Sobre historias de juicios y quemas inquisitoriales en pleno siglo XXI
Escribo hoy, viernes 27 de abril de 2018, apenas un día después de que fuera conocida en el mundo la sentencia judicial por el caso de “la manada”. Así se autodenominaba un grupo de cinco hombres que perpetraron una violación colectiva a una joven de 18 años, sometiéndola en un portal durante la celebración de los Sanfermines en Pamplona, España. Hoy mismo, Jimmy Morales, presidente de Guatemala, visitó por primera vez el Hogar Seguro Virgen de la Asunción y tuvo el atrevimiento de no dignarse a mencionar siquiera a las 56 niñas que fueron encerradas el 8 de marzo de 2017 en el cuarto donde 41 murieron quemadas, aparentemente porque se seguían sus órdenes de mantenerlas confinadas.
Sobre los juicios inquisitoriales
Me he tenido que enfrentar a muchos sentimientos de furia leyendo las noticias relacionadas con estos dos casos, porque soy un ser humano –como miles de otros- al que no le es indiferente las violencias contra las mujeres. Con respecto a la sentencia de “la manada”, no puedo evitar ser consciente de que si un juez como el señor Ricardo González ha abogado por la exculpar a los cinco violadores de “la manada” es probablemente porque se siente autorizado para hacerlo. Miles de años de cultura y opresión patriarcal le autorizan para dudar de la joven sobreviviente y menospreciar no sólo su testimonio, sino todos los hechos fácilmente interpretables con el sentido común. Leyendo la sentencia, se percibe claramente que, más que juzgar a los perpetradores, es la mujer quien es juzgada por sus acciones. Que un juez como él dedique un párrafo como éste a analizar hasta qué punto la víctima pudo sentir placer o no es como poco nauseabundo:
“en su expresión (de la joven), ni en sus movimientos, (no percibo) atisbo alguno de oposición, rechazo, disgusto, asco, repugnancia, negativa, incomodidad, sufrimiento, dolor, miedo, descontento, desconcierto o cualquier otro sentimiento similar. La expresión de su rostro es en todo momento relajada y distendida y, precisamente por eso, incompatible a mi juicio con cualquier sentimiento de miedo, temor, rechazo o negativa. Tampoco aprecio en ella esa ‘ausencia y embotamiento de sus facultades superiores’. Lo que me sugieren sus gestos, expresiones y los sonidos que emite es excitación sexual”
He leído muchas veces este párrafo y siempre aparece en mi mente la imagen del juez mirando los 96 minutos del video como si se tratara de una película porno. Es más, sospecho que las gafas (los lentes) del honorable señor juez están tan sucias de pornografía que no es capaz de observar la escena de una violación colectiva e identificarla como tal y tal vez por eso sólo perciba “excitación sexual”. Una, que no es especialista en criminología, ni abogada ni jueza, pero que sí es sobreviviente de violencia sexual y ha tenido que pasar años en procesos terapéuticos de sanación, una pues se ha molestado en saber, en conocer, en averiguar que existe un síndrome de parálisis frente a situaciones de agresión, de manera que el pánico puede llegar a ser tan aterrador que el cerebro sólo quede en alerta, preparado para correr o para defenderse, pero sin poder hacer ni lo uno ni lo otro.
Más allá de la parálisis del miedo, todas las mujeres hemos oído esas recomendaciones de las fuerzas policiales que nos dicen que puede ser mejor no oponerse, para simplemente poder salvar la vida. A cualquiera de nosotras, se nos puede instalar esta idea en la mente y no reaccionar, si creemos que así estamos salvando nuestra vida.
Y por otro lado, está la cuestión de la intimidación. Más allá de que la técnica jurídica considere que está probado que los hombres no actuaron con intimidación ni amenazas, un hecho aislado como éste no puede verse descontextualizado de los milenios previos en los que las mujeres sabemos muy bien que si somos emboscadas por un grupo de cinco hombres en un portal puede que no sólo esté en riesgo nuestra integridad energética, emocional, mental y espiritual, sino algo tan básico como nuestra integridad física. La situación de por sí es intimidante. Es obvio para todas nosotras y para quienes tienen sentido común. Por eso, nos damos cuenta de que ya no podemos tolerar más casos como éste donde una sentencia describe con todo detalle una escena de una violación múltiple, pero concluye finalmente en que no se produjo tal violación. Supuestamente, según explican las asociaciones de jueces estos días, debido a una cuestión de la “técnica” jurídica, que es nombrada como siempre nombra el patriarcado su sacrosanta “objetividad”. A estas alturas, sin embargo, la ciencia hecha por mujeres ha avanzado lo suficiente como poder determinar que la tal objetividad no existe en términos absolutos y que no existe ninguna técnica neutra. Toda técnica responde a una visión del mundo. Y en este caso, la doctrina jurídica responde todavía a moldes arcaicos de la cultura patriarcal violenta y dominadora.
