Caminos a McLean Psychiatric Hospital
de La historia de mi herida 2.0 / The Story of My Wound 2.0
Estas viñetas del 18 de diciembre de 1996 son una exploración personal sobre los impactos afectivos de la crisis económica del 1994. Son crónica de una hospitalización mía, de la que escribo desde la lectura reparadora y una intención de resaltar mi gratitud a los personajes que me dieron luz. Miradas, intervenciones breves y presencias elusivas me tomaron de la mano durante un episodio lleno de incertidumbre. Recordarlas me conecta con mi trabajo de investigación que busca entender cómo se ve, siente y piensa con las manos.
Mi hospitalización en McLean Psychiatric Hospital es un fantasma vivo. Diferentes estresores me hacen temer esa circunstancia de visibilidad y estigmatización que me marcó hace 25 años. En mi fuero interno entiendo la “enfermedad” mental con una visión crítica de las instituciones clínicas. Vivo en un aprendizaje constante de modos de sobrellevar y acompañar crisis similares a ésta. Pisar McLean, como dice Mary Douglas en Pureza y peligro, me pone en contacto con reverberaciones de arbitrariedad del etiquetado social. Fue apenas un ingreso leve, pero acariciar esos estigmas, fractura las vida de quienes sufren con su mente justo cuando lo que necesitan son recursos sensatos para salir de sus crisis y construir otro tipo de defensas.
En años recientes, a partir de mi involucramiento con colectivos de familiares de personas desaparecidas comprendí lo importante de formar lazos de cariño sanos que nos acompañen en las épocas de mala salud. Vivo en Estados Unidos desde 2018, y he ido afrontando temores, como el fantasma de McLean, y tejiendo lazos comunitarios en el improbable ambiente universitario de la universidad de Northwestern.
No doy por sentado que porque pasa el tiempo soy mejor, o más madura, pero ahora puedo tomar estos pasajes con manos más generosas.
El 18 de Diciembre de 1996 me trague uno, o dos, botes de Advil mientras escribía una nota. “Hey Jude” de The Beatles sonaba en el estéreo. Era la versión del compilado de Beatles Anthology, que tocaban después de que Paul explicara que la compuso para consolar a Julian Lennon después del divorcio de John y Cynthia.
Mi hermano me espetó que era muy débil para regresar a Monterrey, y decidí probarle que podía ser tan débil como yo quisiera. Socra estaba de visita en Belmont, Massachusetts, donde vivió mi familia un tiempo después de que mi papá renunciara a la Gubernatura de Nuevo León. Estábamos resguardándonos del riesgo de que papá fuese encarcelado y acompañándolo en la turbulencia causada por el priismo idiota que ahora regresa a reclamar los frutos de su proyecto noventero.
Para diciembre había probado varios fracasos sociales y afectivos de tramitar el duelo de la vida como hija del gobernador de Nuevo León. Donde realmente ponía mi esperanza era no tener necesidad de un duelo. Esperaba una maniobra que nos restaurase al lugar en el que estuvimos antes.
Soñaba obsesivamente con la casa de la Calle San Patricio y a mi amigo Cristián López. Hoy quisiera decirle que sentía fuerte el cariño entre nosotros y quería que eso me guiara a un puerto seguro. Enamorarse, de Cristián, fue una palabra que tomé prestada para una emoción muy distinta. Lo necesitaba presente, mientras escuchábamos a The Beatles en la psicodelia prematura de los 14. Imaginaba que el me daba abrazo que me hacía falta. Creo que mi psique hizo un cálculo que sumaba su dulzura y ese gusto compartido los Beatles para asignármelo como compañero virtual. La secuencia de sueños y conversaciones imaginarias con él me sostuvieron hasta que tronó nuestra amistad, y mi mamá mi hermana y yo volvimos a Monterrey.
Me llevaron al Massachusetts General Hospital. Me tuvieron un rato estacionada en la sala de emergencias mientras que llenaban el papeleo para ingresarme a cuarto, y me habían dado una cosa hecha de carbón (sí de ese para asar carne) para neutralizarme el estómago. Esperaba una evaluación psiquiátrica.
Pasé una parte de la noche recibiendo distintas visitas de evaluación médica. Luego mi papá entró a confesarme que su padre los había abandonado y que mi hermano, hermana y yo nunca fuimos bautizadxs. Recibí el desmentido con gusto, pero quedó el regusto de que eligió un momento malo. Sin embargo, el desmentido estableció un antes y un después. Finalmente, permitía liberarse colectivamente del corsé de la vida política para transitar a la descuidada vida familiar.
