La violencia del amor
Nos obliga a nacer
Nos expulsa de un vientre cálido a un mundo frío
Y ante esta injusticia
Solo podemos suicidarnos suavemente
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La violencia del amor
Nos obliga a nacer
Nos expulsa de un vientre cálido a un mundo frío
Y ante esta injusticia
Solo podemos suicidarnos suavemente
Popurrí
vuelvo a escribir
porque me he estado llenando
o vaciando
El otro día pensé en la expresión “gritar al vacio” y lo que significa.
Y para mi significa gritar hasta vaciarse. Como el jamón de york.
Me recomendaron terapia conductual. Pero mi conducta no esta mal. Si me corriges me anulas.
La belleza humana no tiene que ver con las proporciones. No es una nariz colocada ni unos labios gruesos. La belleza está en tu forma de coger los cigarros o en como te tiembla el pulso cuando tienes frío. Verte caminar desnudo es bonito. No porque es tu cuerpo sea bello sino por el hecho de que compartas conmigo esa intimidad. Lo que me emociona es La intimidad no la estética.
Follarte a alguien a quien admiras es decepcionante.
Dececepcionarse con alguien a quien te follas es admirable.
Admirar a alguien que te decepciona es follable.
·
Tú me quitas esa rabia tan mía que sube por mi estomago cuando no me cuidan bien.
Tú me haces ser sumisa, pasiva, y paciente ante las cosas que no me gustan, como los raviolis o mis padres gritando.
Tú desanudas los nudos en mi garganta. Me sacas el corazón del puño, llenas el agujero de mis tripas.
Y a cambio, Solo me pides vida.
Y mi vida te doy, porque te la mereces.
Hasta que encuentre otro tú, que redondee mis esquinas.
Que me haga las tripas, corazón.
Y que suelte las cuerdas, que atan mis pies y brazos cuando salto a la comba.
Y no te digo que te quiero, te digo que mientras me valgas,contigo me quedo.
*
Inciso:
Que escriba menos no significa que sea más feliz. O puede que si.
+
Siento una ternura infinita por ti. Y por tu piel. Y por lo bonita que es la esperanza, de encontrarte, otra vez.
+
Sácale la poesía a las calles a fuerza de besos por las esquinas, de tarareos de metro, de tacones contra el asfalto.
Sácale la poesía dejando a las farolas encenderse a tu paso Sácasela bebiendo en sus bares tumbado en sus parques saltando sus bordillos
Sácala a pulso de paseos, de semáforos amables, de pipas de banco, sácasela con petardos.
Sácala, sobre todo, cuando esté enfadada, y la única norma que siga sea la de no obedecer.
Sácasela porque está en todas partes, en la vuelta de la esquina en la esquina de la vuelta. En la frutería, y en el portal de tu vecina, En la biblioteca y en la pizzería.
Sácala, para que todos puedan verla. Y si te preguntan porqués contestas
¿Y tú me lo preguntas? Si la calle eres tú.
Blanca
Cuando vivía en Vitoria mis vecinos tuvieron una niña. Yo, niña también, acompañé a mi madre a ver al bebé y felicitar a los padres.
Cuando pasamos al salón la luz tenue nos descubrió a la madre, recostada en el sofá con un bulto entre los brazos. Recuerdo a la mía hablando suave, diciendo cosas bonitas al bebé y dando consejos a la nueva mamá, hinchada, y con ojeras traslúcidas bajo los ojos. Yo permanecía en una esquina de la habitación, en la sombra, muerta de curiosidad.
Ven- acércate a ver al bebé. Dijo mi madre.
Despacio, contando mis pasos, me acerqué al bulto.
La madre destapó al bebé.
Una piel aterciopelada, exquisita se descubrió en ese momento. Era de una blancura insoportable, carnosa, inmaculada, tan blanca y brillante que iluminó al instante nuestros rostros.
Blanca- sentenció su madre cortando el silencio.
Blanca tuvo una infancia feliz y llena de cariño. Su piel de alabastro despertaba instintos caníbales y una ternura infinita.
Todo esto cambió cuando empezó el colegio donde su extraña belleza desperto celos infantiles. Los cometarios crueles de sus compañeros la hacían un daño profundo que la revolvía el estómago y la oprimía el pecho.
Un día, tras una pelea en el recreo. Unas manchas aparecieron en sus manos. Eran pequeñas, de un gris claro apenas perceptible pero comenzaron a extenderse de las muñecas hasta los dedos mientras apretaba los puños avergonzada.
Cada humillación manchaba su piel. Sus brazos estuvieron cubiertos antes de llegar a la adolescencia. Su cuello tenía una gran mancha gris, que oscurecía por momentos, que apareció tras un amor no correspondido.