Históricamente las experiencias, vivencias y percepciones de las mujeres acerca de sus cuerpos y sexualidades han sido negadas y menospreciadas a lo largo de miles de años de patriarcado. La sentencia del juez Ricardo González es natural a la lógica patriarcal que pone a hombres machistas y violentos a juzgar el comportamiento de las mujeres en relación con sus propios cuerpos y sexualidades. Por eso, una no puede evitar recordar no sólo los fantasmas de las veces en que una ha sido agredida, sino también todas esas miles de veces en las que las mujeres estuvieron frente a tribunales inquisitoriales donde los hombres juzgaron y dictaminaron sobre sus cuerpos y sexualidades.
En palabras de la catedrática e investigadora Silvia Federici en su libro Calibán y la bruja, la Historia de las Mujeres “enseña que, aun cuando los hombres alcanzaron un cierto grado formal de libertad, las mujeres siempre fueron tratadas como seres socialmente inferiores, explotadas de un modo similar a formas de esclavitud”. En este tratado histórico, la investigadora analiza de qué forma la caza de brujas, que se desarrolló en Europa y en lo que el patriarcado europeo consideró como “sus” colonias durante los siglos XVI al XIX, fue un elemento clave para naturalizar las violencias institucionales hacia los cuerpos y sexualidades de las mujeres. Y bien, en el siglo XXI parece que volvemos a asistir a situaciones en las que cierto tipo de hombres enfermos de superioridad y actitudes de cosificación hacia los cuerpos de las mujeres se atreven a desempeñarse como jueces y aconsejar la absolución de cinco violadores a pesar de que consten hechos como que llevaban días planificando estos hechos; que tenían un grupo en WhatsApp donde difundían videos de cómo agredían a otras mujeres y en el que hablaban de qué drogas usaban para violarlas; que a la joven la encerraron en un portal; la quitaron su teléfono móvil (o celular); que la sometieron para penetrarla oral, vaginal y analmente; que grabaron todo en vídeo; que cuando terminaron de usar su cuerpo se fueron despojándola de su teléfono celular y dejándola sola en el lugar de los hechos y que nada de lo que hicieron tuvo nunca consentimiento expreso de la víctima.
Recordando el minucioso recorrido histórico que Silvia Federici hace por el horrible feminicidio que fue la caza de brujas, una no puede evitar pensar que si un juez como el señor Ricardo González se cree autorizado para minimizar el relato del horror que vivió la joven es precisamente porque hubo instituciones antes que, como la Inquisición, dejaron claro el tipo de dominio de los hombres sobre los cuerpos y las vidas de las mujeres, especialmente en el ámbito de un proceso judicial.
Sobre las quemas inquisitoriales
41 niñas fueron quemadas un 8 de marzo de 2017 en el Hogar Virgen de la Asunción, mientras las calles de Ciudad de Guatemala estaban llenas de mujeres marchando en conmemoración de las luchas sociales de mujeres trabajadoras que, en otros momentos de la historia, tristemente también se saldaron con mujeres trabajadoras textiles asesinadas por incendios en sus fábricas.
Desde el encierro que ocasionó la muerte violenta de las 41 niñas, hace más de un año, Jimmy Morales no había visitado el Hogar, siendo él precisamente señalado de haber dado la orden del encierro, según fuentes cercanas a los hechos. Y cuando lo visita, se cree con la autoridad moral y el derecho de poder obviar el feminicidio, de hacer como si nada hubiera sucedido, de sostener su sonrisa en el mismo lugar de los hechos. De la misma manera que, durante más de 13 meses después de la tragedia, él y su sistema gubernamental se han auto-considerado con la potestad para no proporcionar ayuda económica, psicológica o jurídica para las niñas sobrevivientes y sus familias hasta el día de hoy. Y si hablo de feminicidio -a pesar de que todavía no hay sentencia porque el juicio está estancado- es porque, más allá de la sentencia judicial, más allá de que quien prendiera el fuego fueran las niñas o el personal que se encontraba en el Hogar Seguro en ese momento, lo cierto es que todo lo ocurrido es consecuencia directa del cúmulo de violencias institucionales sobre los cuerpos y las vidas de las niñas, quienes han denunciado abusos, malos tratos y violaciones por parte del personal que debían cuidarlas y protegerlas.
Siendo consciente de estas crudas realidades, una no puede dejar de darse cuenta de que para que un presidente del gobierno se considere ahora en posibilidades de realizar estos actos crueles y desprovistos de toda compasión es precisamente porque a lo largo de centenares de años ha quedado impreso en la historia de la humanidad que es posible que los hombres utilicen los aparatos institucionales que ellos construyen para incinerar con impunidad los cuerpos de las mujeres. Y que, muchas veces, esto se hace después de haberlas violado y torturado. Y que no pasa nada. Que sigue sin pasar nada. Que esto no despierta aún toda la alarma social que debiera. Que lo que más escandaliza es que alguien se atreva a nombrar estas realidades desnudando la cruda brutalidad con la que se producen. Que, aunque la Santa Inquisición haya sido abolida, sus prácticas siguen vivas desde la descorazonada institucionalidad patriarcal. Pero que ha llegado el momento de unir todas nuestras fuerzas para extinguirlas de una vez por todas.