El latido eterno de nuestra promesa
Pasó mucho tiempo desde aquella promesa en la playa, ambas vestidas de blanco, con el sereno de la noche y solo dos testigos… El sonido de las olas del mar fue la lírica de entrada a ese improvisado altar, mientras la brisa susurraba el hermoso destello de nuestro amor.
No se necesitaba nada más que el silencio de nuestras propias palabras, tomar su mano y sentir la calidez de nuestro hogar. El sonido de su voz recitando sus votos de amor junto con los míos daba por hecho la sinceridad de aquel pacto de dos corazones encontrándose nuevamente en esta vida terrenal, cumpliendo el deseo de volver a juntar nuestras almas.
Pasaron los años y el tiempo nos hizo cambiar, pero no tocó nuestro amor… Quedaron ilusiones y deseos de nuestros sentimientos, y aquella promesa que siempre estuvo presente…
En esta ocasión no fue el mar ni la brisa; fue el bosque que, entre los árboles y la naturaleza llena de pureza y energía, bajo el frío y la lluvia, estuvo presente al declarar su amor nuevamente…
Aquel bosque que a lo largo de cada año fue testigo de nuestros sentimientos, ahora era testigo de nuestra promesa eterna… Los sentimientos invadieron cada parte de mi cuerpo mientras la miraba de rodillas, pidiendo ser su compañera de vida… Y yo, diciendo sí con el alma antes que con la voz.
Un pacto que va más allá de esta vida... Porque si el destino vuelve a dispersar nuestros caminos, sé que nuestras almas sabrán encontrarse otra vez. Y si el tiempo intenta borrarnos, volveremos a buscarnos con la misma certeza con la que aquella noche tomé su mano.
Porque nuestro amor no nació de un instante… nació del reconocimiento eterno de dos almas que, aun después de todo, siempre regresan al mismo latido.