Terminé Moby Dick. Por supuesto que el gran tema es el espacio, que es, al fin de cuentas, el problema de los Estados Unidos desde el siglo XVIII: en la novela se trata del espacio infinito mar adentro que engendra un monstruo indomable acorde a semejante escala. Pero también el tiempo: la imagen final es la de un mar planchado casi fuera de la línea cronológica: "el gran sudario del mar –dice el narrador– volvió a extenderse como desde hacía cinco mil años".
O sea, en uno y otro nivel, son las coordenadas extrahumanas (al menos desde el punto de vista de la gran aceleración moderna).
En ese sentido, Moby Dick (la ballena) es invencible, pero cuidado: la novela también trata sobre la potencia del hombre en ese escenario inabarcable, que a fuerza de organización y trabajo reduce esas inmensidades a su propia escala, transformándolo todo. Hoy a eso le dicen antropoceno.
Cierro la novela de Melville y miro por la ventana del gabinete de la UNS: un primero de agosto, en el sur de la provincia, la gente camina en remera.