Yo tocaba el piano y me he olvidado o ‘Más flores para Algernon’
Yo tocaba el piano y me he olvidado. Tocaba la flauta y me he olvidado. Tocaba hacer colada y me he olvidada. (Para el arte de rimarte hay que poner de tu parte.)
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Yo tocaba el piano y me he olvidado o ‘Más flores para Algernon’
Yo tocaba el piano y me he olvidado. Tocaba la flauta y me he olvidado. Tocaba hacer colada y me he olvidada. (Para el arte de rimarte hay que poner de tu parte.)
Domingante, domingarte
He hecho limpieza, caldo y lentejas y este poema asonante solo por amor al arte.
El sonido y la corteza de la carne
[Este artículo se publicó originalmente y con alguna variación en la revista cultural Lletraferit.]
«Béseme de besos de su boca [...] Cuando estaba el Rey en su reposo, el mi nardo dió su olor.» Cantar de cantares Fray Luis de León
«¡Si me tocas, te mato!», dijo Winnaretta Singer a su esposo la noche de bodas encaramada a un armario. Él era el príncipe Louis de Scey-Montbéliard y ella no era mojigata, sino lesbiana. A los cinco años, el matrimonio se anuló por falta de consumación. (Quiero pensar que, en esos cinco años, Winnaretta siguió encaramada al armario, como Cosimo en los árboles, y que esos árboles eran higueras.)
Después Winaretta se casó con el príncipe Edmond de Polignac, con quien mantuvo una relación fabulosa, puesto que ambos eran homosexuales y cada cual enfriaba el fuego de sus entrañas en otra(s) parte(s). Se querían mucho y fueron grandes amigos. Cuando él murió, ella ya no volvió a casarse.
Winnareta fue amante de Violet Trefusis, amante a su vez de Vita-Sackville West, ambas inspiradoras —cada una en su medida— del Orlando de Woolf, con quien la princesa de Polignac también tuvo conocimiento sáfico.
Cabe intuir que lo que no se comió Scey-Montbéliard lo devoró Winnaretta. El sexo y la comida están tan pegados como el sexo y la muerte. La diferencia es que sexo y comida hacen la boca agua y la muerte la seca. No en vano el francés llama petite mort al orgasmo y petit chou al amante. En el sexo se come, se bebe, se lame, se chupa y se muerde; el sexo se degusta y se huele. Tanto es así, que hay quien se ha preguntado qué diferencia hay entre ambos.
En su libro Carnal Appetites, Elspeth Probyn dedica un capítulo titulado «Eating Sex» a este dilema gastrosexual, que aborda aludiendo a la famosa declaración de Bill Clinton sobre su aventura con Monica Lewinski, a saber, que no era sexo. Probyn se pregunta: Si Clinton no tuvo relaciones sexuales con esa mujer, entonces ¿qué creía Lewinski que estaba haciendo? «Si el sexo oral no es sexo, ¿es comida?». Y al revés, continúa Probyn: «¿Cuándo se convierte la comida en sexo?».
D. H. Lawrence escribió cómo comerse un higo en un poema que abre el apetito: «Los higos
Para comerse bien, para comerse lo que se dice como Dios manda un higo, en sociedad, se le divide en cuartos, cogiéndole el piquillo; y luego se le abre, de manera que queda en sonrosada, reluciente, húmeda flor de miel de pétalos pesados.
Luego la piel se tira, cáliz de cuatro pétalos, después que se ha venido la pulpa con los labios.
El vulgo, sin embargo, se los come poniéndole la boca en la hendidura, sacándole la carne de una vez. Y cada fruta tiene su secreto. El higo, por ejemplo, es muy callado. Cuando se ve creciendo, se siente deseguida que es simbólico: parece masculino. Pero no. Porque a medida que vamos conociéndolo, uno se da cuenta] de que los romanos estaban en lo cierto: el higo es femenino.