Entraban a la habitación diferentes médicxs a hacerme las misma batería de preguntas. Posiblemente varios tests sobre depresión clínica, actividad sexual, abuso sexual infantil, adicciones, otros sobre padecimientos crónicos, preguntas de observación sobre la efectividad del carbón. Pues sí, sí estaba ya diagnosticada con depresión mayor por la psiquiatra de Harvard. El carbón funcionó bien, y el recuerdo gustativo de la textura que hacía con la melaza me dio asco por muchos años.
Una enfermera rubia llegó en la madrugada. Era enviada de mamá. Me platicó de su hija que iba a un internado en Nattick, donde se sentía muy a gusto. Mientras, me tomaba las manos. Se solidarizaba con mamá, implorándome que no me diera por vencida, que podía cambiar de escuela. Llorando, le insistí que aunque me había tomado las pastillas, realmente lo que quería era que el dolor parase.
Al final se decidió que yo pasara un tiempo en un hospital psiquiátrico. No me pareció mala idea de inicio.
Para mí el suicidio era como una salida digna de un estadio infernal. Lo entendí después como un deseo intenso de cambio con falta de asideros. Pero en el 1996, el final del segundo acto de Giselle era mi guía sobre lo que pasa después de ponerle fin a la vida de una.
Al final del primer acto la protagonista descubre que el hombre que le juró amor es un príncipe que está comprometido con otra. La Otra es una mujer noble que acaba de pedirle a la campesina “sencilla” entretenerla con su danza.
Mamá, mi hermana y yo fuimos a ver Giselle con el Ballet de la Ópera de París en Bellas Artes. Fue sublime. Dos años antes bailé el divertimento de Giselle con mis compañeras. La pieza la ofrecimos en la conmemoración del Día Internacional de la Danza en el Teatro de la Ciudad a un auditorio que nos aplaudió de pie porque seis chiquitas de 10 a 12 años años seguimos bailando cuando se cortó la música.
Doy un poco de contexto. En el canon de los ballets románticos, una vez que el hombre ha jurado amor con el gesto del dedo índice y medio puestos alto en el aire con la mano derecha mientras que la izquierda se pone en el corazón -y prometido matrimonio señalando su dedo anular izquierdo con el índice- el quiebre de las promesas desencadena una serie de eventos kármicos. En el caso de Giselle, ella se desconcierta, rompe las perlas que le regaló la prometida del príncipe y muere de un infarto. Hilarión (su otro pretendiente) y el Príncipe Albrecht la infantilizan, y ella los mira y culpa a antes de desfallecer.
En el segundo acto Giselle despierta de su tumba converida en un espíritu. Tiene como aliadas al resto de las willis, los espíritus de jóvenes mujeres que murieron por amor, quienes castigan a los responsables de sus muertes con un hechizo de baile que los cansa hasta la muerte. Giselle no interviene con la reina de las willis, Mirtha, en el caso de Hilarion, pero sí para salvar al Príncipe.
Ahora, la primera vez que vi Giselle en vivo fue una versión de ballet contemporáneo. Lo interpretaba un ballet sueco que fue a Monterrey. Fue una extraña iteración del Festival Cervantino a inicios de los 90’s. Adaptaron el libreto a un espacio moderno, y Giselle en vez de morir se vuelve una paciente de sanatorio. El segundo acto sucede en la blancura de las batas de un hospital psiquiátrico lleno de mujeres que van de un lado al otro.
Para mí el suicidio significaba un portal que me empoderaba, como a las willis, en otra vida menos turbulenta.
El ala de evaluación de McLean está llena de pacientes adultos. Era la primera vez que estaba en una clínica psiquiátrica. Mi mamá, mi papá y yo estuvimos en una sala de espera coexistiendo con hombres que miraban diferente, algunos muy silenciosos, otros con la parsimonia de una coreografía experimental de baile contemporáneo.
Había enfermerxs que iban y venían. Era menos la versión ascéptica de One Flew Over the Cukoo’s Nest, y más una sala alfombrada, vieja y café. No era el blanco ausente, sino el café deslavado que abrumaba la desesperación del encierro mental. El poeta Robert Lowell describe bien el ambiente de McLean que yo percibí en su poema “Waking in the Blue”. Incidentalmente, el segundo acto de Giselle es despertar a un mundo nocturno iluminado de azul. Azul es mi color favorito.
McLean era una construcción vieja por la que pasaron también Silvia Plath y Marianne Faithfull, así como el matemático John Nash.
