No sé cómo hacer que lo entiendan.
Porque no se trata de más abrazos,
ni de más palabras bonitas,
ni de lo que puedan ofrecerme.
Se trata de uno.
De un solo abrazo… pero del lugar correcto.
De la presencia correcta.
Ese abrazo que no pregunta,
que no se apura,
que no intenta arreglar nada.
Ese que simplemente llega,
se queda…
y me sostiene como si supiera exactamente cuánto lo necesito.
Yo no quiero muchos.
Yo solo quiero que esa persona —
donde sea que esté—
atraviese todo, llegue hasta mí,
entre en mi habitación en silencio
y me abrace.
Uno de esos abrazos que no tienen tiempo,
que no tienen razón,
y que no necesitan soltarse.
Como el de un padre
que sabe que su hija ya no puede más…
y aun así, no le pregunta nada.
Solo la abraza.