Dicen los italianos que el higo representa el femenino ojal; el fruto de la higuera, la fisura y el yoni, húmeda maravilla que conduce hacia el centro. Íntimo laberinto, savia que se deglute, floración florecida hacia el pecíolo, útero de pistilos. Y solo una salida. ...»*
Dice el capítulo VII, «Compañeras», del Cantar de cantares: «7. Esta tu disposición semejante es a la palma, y tus pechos a los racimos de la vid. Dije: Yo subiré a la palma y asiré sus racimos, y serán tus pechos como los racimos de la vid, y el aliento de tu boca como el olor de las manzanas. 8. Y el tu olor como vino bueno… ».**
Y Gabriel Ferrater en Riure («Risa»):
«El teu bes dins el meu bes, […] Mel o tabac, gin o sal, esquerpa o llimona neta, o l’última fruita interna de carn, dins el jardí clos on s’entra sense renom.»
Ahondando en este poema, di con la excelente tesis doctoral de Anna Perera Roura, L'erotisme en la poesia catalana del segle xx: Joan Salvat-Papasseit, Josep Palau i Fabre i Gabriel Ferrater, donde compara Riure con Kensignton, también de Ferrater:
«[…] Du bist wie eine Blume, i a la mà tinc encara un record de flor carnívora, la cosa que es va obrint fins a una flor de carn humida, corol·la desclosa […]»
Recuerdo entonces Brompton Oratory, de Nick Cave:
«A beauty impossible to endure The blood imparted in little sips The smell of you still on my hands As I bring the cup up to my lips.»
(«Una belleza intolerable, la sangre impartida en sorbos, tu olor todavía en las manos cuando me llevo la copa a los labios.»)
Tu olor en las manos, como fruta.
En Eros el agridulce, Anne Carson habla del amante como un pedazo de carne que antes formaba parte de nosotros y se nos vuelve hueco y nos duele, como un miembro fantasma, cuando nos falta. Y dice: «¿Quién es el verdadero sujeto de casi todos los poemas de amor? No es el amado. Es ese hueco».***
El sexo es comernos ese trozo que falta. Dice Safo en la boca de Anne Carson:
«Me quemas.»****
Y Papasseit en El poema de la rosa als llavis:
«Cap llavi crema com els vermells de l’amor meva quan dóna el bes.»
Me recuerda al Ausiàs March de «La mia carn, cremant-sse per gran flama».
La célebre cocinera francesa Marie-Thérèse Ordone, alias Maïté, nos incomoda —a nosotros y a Dios— al mostrarnos su sensual y perturbadora deglución de un hortelano. El vídeo está disponible en YouTube. Al verlo, uno no sabe dónde meterse: se asiste a un goce tan íntimo, a caballo entre lo obsceno y lo sagrado, la comunión y el ritual satánico, la felación y el canibalismo, que preferirías taparte la cara con una servilleta. Así es, de hecho, como debe comerse ese pajarillo cebado a ciegas y ahogado en armañac: tapándose la cabeza con una servilleta para retener sus efluvios y esconderse de Dios, esto último por ser un acto decadente y vergonzoso. Maïté se acaricia la mejilla con el pájaro asado mientras dice «Mmm, c'est chaud» y luego, mientras lo mete y lo saca lentamente de la boca, tanteándolo, añade «A, que c'est bon!», lo cual sitúa su degustación al borde de la pornografía. Cuando por fin se lo mete entero en la boca y lo mastica, se oye el crujir de los huesos, evocador de la vagina dentata. Ahora la cosa se parece más a un homicidio, a un sacrificio de la oscura noche de los tiempos.
Jeanette Winterson dice en La pasión: «La pasión está en algún lugar entre el miedo y el sexo» y «la religión está en algún lugar entre el miedo y el sexo». La novela, que ahonda en lo que promete el título, comienza así: «Napoleón tenía tal pasión por el pollo que hacía trabajar día y noche a sus cocineros». A cierta altura, la segunda narradora, Villanelle, besa a una mujer casada, pero esta le dice que no pueden hacer el amor: «"No puedo hacer el amor contigo", me dijo. Alivio y tristeza. "Pero puedo besarte"». («Alivio y tristeza» porque la casada no sabe que Villanelle es una mujer; cree que es un joven. Y estamos en la Venecia del siglo XIX.) A continuación, se comen a besos: «Y así, desde el principio, dividimos el placer. Ella se echó en la alfombra y yo me eché formando ángulo recto con ella, de modo que solo nuestros labios pudiesen encontrarse. Besarse de esta manera es de lo más extraño. El cuerpo ansioso que exige satisfacción se ve obligado a conformarse con una única sensación, y, así como los ciegos oyen mejor y los sordos notan cómo crece la hierba, la boca se convierte en el foco del amor y todas las cosas pasan por ella y son redefinidas. Es una tortura dulce y precisa».
