Zaragoza, heridas al empedrado
-!Tienes que ir a Zaragoza, a ver la Expo, que está muy bonita! Así me decían los clientes del balneario de Cestona y yo, que tanta consideración tengo a las gentes de esta ciudad, no podía sino contestar -allí iré, allí iré, en cuanto pueda-. Era el año 2008.
Mis recuerdos de Zaragoza se inician mucho antes, en la infancia, claro. Siendo niño, mis padres estuvieron allí. Y de allí nos trajeron unos caramelos dulzones, enormes, en forma de ladrillo, envueltos en papel, con la Virgen del Pilar estampada en el blanco y franjas de colores en sus lados, un color para cada sabor. Estos ladrillos eran entonces el souvenir símbolo de la ciudad y todos los turistas los compraban. Después conocí a niños de Zaragoza, que traían de veraneo sus padres a Zestoa cuando éstos venían a tomar las aguas del balneario. Venía mucha gente de Zaragoza y sus pueblos a la balnaearia Zestoa. Y la idea de como podía ser aquella ciudad que habían visitado mis padres y de la que hablaban los agüistas y cómo llegar a alcanzarla, fue creciendo en mi cabeza.
Doy un salto en el tiempo y me encuentro, ya como joven, nada menos que en medio de la Ofrenda vestido de maño. Ese día, la ciudad se vuelca en celebrar a su patrona y desde pueblos y barrios se llevan en desfile flores que van formando una montaña de color en torno a una imagen de la Virgen del Pilar. Vamos invitados y vestidos por la comitiva de Villamayor, y es que son estas gentes abiertas y generosas, y uno no puede expresar con cuanto orgullo y agradeciemiento participa de la fiesta. Pero de ese primer viaje recuerdo también otros momentos de fulgor: un espectáculo de jotas cantadas al aire libre; el ambiente de los bares donde probamos las gavillas o madejas, que nos pareció algo exótico pero exquisito; el espectáculo sincero, popular, inimitable del café La Plata en el barrio del Tubo, que entonces estaba ya en el tris de cerrar; la apubullante colección de pintura del Museo Camón Aznar; la lonja medieval, majestuosa; el descubtimiento de las frutas de Aragón en sus cajitas de madera liviana… Era el año 1991. Quedó un precioso recuerdo y el ansia del retorno.
Y así, en 2009, un año después de finalizar la Expo, llego por fin otra vez a Zaragoza. Esta vez es muy distinto, pues como turista llego, y con ojos de turista quiero ver la ciudad.
Al llegar, en pleno mes de julio, y algo soliviantado con los costes de autopistas, esa vias herederas de las calzadas romanas que llevaban a Cesar Augusta, no hace calor. ¿Debería hacerlo? Sí, debería. Que se supone aquí en verano hace mucho, mucho calor. Y entonces en el hotel me dicen que si no conozco el cierzo, ese viento que sin aviso alguno llega del Moncayo y adelanta aquello de “agosto enfría el rostro”. Bueno, durante el día se aguanta, pienso, mejor que los calores sofocantes. Aunque mi único atuendo, día y noche, sean pantalones cortos. ¡Pero qué caray, soy un turista!
La plaza del Pilar ha crecido. Se ve amplia y embellecida. Hay una fuente, bancos y la torre de la Seo, ¡que pena sigue cerrada! -pienso-, ahora parece llevarse mejor con la grandota y desaliñada fachada de la basílica. Dentro del templo del Pilar, hay quien charla animadamente. Es realmente un lugar perfecto para encuentros, tan extenso; da hasta para hacerse paseos entre sus naves interminables. Me acerco a ver las pinturas de Goya, pero sobre todo a la imagen de la patrona, aunque solo sea por respeto, y porque las tradiciones, sobre todo para un turista, deben cumplirse.
Saliendo del Pilar una calle larga me lleva sin agobios de gente ni tráfico a la Aljafería. Somos unos pocos visitantes, no muchos. Es julio -caigo en la cuenta-. No es la época para el turismo de las ciudades de interior, por mucho que Zaragoza haya sonado insistentemente en los medios en los últimos tiempos. El palacio es impresionante. Junto con la mezquita de Córdoba y la Alhambra de Granada, forma la gran trilogía del arte árabe en la Península. Yo añadiría además que no es menos hermosa que sus hermanas mayores, algo mas austera y militar sí, pero que de haber estado en otras latitudes, mas de cerca de buenas playas, vaya, sería mas conocida y tan turística como sus hermanas andaluzas. En esos monumentos del sur lo cristiano y lo musulmán conviven a regañadientes pero en la Aljafería hay una una imbricación de un mundo y otro, ayudado por lo mestizo del mudéjar. Ahora que lo pienso… Zaragoza es centro y cruce de caminos, punto de encuentro de múltiples culturas. Todos han pasado por aquí; bueno y casi todos se han quedado, por algo será.
