No recuerdo a mi papá.
Y a veces siento que esa falta de recuerdo es una herida que nunca supo cómo cerrarse.
Hay días en los que no pienso en él en absoluto, como si nunca hubiera existido. Pero hay otros en los que su ausencia me cae encima sin aviso, como una sombra que uno no invitó, pero que igual se sienta al lado. Y entonces me doy cuenta de que no tener un recuerdo también es una forma de extrañar.
Es extraño cargar con alguien a quien jamás conociste.
Es como caminar con una silla vacía al lado, esperando que alguna vez alguien se siente en ella, aunque ya sabes que eso no va a pasar.
A veces quisiera tener aunque sea un gesto torpe que guardar, una escena mínima, una frase, lo que fuera. Algo que demostrara que hubo un instante en el que su vida tocó la mía. Pero mi mente es un desierto en ese tema: no hay huellas, no hay señales, no hay nada. Y lo que no se recuerda, con el tiempo, uno empieza a creer que nunca existió.
La gente habla de sus padres con naturalidad. Yo hablo del mío como si hablara de un extraño. Y aunque no lo digo en voz alta, hay una parte de mí que siente una nostalgia rara, una especie de tristeza por lo que jamás sucedió. No por lo que perdí sino por lo que nunca me dieron la oportunidad de tener.
No lo busco para idealizarlo.
No quiero convertirlo en héroe, ni en mártir.
Sólo quisiera entender qué lugar ocupa en mí alguien que nunca estuvo.
Tal vez un día encuentre su nombre en una lápida o en un archivo viejo. Y no será para descubrir un pasado, sino para confirmarme que no lo inventé, que en algún momento respiró en este mundo, aunque nunca haya tenido tiempo de dejarme algo suyo.
A veces pienso que si el dolor tuviera forma, la mía sería esta:
una ausencia que aprendí a cargar sin saber cómo se lleva lo que no se conoce.