En la vida real, Napoleón descarta los pollos por cartearse con Josefina, a quien escribe: «Un beso más abajo, más abajo de los senos.» «Mil besos en los ojos, en los labios, en la lengua, en tu [ilegible]».*****
Una noche de hace muchos años me sorprendí, insomne, viendo la televisión de madrugada, y de pronto aparecieron en pantalla dos mujeres vestidas de época desnudándose una a la otra en la cama, embebidas una de la otra. Era una adaptación de la BBC. Así descubrí a la magistral Sarah Waters y El lustre de la perla. Su protagonista, Nan, se enamora primeramente de una actriz, Kitty, a quien invita a la ostrería familiar. Un fragmento de la novela dice así:
«Deslicé con cuidado la concha en su mano y noté que sus dedos calientes y blandos, al ahuecarse para recibirla, rozaban los míos. Teníamos las cabezas muy juntas. Se llevó la ostra a los labios y la mantuvo unos segundos delante de la boca, con sus ojos en los míos, sin pestañear».****** Después, cuando ya son amantes, a la mañana siguiente de hacerlo por primera vez: «... desayunamos en nuestra pequeña sala, delante del fuego, besando las migas y la mantequilla en los labios de la otra». (Continuará, en la sobremesa.) Notas:
[*] «Figs», D. H. Lawrence, en Antología de la poesía erótica inglesa, traducción de Jesús Díaz García, Ediciones El Carro de la Nieve, Sevilla, 1991.
[**] Cantar de cantares, Fray Luis de León.
[***] La traducción es mía.
[****] Anne Carson, If Not, Winter, fragmento n.º 38, Vintage Books. La traducción es mía.
[*****] Napoleón y Josefina. Cartas, en el amor y en la guerra, Editorial Fórcola, Madrid, 2014.
[******] Las citas de El lustre de la perla, de Sarah Waters, están sacadas de la traducción de Jaime Zulaika Goicoechea, Anagrama, Barcelona, 2004.
“Feliz (¡cual pava y perdiz!) de que @archiletras haya escogido ‘Del pavoneo del chotis a la sífilis’ para su ‘Nuevas voces’. ¡Todo es mezcla!”
Recientemente Archiletras me publicó el artículo al que conduce el enlace de arriba.
Se quedó en el tintero —como me señaló una amiga— que en portugués «pavo» es peru (de Perú). Y es que el pavo da más vueltas que una «montaña rusa», que para los rusos es «americana», aunque sigue siendo «rusa» en las lenguas románicas y alguna que otra más.
Lo que no supe hasta hace poco es que en Rusia llaman «cocina europea» a la «cocina americana» (la abierta tipo office, como también se la llama en español).
Antes de volverme a mis pesquisas entre lenguas, quiero despedirme, pero no «a la francesa», como se dice en español, catalán (anar-se'n a la francesa), portugués (sair à francesa) o inglés (French exit o French leave), lengua que también contempla la expresión sinónima «despedirse a la irlandesa» (Irish exit o Irish goodbye). Para los franceses, en cambio, irse sin decir ni mu es «despedirse a la inglesa» (filer à l'anglaise), al igual que para los italianos y los rusos.
Leo, sin embargo, que en Calabria a ese desaire lo llaman «despedirse a la española» y que, por su parte, en español «despedirse a la italiana» es hacerlo de forma efusiva, con aspavientos demostrativos de una amistad sentida.* So it goes!
*Léase al respecto el enjundioso «Contraste entre unidades fraseológicas españolas e italianas sobre fobias y supersticiones», de Nieves Arribas Esteras, publicado en la revista digital Paremia, del Centro Virtual Cervantes.
pelmafrost, m. y f. coloq.