Especialistas en la piel estudiaron su caso. La dieron todo tipo de cremas, pastillas, consejos... qué no solo no sirvieron sino que aumentaron sus complejos al hacerla sentirse enferma, marcada para la sociedad.
La vida adulta llegó para Blanca, como llega para todos. Comenzó a trabajar desde un estudio pequeño y oscuro. Se recluyó, evitando el contacto con el mundo exterior para evitar nuevos daños que mancharan su piel.
Un día mientras escribía a oscuras desde su habitación empezó a oir a un pájaro cantar. Hacía mucho que no oía nada que no fuera el sonido de su respiración, o de sus dedos golpeando las teclas.
Se dirigió a la ventana, y en un acto reflejo, la abrió de par en par. Cubrió su rostro, deslumbrada. Sus ojos se cegaron al instante. La luz entró iluminando cada rincón de la habitación, robotando en las montañas de papeles amontonadas en el suelo.
Unos segundos después comenzó a recuperar la visión. Lo primero que vió fueron los brazos frente a su cara, protegiéndola de la luz directa.
Sus brazos lucían tan blancos como en el pasado, sin ninguna mancha.
Sorprendida, se desnudó completamente y descubrió los espejos, que tenía tapados con sábanas y toallas para no verse.
Blanca- Soy blanca.
Se vistió y salió a la calle.
Fue a casa de sus padres y descubrió que estaban más mayores, llenos de arrugas,y que en su piel, antes joven y tersa, habían aparecido pequeñas manchas también.
Riendo con ellos comprendió que la piel es reflejo de la vida y que las manchas son testigos de nuestros triunfos y fracasos. Y que no tenía sentido pasarse la vida escondida, tratando de evitar mancharse porque el precio a pagar era no vivir.
Lo último que sé de Blanca es que está en un país donde brilla mucho el sol, que está cubierta de manchas, cicatrices y marcas y, que cuando algún maleducado le pregunta el origen de sus manchas, Blanca se ríe a carcajadas y grita: “¡de piel para adentro mando yo!“.
Las niñas bien se quieren mal.
Las niñas bien, las que llevan calzas blancas, y jerséis sin estampar. Se envenenan cada noche cuando no escucha papá.
El día que hizo clac.
Suena el despertador. La mayoría de los días ni siquiera lo oigo así que he adiestrado a mi compañero de piso para que me encienda las luces alógenas de mi habitación y así por lo menos me tengo que retorcer hasta la puerta para apagarlas si quiero seguir durmiendo. Soy experta en posponer. Si me dieran un euro por cada vez que dejo algo para más tarde tendría una montaña de euros que nunca cambiaría por billetes grandes por que lo dejaría para mas tarde.
Si llego, -es decir, en el caso que no me haya convencido mentalmente de que mi estudios no son tan importantes y que realmente falte o no, no voy a curar el cancer- me arrastro hasta el baño donde me lavo los dientes, me rebozo el pintalabios a toda prisa y me paso un peine por el pelo que veo en el espejo, la parte de atrás de la cabeza da igual.
Me pongo unos pantalones altos y meto por dentro la camiseta del pijama, si no me quedan calcetines limpios no me los pongo. La parte más jodida comienza cuando tengo que comprobar que llevo todo lo importante: móvil, portátil, una libreta, las llaves… una y otra vez las listas se agolpan en mi cabeza, es miércoles tienes que llevar bloc, necesitas un pen, deberías de llevar un actimel… Siempre me dejo algo por el camino.
Después unas horas de blablabla infumable en los que desnudo mentalmente a algunos de mis compañeros y espero impaciente el descanso para fumar.
Si sale el sol es un buen día.
A la hora de comer forcejeo con sartenes y cuchillos y siempre consigo componer un plato medio decente y sino pues le pongo rúcula por encima.
La ansiedad es el monstruo de debajo de la cama que tenemos los adultos. Sabes que no te hará nada pero el miedo a que salte sobre ti es tan fuerte que escapa de la ciencia y la razón.
Lexatin gracias por quitarme la intensidad que me sobraba
Eres lo mejor desde el vino blanco con burbujas.
Cómo cambiaron mi vida los mensajes que no leí
El sábado 23 de abril a las 10 de la noche mi Whatsapp dejó de funcionar. Sin motivo aparente el icono en la pantalla de mi iPhone se congeló y no me dejó volver a acceder hasta el lunes a las 10 de la mañana, siendo el domingo el día de mi cumpleaños. Tras 36 horas de mensajes sin leer, por fin whatsapp me permitió acceder a los 434 mensajes que se habían acumulado en mi teléfono.
Pero al abrir la aplicación todos los mensajes desaparecieron por arte de magia. De 434 a 0 en un segundo. Momentos de pánico después, tras haber intentado contactar con toda la cúpula de whatsapp y haber llamado a un informático de guardia, me rendí. Jamás tendría acceso a los mensajes que recibí por mi cumpleaños, asumí que se habían perdido en la nube de internet, y que ahora, flotaban ingrávidos muy lejos de mi.
