entre varias anotaciones (además de otros tantos dibujitos) en su cuaderno, el individuo anida en su mesita, cansado y frustrado, mientras sus ideas se pierden en la maraña que adorna la superficie con libros; artículos; pasajes subrayados; un plato de comida frío, a medio acabar; además de una lamparita que hace como de custodia en tanto el proceso creativo sigue. En sus labios, el/la estudiante sostiene la misma pregunta que lx invade desde hace varias noches: “¿Qué puedo decir?”
No avanza. Aterradx frente a las repercusiones de entregar un mal trabajo, siente a su respiración acelerarse en tanto sus manos humedecen. ¡Éxito! Tras horas interminables de esfuerzo y dificultad, la presión logró su objetivo dejando al individuo sumido en el famoso “bloqueo mental.”
Fuera de tratarse de un fenómeno inusitado, la que acabo de narrar es una experiencia, me temo, bastante común entre almas ingenuas que, como la mía, vio alguna vez (o muchas) a su inspiración desvanecerse dentro del confín de una celda (¡ay, perdón!) un aula.
¿Qué onda con la academia y el régimen curricular con el que nos “educan”? ¿Por qué tanta ansiedad en torno al que, se supone, debería ser un espacio para desarrollar, de forma segura, todas nuestras habilidades?
Según Paulo Freire (ahora, mi escritor favorito), este modelo pedagógico (presente desde que ingresamos al jardín de infantes hasta llegar a la universidad) responde a los intereses de explotación y dominación que, durante siglos, grupos sociales “superiores” (léase, élites) ejercen sobre segmentos oprimidos. Examinando el orden tiránico de este patrón (conocido también como “educación bancaria para privilegiadxs”), el filósofo y pedagogo denuncia el comportamiento opaco, infértil y censurador que reviste a la mayoría de círculos académicos contemporáneos (ubicados, particularmente, en sectores de enseñanza superior/profesional), destacándolos como herramienta y facilitador de la “cultura de silencio” en que vivimos.
En su Pedagogía del oprimido (1968), Freire resalta, entre otras, las dinámicas paternalistas que resultan dentro de este régimen. Es ahí donde encontramos la relación de poder asimétrico entre docente y alumnx, dicotomía caracterizada por la presencia de un Sujeto activo (el/la docente que, con S mayúscula, somete a sus pupilxs) y un objeto pasivo (el/la estudiante, en minúsculas) que se limita, apenas, a escuchar. Como simple “recipiente” o cavidad que añora repletarse frente a la figura autoritaria de un/a docente que narra y define conceptos, la imagen del/la estudiante se bosqueja y emerge como la de un ente exánime - un ser inmóvil, sin vida.
Capturando, de este modo (uno que pocxs han logrado), el origen de esa angustia a la que hago mención al inicio, Freire salvó a la niña que todavía llevo conmigo - la que se distraía con pajaritos mientras lxs profesores dictaban lección; la que no hacía tareas o estudiaba porque prefería pintar; la que buscaba el refugio de un rincón oscuro al extremo del salón, rogando que no la encontraran leyendo mientras lxs demás memorizaban la tabla periódica; a la que siempre retaban o amenazaban por cuestionar o resistir a la autoridad; la que juró, entre lágrimas, nunca ser como ellxs: Escolásticxs arrogantes y apáticxs, pseudo-críticos del orden social que protegen con tanto recelo.
Son suyas - fíjense bien - las voces que nxs intimidan a levantar la mano en mitad de la clase para compartir una idea; cuyo eco persiste, incluso de forma remota, dentro de cada unx de nosotrxs hasta hoy, diciendo: “Qué brutx; aunque te esfuerces, no vas a lograr nada porque no tienes talento; ¡porque nadie, en esa clase, sirve para algo y porque nadie ahí va a ser, nunca, arqueólogx o antropólogx!” (A ti te digo, Ernesto Salazar.).
¿Qué fue de la sensibilidad y misión en la que el/la docente propicia un espacio para aprender? ¿En dónde quedó nuestra pasión por descubrir y explorar el mundo que nos rodea, sin miedo?
Fueron aaaños los que pasé revisando estas preguntas; aaaños cuestionándome por qué, con tanta avidez por aprender, no lograba dar con mi lugar. Siempre ajena, siempre indiferente a símbolos y figuras que aplastaban mi creatividad, tropezaba en cada intento de adentrarme en esta suerte de “monumento del saber.”
No fue sino hasta mis 22 años que la venda cayó de mis ojos, mostrándome que la educación es un proceso capaz de vivirse de otra manera. En una Australia lejana, a casi 16,000 km de distancia, conocí a lxs maestrxs que se encargarían de devolverme la ilusión de encontrar un libro. Como Freire, éstxs eran - son - maestrxs devotxs a la labor de formar estudiantes inspiradxs; mentorxs que buscan motivar en tanto iluminan el sendero a nuevas generaciones de profesionales; personas que, lejos de vanagloriarse en los dos o tres cartoncitos que cuelgan de la pared de su oficina (y, ojo, hay quienes tienen muchos), son felices viendo el progreso de sus alumnxs. Estos son profesorxs que no gritan, no insultan, no se burlan y, definitivamente, no buscan intimidar.
Son ellxs, y nadie más, quienes encarnan la revolución liberadora de Freire porque entendieron que la educación puede actuar como fuerza subversiva en tanto el único fin al que respondan sea al de crear un mundo más digno. Contrarixs a sus pares - liberales de vitrina, dizque educadores críticxs -, estxs maestrxs solidarixs sueñan acabar con las estructuras de opresión que doblegan a estudiantes en todo el mundo; su anhelo: empoderar a hombres y mujeres, haciéndoles saber que importan; que, además, cuentan con la posibilidad de cambiar una realidad que parece inmutable.
Es gracias a ellxs - y al amargo recuerdo que otrxs dejaron - que hoy abro y comparto este espacio, lleno de afecto, para que otrxs sepan que, como muchxs, yo también sentí - y siento, a ratos - miedo a escribir. Yo también me sentí pequeña e insignificante en medio de una élite académica que funciona, apenas, con el afán de acumular prestigio. Yo también pasé mucho tiempo buscando mi lugar, dándome contra las paredes, mientras sostener el valor costaba.
Por eso, y porque estoy harta del ego y desdén de la monarquía académica, hoy rindo homenaje a las dulces palabras de Rancière (“education is like liberty: it is not given, but taken” [2012]), y tomo esta plataforma - sin pedir permiso o perdón - para decirles que nuestras voces importan y que merecen resonar; para invitarles a que dejemos de lado, aunque cueste, a todos los gestos y comentarios pedorros que sólo buscan debilitar nuestro espíritu. Si los dinosaurios de escritorio se niegan a abrirnos paso a compartir nuestras ideas, sepan que nosotrxs vamos a tomar las riendas de cualquier modo; que no nos callan más.
Más importante aún, hoy me hago de este espacio para motivarles a estrecharnos una mano; para apoyarnos y alentarnos en tanto resistimos diversas formas de opresión; para que, juntxs, repliquemos plataformas como ésta, entablando un diálogo en el que enseñamos y aprendemos de lxs demás a la par, sin miedo; para que esta sociedad competitiva, reflejo de un modelo déspota y capitalista, no nos enfríe nunca el corazón.