Hasta donde sé, he acuñado una palabra. (Los maliciosos dirán que la he «a-cuñao».) Es pelmafrost.* Todos conocemos a uno, una de esas personas con una capa de personalidad permanentemente pelma; pelmas como el pino, es decir, «pelmanifolios»; de una pelmez —¿pelmidad?; «pelmacería» no, que es otra cosa— perenne, patente y dura como el hielo. *Advertencia a los pelmafrost: sí, lo sé, técnicamente la acuñación debiera ser «permapelma», pero la sonoridad de «pelmafrost» es irresistible, así que haré algo así como con el chóped. Además, esta gente son unos frígidos: solo los pierde el onanismo. Por otro lado, empiezo a pensar que «pelmanifolio» no le va a la zaga. Vale, pues he acuñado dos. Pero sigamos.
A los pelmafrost los tendrían que recetar los médicos de familia —antes llamados «de cabecera»; ahora no basta con tener cabecera para estar enfermo, encima hay que tener familia—. La cosa iría más o menos así:
«¿Tiene insomnio? Pues mire, podríamos... » —muchos médicos hablan en plural, como incluyéndose en el tratamiento, pero cuando llega la preparación para la colonoscopia, evacúan antes que tú, que ya es decir. Pero sigamos:— «... podemos hacer dos cosas: le receto lorazepam, pim, pam, o lo derivo a un pelmafrost para que le aburra por las noches a la hora de acostarse». «De acostarse usted, no el pelmafrost», aclaran. Serían como los lectores de Borges, pero sin libros —¡ojalá olvidaran su logorrea para recitar a otros!—. (Con esto no digo que los demás seamos Borges, que ya sabemos cómo va hoy el arte interpretativo. ¡Ah, qué sabia Sontag cuando dijo que interpretar es empobrecer!)
La otra noche cené con gente ilustrada y una amiga muy leída recordó al respecto el espléndido comienzo de Los hombres me explican cosas, de Solnit, donde la autora describe cómo un pelma de estos —en su caso, de la categoría mansplainer— había descubierto un libro genial, cuyo contenido se dedicó a desglosarle a Solnit con todo lujo de detalles mientras esta le dijo tres o cuatro veces que sí, que lo conocía, que de hecho lo había escrito ella. Hasta que el pelmanifolio absorbió la información. Es difícil penetrar la capa frozen de estos plastas (paradójicamente, el let it go no les entra en la cabeza).
Ah, los pelmafrost. Herbert George Wells no se percató de su potencial. Y es que los pelmanifolios matan dos pájaros de un tiro: 1) hasta la fecha, son los únicos seres capaces de detener el tiempo, e incluso de invertirlo, ergo no haría falta máquina para viajar al pasado, y 2) a su lado eres invisible, por lo que podría prescindirse tanto de laboratorio como de científico. Et voilà, dos libros en uno. Donde haya un pelmafrost, que se quite el café descafeinado. En lugar de ese proceso elaborado de emasculación cafetera (léase «el descafeinar»), las fábricas de café deberían emplear a un pelmafrost: sería «el hombre que susurraba a los granos de café»; la mera vibración de su voz despojaría al café de su mejor facultad. Por otro lado, el grano quedaría molido al instante (y en verano el hielo iría incluido). El pelmafrost aúna los dones del guía turístico y el dermatólogo: te señala la puesta de sol y el grano en la cara. No fue un meteorito lo que extinguió a los dinosaurios. Los pelmafrost no quieren compartir sino impartir (órdenes, lecciones). Aspiran al reverso del vampiro: reflejarse solo ellos en los espejos. Si los espejos son de mano, que se los sujete otro. Es el empeorador, el que cambia lo que funciona y corrige lo que está bien; el que nunca es «la gente», el pajarraco que te copia una idea, se la apropia y te la regurgita.
Ah, los pelmafrost. ¿O pelmafrosts? No, definitivamente, los pelmafrost; a una caterva tan monótona le conviene un plural invariable.