Ante semejante pérdida, me sentía profundamente confusa. Es decir, pierdo constantemente cosas. Me dejo el cargador de móvil en todos los sitios donde duermo. Pierdo las llaves siempre que bebo y me dejo las bragas en casas ajenas. Puedo enfrentarme a eso. También he perdido amistades, e incluso perdí a mi abuela y supe como sentirme. Pero palabras de amor, de agradecimiento o de cortesía nunca había perdido. Y las palabras no te las puedes volver a comprar en Primark ni las puedes llevar flores al cementerio.
Inmersa en mi luto 2.0, me puse a reflexionar. Tal vez alguno de los mensajes que me enviaron tenía poder. Y con poder me refiero a que podría haber cambiado el curso de las cosas.
Una declaración, un poema, una amenaza. ¿Cómo pudo influir eso en mi vida?
En la era de la comunicación digital millones de mensajes se cruzan todos los días. Desde un ¿donde estas? hasta un ¿ya no me quieres?. Todo flota. No se pierde. Una cantidad ingente de información en forma de caracteres influye en nuestras decisiones y en nuestra forma de relacionarlos. Me pregunto que pasaría si cada día se perdieran solo un 1% de esos mensajes. Totalmente al azar. Cuantas personas dejarían de conocerse y cuantas se conocerían al levantar la mirada de la pantalla por no haber recibido un mensaje.
Ruego un minuto de silencio por los mensajes que no leí. Por su poder. Y ahora, tras superar mi pérdida, bajo mi vista a la pantalla para leer los nuevos mensajes que vendrán.
Mierda
Tengo mucha mierda dentro. Desde que tengo uso de razón. Un pozo gigantesco de basura oscura entre mi pecho y mi estómago. Puedo sentirlo, enserio. Se mueve viscoso en mi interior, palpita, se encoge y a veces crece tanto que no me deja respirar.
Esta mierda me acompaña siempre. Se levanta conmigo y me recuerda que no me gusta madrugar, nunca me deja desayunar sin arcadas y hace que sea incapaz socializar hasta la hora de comer.
Hay situaciones sociales en las que esta mierda crece tanto que la puedo sentir en la boca. Que asco joder. Burbujea y lucha contra mis encías por salir. Me cuesta tanto contenerme que creo que voy a explotar en un inmenso géiser de brea negra y profunda.
Cuando explote pienso llevarme a mucha gente por delante, pienso ser una de esas suicidas egoístas, como los que se tiran al metro en hora punta. Explotaré sin compasión sumergiendo en mi basura a todos los que estén delante, quiero que sea el día más sucio de la historia de la humanidad, quiero que nadie pueda vivir jamás en ese continente. Que la tierra quedé tan pestilente e infertil que si alguien sobrevive tenga que irse a la otra punta del mundo a vivir y que un olor pegajoso y vil le persiga para siempre.
Fobias
Tengo un problema. Es una fobia que no puedo hablar con nadie sin que me cuestione a mi y mi relación con mi padre. Es una fobia que me persigue desde que tengo uso de razón y que siempre sale a flote. Me dan mucho miedo los chicos buenos. Los que huelen a jabón y se levantan todos los días para cumplir sus obligaciones. Los que se acuerdan de tu cumpleaños y te llaman por teléfono. Pero siendo clara ¿cómo no me va a asustar una persona que nunca se salta una comida y que no bebe entre semana?.
Me dan miedo porque me asusta lo predecible, y los planes a largo plazo y las hipotecas. Me da miedo verme sentada en una mesa cutre haciendo declaraciones de la renta en silencio.
Llevo toda la vida huyendo de lo cómodo, de lo fácil, saltando las barreras de la zona de confort, me he acostumbrado a los límites y ya no me conformo con conformarme.
Mentiría si dijera que durante mucho tiempo he intentado convencerme de lo contrario. Me he obligado a controlarme. He fingido. Y dijo he fingido como quien dice que ha tirado la primera piedra, con culpa. Por pasar años disculpándome de mi naturaleza, por dejarme domesticar una y otra vez, por callarme la boca cuando no me la tendría que haber callado y por haber besado menos de lo que tendría que haber besado.
Porque no hay nada más bonito que querer y que te quieran. Pero también es precioso follar y que te fallen. Y jugar y que te la jueguen. Porque te hace sentir igual de viva.
Por eso me dan miedo los chicos buenos. Porque las medias naranjas siempre te acaban dejando a medias. Y la vida se muerde entera.
Por eso, antes de cuestionar mis elecciones, piensa que tal vez no quiero lo mismo que tú.
