Llega el momento en que sientes una frágil inquietud, un dolor tibio, apenas perceptible, una astilla que casi te hace llorar pero también sonreír, estremecerte, aceptar la vibración de las cosas como un aliento delicado, un susurro, una queja infantil, una esperanza. Todo te arrulla y a veces te marea, y las sensaciones extrañas dibujan en tu memoria una mirada, unos labios, la voz, el brillo de los ojos.
Sí. Quieres ver a esa persona día y noche, en sueños y en la sombra, en jardines y en las calles, hablar con ella y atrapar su voz y el gesto que te fascina, la sonrisa que te hace olvidar tantas cosas. Sí. Estás enamorado. Piensas en qué le dirás cuando estés cerca de ella, qué broma hacerle, qué historia contarle y cómo hacerla reír, pero al verla olvidas todo, su rostro resplandece y la alegría te hace temblar, quieres decirle que la amas, que tu vida es su vida, que su boca es una flor donde quieres beber la existencia.