La felicidad, l’escalier
La felicidad es como l’esprit de l’escalier; solo la ves después, por el retrovisor. En otras palabras, era la vida antes de caerte por la escalera.
JEAN MURDOCK_ Flaubert i Kanagawa, reflexions eternes, notícies d’interés permanent
Antes de Freud
Leo que Meganeura fue un insecto del Carbonífero y el Pérmico. Imagino que se extinguiría porque aún no se había inventado el psicoanálisis.
Breve historia del pecado original
Del Edén al «¡Que le den!».
Censura
Se anuncia el cese inmediato de la publicación de las obras de Kafka por ofender a la administración pública en su conjunto.
En un último intento por salvar las obras, sus editores han propuesto cambiar «funcionario» por «influencer» en todos los títulos.
La propuesta se ha admitido a trámite, pero el sistema no la ha registrado y los editores han perdido el comprobante de la solicitud.
A estas horas, los influencers, gratamente ofendidos, han organizado piquetes frente a la editorial tenedora de los derechos y el cabecilla se ha grabado en directo comiéndose el susodicho comprobante. Lo ha subido a TikTok.
Los funcionarios han declarado: «Vuelva usted mañana. Hoy es domingo».
Biografía y autobiografía
La biografía es un espejo retrovisor. La autobiografía, un espejo de probador.
Una sola mano
El sonido de una sola mano aplaudiendo es el de la que le quedó libre a Belerofonte mientras derrotaba a dos ejércitos completos con la otra. No.
El sonido de una sola mano aplaudiendo es el de la sola mano con que Belerofonte derrotó a dos ejércitos completos.
42, más
#42
Regresa nuestra metaliterata preferida, Jean Murdock, con sus 'Huellas'. Hoy, tira del hilo a propósito de las moscas...
He aquí la Huella más reciente, que me tiene con la mosca detrás de la oreja.
Un hilo de negocios improbables
O, para ser más exactos, un hilo de nombres improbables de negocios (todavía) inexistentes.
Falta
En el amor, la falta se bifurca. Como la historia, se da primero como tragedia y luego, como farsa. (O al revés.) Primero es una «ausencia insoportable», luego un «defecto insufrible».
Apuntes para unas ‘Notículas cósmicas’
Dijo Feynman que nadie hacía poesía sobre ciencia. Yo digo que quizá porque la ciencia está dotada de un lenguaje tan poético que sería pleonasmo —y vulgar— ponerla en verso.*
Leo que el telescopio espacial Webb ha captado: cinco galaxias chocando entre sí como bolas de billar, una estrella moribunda rodeada de un océano de polvo, la estructura «gaseosa “ósea”» (¿gaseósea?) oculta de una galaxia muy lejana, astros en pañales en la nebulosa de Carina, dos galaxias —una elíptica y otra espiral— que parecen cogidas del brazo pero no lo están, y la infrarroja más nítida y profunda del universo remoto hasta la fecha, como si hubiera metido la mano al fondo del cajón, por donde se caen las cosas que impiden cerrarlo.
Nos ha dado la composición química más exhaustiva de un planeta lejano hasta hoy y espléndidas imágenes de la nebulosa de la Tarántula —a tantos años luz que si estuviera tan cerca como la de Orión, dicen, produciría sombras— y de la de Orión —a 1350 años luz; puede que ya no exista—, así como de la Rueda de Carro, una galaxia anular con un agujero negro en medio nacida de la colisión de otras dos, un dónut armado con un béiguel en brazos de Ixión.
Ha detectado dióxido de carbono en la atmósfera de un gigante gaseoso fuera de nuestro sistema solar —el exoplaneta WASP-39b— y un retrato infrarrojo de las auroras que se fraguan en los polos de Júpiter, fuego fatuo.
Nos ha descubierto cientos de galaxias, estrellas y cúmulos de polvo sideral. Y he recordado —por Sagan, por Solnit, por Mack— que las longitudes de onda más largas tienden al rojo y las más cortas, al azul, y que todo lo que vemos ya es pasado.
*Dejo para otro momento el aclarar que la poesía es ciencia y a la inversa.