¿Por qué es imposible follarse a un desconocido?
Para empezar diré que es casi imposible follarse a un desconocido. Y no hablo de la teoría de los seis grados de separación, sino de que cada vez que lo he intentado siempre ha salido un amigo/compañero/ familiar/sugerencia de amistad que ha estropeado mi encuentro sexual y ha destapado mi tapadera de nombre y número falso. No quiero echar las culpas a nadie pero estoy casi segura de que Facebook ha acabado con los ligues de una noche. Antes la gente conservaba recuerdos preciosos de aquel hombre o mujer al que se folló en un portal de Chueca y al que no volvió a ver.
Tal vez solo escribo esto porque este fin de semana, en un taxi con una polla anónima descubrí que conocía a sus compañeras de piso y me desconcertó bastante. Más que nada porque vivo en Madrid y que me pase en mi pueblo es lógico pero aquí, aquí tengo más de 6 millones de personas con las que potencialmente podría acostarme.
La única ventaja que veo a esta conspiración social es que si a la mañana siguiente te pica algo puedes contactar con tu amante e ir juntos a sacaros sangre y discutir sobre quien se lo pegó a quien mientras tomáis un café en el bar de enfrente de la clínica de planificación familiar.
En un mundo hiperconectado donde puedes ver que ha comido hace catorce días tu influencer coreana favorita, ¿cómo resistir las ganas de stalkear a tu amante espontáneo?
Pero resistir la tentación es la clave para mantener el romanticismo efímero de los polvos de una noche. Porque, cada vez que alguien agrega a Facebook o empieza a seguir en Instagram a la chica que le dejó hospedar su pene en su interior o viceversa, estamos más cerca de perderlo.
Plastic bag with neon letters “Open 24/07/365”.
Memoria olvidada
Mi abuelo tiene ochenta y nueve años. Esté año cumplirá noventa y está muy contento porque en el centro de ancianos al que va a jugar a las cartas hacen una fiesta a todos los que cumplen noventa años. Se invita a la familia y a los amigos y les dan una pequeña placa. Puede parecer una tontería pero a mi abuelo le impulsa fuera de la cama todas las mañanas y le mantiene las ganas de cumplir años.
Cumplir años parece haber sido su objetivo a lo largo de toda su vida. Porque mi abuelo, a pesar de su edad no tiene ninguna gana de morirse. Tiene amigos que le vienen a buscar a casa y se viste como un dandi de los años 50, con sombrero incluido. Todos los días hace gimnasia en el comedor y siempre después de comer se toma una manzanilla.
Además de cumplir años, acumular experiencias se le da muy bien. Alfredo fue un joven destructivo y se nota porque ahora es un abuelo tranquilo pero lleno de vida. De su boca salen miles de anécdotas: cuando se colaba en bodas con sus amigos para poder comer gratis, cuando tratando de conseguir miel le picaron cientos de abejas por todo el cuerpo y esa noche misma, salió de fiesta y la boca le sabia miel, también me comenta las similitudes entre la carne de conejo y la carne de gato y lo bueno que estaba el cocido de su abuela … la comida, como para todos los que han pasado verdadera hambre, es la protagonista de la mayoría de sus historias.
Porque mi abuelo tuvo que dejar el colegio cuando apenas sabia leer ni escribir. Y vio como se llevaban al cura de su pueblo para matarle, pero también a sus vecinas por ayudar a unos soldados. También vio como se escondían sus amigos y comió cascaras de patatas con sus hermanos cuando vinieron a casa a quitarles lo poco que les quedaba. Y mi abuelo no habla de bandos, ni de colores, ni de perdedores ni de vencedores. Habla de vecinos, de amigos y familiares que no pudieron vivir lo que él ha vivido, porque no les dejaron.
Ese espíritu de lucha por la supervivencia está adherido a su piel para siempre. La empatía y la solidaridad de quien sabe lo que es la necesidad es una marca visible en su expresión. Mi abuelo no gasta más de lo que necesita porque le parece un disparate.
Por eso, aunque parezca mentira a su edad, todas las pertenencias importantes de su vida caben en una caja de zapatos que guarda en la mesilla de noche.
En esa caja de chismes enmarañados sobresale una foto de mi abuela, ya fallecida, y una cruz de plata cubierta por una pátina suave que perteneció a uno de sus hermanos. Todos los objetos de esa caja pertenecieron a personas que ya no están, pero cada vez que mi abuelo mira a esa caja esas personas vuelven a la vida en forma de recuerdos.
Puede que el secreto para vivir 100 años sea simplemente eso, no acumular objetos que te quiten la energía sino conservar los objetos que te la den.
Dentro de pocos meses será su cumpleaños, se exactamente lo que hará porque me lo ha contado. Sacará su caja de zapatos y meterá la placa dentro, después se irá a dormir.