EL VECINO PARTE 1: GONZALO
Con estas historias que contaré a continuación pretendo dar cuenta de cómo nació la idea de “coleccionar” hombres en mi vida…
Si bien no viví toda mi infancia y adolescencia en la casa de mis abuelos en el campo, pasé gran parte de esas épocas en ella, sobre todo el periodo de mi despertar sexual. Las historias que contaré a continuación tienen el mismo escenario como lugar de los hechos, la casa vecina a la de mis abuelos, propiedad de un amigo de la familia que tenía una pequeña cabaña y unas cuentas caballerizas donde alojaba a sus animales. Es en este sitio donde vivió una temporada Gonzalo, el primer inquilino que pasó por aquella propiedad, él se alojaba en la cabaña y durante el día trabajaba como cuidador de los caballos, con todo lo que eso implica.
Gonzalo era un joven en aquel entonces, debiese tener unos veinticinco años, era alto como de metro ochenta, delgado, pero tonificado, por los pelos que se asomaban por la camisa en su pecho se notaba que era un hombre velludo. Tenía un simpático rostro de una ingenua sonrisa, llevaba barba de unos dos días y el cabello corto de tono castaño. Siempre vestía con camisas a cuadros, muy al estilo del campo, y unos jeans gastados.
Para mí era un placer observarlo a lo lejos cuando pasaba a caballo, o mejor aún si era de cerca cuando iba de visita a la casa de mis abuelos, ya que entre ellos mantenían una muy buena relación, lo querían como a un sobrino. Uno de los recuerdos que tengo de él más grabado, fue cuando sin querer escuché una conversación suya con mi padre mientras reparaban una cerca; Gonzalo le contaba cómo había follado con una mujer al aire libre sobre una mesa de picnic, en su voz notaba lujuria, se notaba que lo recordaba con mucha calentura. Desde ese día no pude verlo igual, pasó de ser aquel simpático vecino de hermosa sonrisa a un hombre totalmente deseable, al cual quería ver, tocar, lamer, sentir dentro.
Después de eso, cada vez que él salía de la casa, yo me escabullía y veía la forma de ingresar a la cabaña, a veces con la copia de las llaves que manejaba mi abuelo, otra veces por una ventana mal cerrada (con el tiempo me volví un experto). Una vez dentro hurgaba entre todas sus cosas, quería ver cuales eras sus pertenencias, qué perfume usaba, cómo eran las sábanas de esa cama que lo recibía cada noche, tocaba su ropa, incluso me vestía con ella y sentía toda mi piel erizada. Mi objeto favorito era su ropa interior, esos bóxer sudados por el trabajo en el campo, con ese olor tan característico de un buen macho, podría haber pasado horas oliéndolos, pero tenía que ser discreto y cometer mis fechorías con rapidez para no ser descubierto. Nunca me llevé nada, excepto cuando tenía suerte y encontraba en ropa interior ensortijado un vello de su pubis, entonces me escapaba con ese pelo como si fuese el más preciado tesoro.
La vez que estuve más cerca de Gonzalo, de su cuerpo, de su sexo, fue a través de una videograbación que pude realizar de él. Fue un día que llegó a la casa de mis abuelos con la excusa de que no tenía gas, para que ellos pudiesen facilitarle el baño para tomar una ducha, mis abuelos no se negaron. Entonces yo, que había recibido de regalo mi primera filmadora la navidad anterior, escuché la conversación y antes de que él se fuese al baño, hábilmente escondí la cámara en el tacho de la ropa sucia y salí corriendo, no sin antes cerciorarme de que el lente apuntaba hacía la bañera. Me moría de nerviosos mientras Gonzalo tomaba su baño, temía que descubriera mi travesura y me acusara con mi familia, pero para mí fortuna no fue así, él salió fresco y radiante del baño sin enterarse de nada.
Una vez que detuve la grabación y retiré la cámara no podía con la emoción, por fin podría disfrutar de aquello que tanto deseaba, aunque fuese por video. Me fui a mi habitación y le puse seguro, luego me tiré en la cama y puse a reproducir las imágenes. Lo primero en suceder fue que la luz del baño se encendió y todo se volvió más claro, entonces apareció en el plano Gonzalo, tres cuartos de él en realidad ya que su rostro no era alcanzado a captar por el lente. Vi como lentamente se quitaba los sucios jeans y dejaba al descubierto sus largas piernas peludas y un bóxer rayado verde con azul que lucían un culito redondo y un paquete de ensueño. Luego vi caer la camisa al suelo, apareció su abdomen y parte de su pecho, ambos unidos por un montón de pelos marrones que iban descendiendo como un camino que llegaba hasta el inicio del calzoncillo. Echó a correr el agua y por último se quitó el bóxer, yo quería morir de la emoción y la calentura, dejó al descubierto un trasero muy peludo y una blanca verga colgando con unos enormes testículos, congelé la imagen y aprecié cada detalle, su pene debiese medir unos siete centímetros dormido que se coronaba con un montón de vellos que me volvieron loco. Gonzalo se metió a la ducha y solo podía oír el agua correr hasta unos ocho minutos después que salió y pude verlo su espléndido cuerpo nuevamente, pero esta vez mojado, las gotas de agua rodaban por su abdomen, luego su tierna verga, y por último sus firmes y largas piernas. Pude ver el espectáculo de su secado, como pasaba la toalla diligentemente por cada zona de su cuerpo, poniendo especial detalle en su pubis donde pude ver como esa verga se zangoloteaba al ser frotada por la tela (qué ganas de ser esa toalla). Luego de unos minutos comenzó a vestirse de nuevo, tomó un bóxer limpio de color rojo y se lo puso cuidadosamente, una vez que lo tuvo arriba se acomodó su paquete formando un bulto perfecto. Terminó de vestirse y el show se dio por finalizado, había visto desnudo a ese macho que tanto deseaba.
Al tiempo después, un par de meses, Gonzalo se fue a vivir al sur e hizo su vida lejos. Lo volví a ver una que otra vez más, cuando aparecía de visita, guapo como siempre. Así la casa del vecino quedo vacía, hasta que llegó Fernando…

