Pero he venido a Zaragoza a ver que ha sido de la Expo. Y para eso hay que cruzar el Ebro.
Cruzando el puente de piedra
Se oye una brava canción
En las torres las campanas
En las torres las campanas
Estan cantando oración
El perro del carretero
Juega con la mula torda
Es que saben que han llegado
Llegado, llegado
Han llegado a Zaragoza
Como no acordarse de tan conmovedora canción al cruzar el río, el río que casi roza el Cantábrico al nacer pero se revuelve al poco para entegrarse al Mediterráneo. Sus márgenes se ven ahora cubiertas de tamarices y surcadas por caminos y pasarelas de madera. Poco queda ya de la Zaragoza rural que evoca la canción. No ha perdido su entrañable carácter pero su ambiente y fisonomía es ya el de una ciudad moderna. Y de esa modernidad la Expo se suponía era motor e imagen y la recuperación de estas riberas para el paseo, precisamente, uno de sus éxitos.
El recinto de la Expo ocupa la península de Ranillas, que me he enterado era antiguamente terreno de huertas. No se por qué, pero esperaba alguna consideración con tan, en mi opnión, muy decente pasado. Pero no, hay una ajardinamiento anodino y moderno, lo de siempre, vamos. Me gustan mas las partes naturales, la olmeda que se asoma al agua, las sendas entre los árboles y arbustos que las personas en su deambular han ido creando. Una carretera ancha y antipática separa esta zona dedicada al agua del conjunto de edificios y pabellones a los que, la verdad, no hago mucho caso. Hay dos que merecen un elogio: la Torre del Agua y el puente de Zaha Hadid, sin duda lo mejor; es una pena no haber podido disfrutar del interior del puente, que imagino lleno de sugerencias.
El disfrute anhelado que debía darme la Expo llega, inesperadamente, en el acuario fluvial. Estoy prácticamente solo cuando lo visito. Bueno estoy prácticamente solo toda la tarde. Ni turistas ni gentes locales por aquí asoman. El Acuario Fluvial de Zaragoza me entusiasmó y deleitó. Como los peces en esas enormes tinas no producen esa tristeza de los animales en un zoo, lo original y didáctico de este museo se disfruta el doble. Están aquí reunidos peces de río, mas humildes y menos coloridos que sus familiares de aguas saladas. Proceden de varios continentes y por supuesto tienen su sitio los que pueblan los muchos kilómetros del río Ebro.
De vuelta al centro, cuando ya cae la tarde, una cierta melancolía me atrapa. Las calles están muy animadas. Todo invita a disfutar la vida, al aire, en lo bares, con las gentes amables de Zaragoza. Pero estoy solo en este viaje, y mejor me vuelvo al hotel. Y además, ahora sí, el cierzo ha enfriado la tarde.
Besos de nieve y de cumbre
Lleva el aire del Moncayo
Un asunto de trabajo me lleva otra vez a Zaragoza y sus gentes. Han pasado varios años, estamos en 2013. La ciudad ha seguido evolucionando a los ojos del turista y seguro también a los ojos de los zaragozanos. La Seo está restaurada y abierta al público, la cabecera mudéjar es una joya; hay nuevos espacios que muestran la que fue ciudad romana; el museo Camón Aznar es aún mas espléndido que antes, el Coso, esa artería de vida, está patas arriba porque está en obras, las márgenes del Ebro están mas arboladas y diría que hasta hay mas jardines por todas partes, todo es dulce en el aire… El ambiente nocturno en El Tubo es un disfrute. Y esta vez no me iré al recinto de la Expo no; no porque no lo merezca otra visita, sino porque estoy atrapado ya en el alma y mil historias y mucha mas vida que discurre en el empredado de las calles de Zaragoza.
Y las mulas van haciendo
Heridas, heridas
Heridas al empedrado
Es que saben que han llegado
Llegado, llegado
Han llegado a Zaragoza
Foto: Lawrence Bogle, @bog_bogle, 2013