¿Por qué “cosas de periodista” ? La respuesta parece obvia. Y lo es; pero aún así escribo para razonar el nombre de este blog. Hoy 22 de julio, cumpliendo 19 años de labores en El Tiempo, me place hacerlo.
Soy, antes que todo, periodista. Miro la vida a través de ese cristal. No dejo de ser periodista cuando estoy fuera de la redacción. Soy hija-periodista, hermana-periodista, pareja-periodista, tía-periodista, lectora-periodista, consumidora-periodista, ciudadana-periodista, televidente-periodista, amiga-periodista, paciente-periodista, electora- periodista, cliente-periodista y, ahora, estudiante-periodista.
Mentiría si digo que soy periodista desde que tengo uso de razón. Opté por estudiar periodismo después de fantasear en mi niñez con ser de todo: desde médico (¿quién no se lo ha imaginado al menos una vez en su vida?) hasta ingeniera físico-nuclear. Esas fantasías duraron hasta las primeras clases de química, física y matemáticas, materias en las cuales obtenía excelentes notas pero vaya usted a saber con cuánto esfuerzo y sufrimiento.
Por allá por tercer año de bachillerato en el “José Andrés Castillo” de Montalbán, estado Carabobo, inicié mi autoexploración vocacional (es que el liceo no tenía orientadores para eso). Descartadas todas las opciones que implicaran solvencia con los números, un día le pregunté a mi prima Natacha Salazar (para entonces conocida reportera de espectáculo de El Nacional) qué aptitudes se requerían para ser periodista. Su respuesta fue determinante. “Sentido común”, me dijo. Ese mismo decidí que estudiaría periodismo.
La decisión obedeció más a una necesidad práctica. Tenía que cursar una carrera que fuera capaz de concluir. La estrechez económica familiar me impedía demorarme en mi propósito de “salir de abajo”. Fue así que a finales de tercer año de bachillerato ya había resuelto que sería periodista y, por supuesto, empecé a transformarme en tal. Cuando digo transformarme, digo transformarme; pues de muchas maneras dejé de ser quien era para ser lo que soy: antes que todo, periodista.
Salí del liceo (con honores, acota siempre mi mamá) y gracias a mis calificaciones logré mi cupo en la escuela de Comunicación Social de la Universidad Central de Venezuela, de donde egresé (con honores, vuelve a anotar mi mamá) en julio de 1997 A.CH (antes de Chávez).
Cuando me gradué ya tenía cuatro años de experiencia laboral en El Tiempo, donde empecé como pasante, ya les dije, en julio de 1993. Recuerdo claramente el día que comencé: Cursaba apenas segundo semestre de la carrera y estaba feliz por dos grandes razones: nacía oficialmente como periodista y lograba un ingreso pírrico (pírrico, pírrico, lo que se dice pírrico) pero que para mí significaba la dignidad de ganarme la vida con esto.
Mi prima Natacha tenía razón. Sin eso que llaman sentido común es difícil graduarse de periodista y ejercer ese oficio (el mejor del mundo, dijo García Márquez). Soy de las que afirma -con ánimo de polémica, para qué negarlo- que, ciertamente, con algo de sentido común, otro poquito de disciplina, y otro tantico de técnica, cualquiera se titula en Comunicación Social. Dije cualquiera. Y puedo demostrarlo.
Obtener un título de periodista es fácil. Yo por eso no presumo demasiado del mío (mi mamá sí). De lo que sí presumo es de ser periodista. Ahí sí que me pongo vehemente. Que digo vehemente, ardorosa.
Para SER periodista hay que tener una vocación desmedida. El periodismo no es una profesión cualquiera; es una decisión de vida. No concibo ser periodista en determinado horario, ni en determinadas circunstancias. Eso me ha valido (aparte de insinuaciones relacionadas con mi salud mental, jaja) lluvias de críticas, todas de la especie: “Mary León se pasa de la raya”. Bueno sí, hay que pasarse de la raya para ser periodista.
A estas alturas está sobradamente razonado el nombre de este blog, que es –además- una excelente excusa para incluir, de vez en cuando, cualquier otro tema no relacionado con el periodismo, pero (ténganlo siempre en cuenta) visto con ojos de periodista.