Cartas a un extraño
13 de abril de 1944
Amor mío,
Eres poesía. Eres viento. Eres todo lo que se escurre de entre mis manos y se vuelve olvido. Un olvido recurrente y salvaje que se vuelve memoria, deforme memoria que grita, que me grita a veces. Aquella noche en el balcón sentí tus manos sobre las mías, aquella noche en el balcón te pertenecí unos instantes. Limpiaste mi alma: ¡Cásate conmigo! suplicaste, pero mi respuesta fue como el agua. Cual torrente sin cauce me deslicé por los pasillos de la Mansión de la Calle 67, sin poder liberarte del ineludible sufrimiento que traen consigo las despedidas.
Tú, mi soñador y arrojado escritor a quien conozco desde niña, tú mi enamorado entrañable, estás muriendo. Tu enfermedad te consume y me consterna. Se disipa el aliento que me has robado durante años, y entre lagrimas te veré partir en unos meses. Casarme contigo, mi bien, es casarme con la muerte misma, es besar la boca del cielo, y caer en un infierno desnuda, inútil, desplomada.
Pensarás que no te amo lo suficiente, que te amo como a un amigo, que te amo como se aman las cosas que se desprenden fácilmente del pecho, y caen como vidrios rotos dejando heridas en la piel, que sanará el tiempo. Pero, yo te amo con el peso de la eternidad que se posa sobre nosotros como un clarinero hambriento, sediento, carroñero. Te amo desde la huída, desde donde escondo mis penas, desde donde me resguardo de tu partida. Te amo evitando cada lunar tuyo que se tatúa en mi espalda, llevándote así, a cuestas, como a un niño indefenso.
Mi vida, te escribo desde este barco, con destino a un país que has adorado siempre, y por el recuerdo, no pude dejar de escribirte. No quiero que te mueras, y no quiero casarme con un fantasma enamorado de una niña. Quiero que vivas en mi garganta, en mis pensamientos, quiero que seas la voz que callé hace mucho tiempo, y que te busca sin querer encontrarte, te busca sin poder olvidarte. Perdóname.
Te ama,
María de los Ángeles.