The night attendant, a B.U. sophomore,
rouses from the mare's-nest of his drowsy head
propped on The Meaning of Meaning.
He catwalks down our corridor.
makes my agonized blue window bleaker.
Crows maunder on the petrified fairway.
Absence! My heart grows tense
as though a harpoon were sparring for the kill.
(This is the house for the "mentally ill.")
What use is my sense of humor?
I grin at Stanley, now sunk in his sixties,
once a Harvard all-American fullback,
still hoarding the build of a boy in his twenties,
vaguely urinous from the Victorian plumbing.
A kingly granite profile in a crimson gold-cap,
he thinks only of his figure,
of slimming on sherbet and ginger ale--
more cut off from words than a seal.
This is the way day breaks in Bowditch Hall at McLean's;
the hooded night lights bring out "Bobbie,"
redolent and roly-poly as a sperm whale,
as he swashbuckles about in his birthday suit
These victorious figures of bravado ossified young.
In between the limits of day,
hours and hours go by under the crew haircuts
and slightly too little nonsensical bachelor twinkle
of the Roman Catholic attendants.
screwballs in the Catholic Church.)
After a hearty New England breakfast,
I weigh two hundred pounds
this morning. Cock of the walk,
I strut in my turtle-necked French sailor's jersey
before the metal shaving mirrors,
and see the shaky future grow familiar
in the pinched, indigenous faces
of these thoroughbred mental cases,
twice my age and half my weight.
each of us holds a locked razor.
La conclusión de la psiquiatra que hizo la última evaluación fue que yo debía pasar un mes en McLean. En lo que cobramos conciencia de lo que se nos decía en inglés, a mis padres les robaron el poder de decidir sobre mí y tendrían que apelar el dictamen médico en el transcurso de tres días. No recuerdo lo que nos dijimos, pero con algunos intercambios de miradas comenzamos a argumentar. Nuestra estrategia era decir que si yo permanecía un mes ahí, perdería el año escolar y dejaría de viajar a Monterrey para hacer un viaje benéfico para mi salud mental.
Antes de ingresarme formalmente me quitaron las agujetas de los tenis. Luego me llevaron al ala de observación para dormir en un cuarto. Ahí es donde están pacientes “graves”. Me abrumó la cantidad de mensajes que estaban escritos en las paredes. Sólo recuerdo reparar en el dolor que encerraban las palabras, y pronto me puse a rezar. Fue la última vez que lancé una plegaria para poderme salvar del encierro. Fue una despedida de Dios, y una invocación de todos mis poderes para convencer a estas cabezas duras.
Al día siguiente me evaluó otro psiquiatra, el que estaría formalmente a cargo de mi caso. Con la experiencia de conocer a varios profesionales de la psiquiatría en ese rato me di cuenta que estaban diagnosticando mi caso con base en criterios típicos. La clave sería intuirlos, e imaginarlos en las hojas de los cuestionarios que me hacían. Al imaginarlos, podría refutar la evaluación inicial de la psiquiatra que decidió proponer la estancia en McLean como tratamiento.
Les expliqué que en México los abrazos y la cercanía de la familia extendida producen bienestar, y que permanecer durante las fiestas en un hospital agravaría el cuadro. Obviamente yo había estado lejos de satisfactores importantes durante meses y por eso la #depresión. Alejarme de esos satisfactores de nuevo debía parecerles contra intuitivo para una nueva estrategia terapéutica. No me cabía que no pudieran verlo, pero estaba segura de que no lo captaban.
Un tribunal de tres médicxs, que me volvieron a hacer muchas preguntas, decidió que me quedara solo un día más internada. La propuesta era que al regresar de mis vacaciones de navidad aceptara ir una semana a recibir terapias grupales y otros ejercicios como paciente externa, tomar una nueva droga y durante un mes asistir a terapia con la trabajadora social.
Nadie se disculpó con nosotrxs por el susto que nos dieron.
Terry, la trabajadora social, fue un personaje que podía haber trasplantado de Monterrey. Era una mujer dulce y aguerrida, y quizás quien más ayudó a presentar con los psiquiatras las necesidades afectivas que brotaban de mi contexto social y familiar.
Terry vestía impecable. Tenía unas botas de piel hermosas y usaba faldas largas y sacos en tonos ocre. Me gustaba mucho su corte de pelo a la Meg Ryan noventera, con luces rubias. Su polished look contrastaba con las fachas de mi psiquiatra original, Paula.
Nunca he confiado tan rápidamente en alguien como en Terry. Nos tejimos rápido y trabajamos muy bien.