Parte I. +18! Fey!Enzo. Breeding (implícito), (leve) dirty talk, fingering, sexo oral, sexo sin protección, no aftercare. Español rioplatense.
La voz te falla, tu garganta seca, cuando te detenés frente a tu puerta para buscar tus llaves. Mientras caminaban el cielo se oscureció por completo y casi olvidaste el propósito de su visita. Empujás la puerta, rendida, deshaciéndote de su abrigo cuando la calidad del interior te golpea; disimulás el pánico que tensa tus músculos y, cuando notás que todavía está esperando del otro lado de la puerta, con tono cómico agregás:
-Bienvenido.
El cambio es sutil pero evidente cuando la mirada de Enzo resplandece. Endereza su postura en un gesto digno, merecedor, como el poseedor de un objeto o título invaluable. Cruza el umbral –luego de susurrar un gracias con una ligera inclinación de cabeza- con pasos largos, seguros, comportándose como el dueño del lugar en lugar de como un simple invitado.
Encendés la lámpara más cercana luego de patear un par de botas olvidadas cerca de la puerta y dejás el abrigo en el perchero. Cuando Enzo hace el mismo camino sus movimientos son lentos, cautelosos, como si estuviera entrando en un terreno sagrado.
Recorre la sala de estar sin hablar, su mirada posándose en cada objeto con una precisión que te desarma, sus dedos inspeccionando el lomo de los libros en tu biblioteca hasta detenerse en uno. Lo observás desde la entrada, tus brazos cruzados, intentando llenar el silencio con la fuerza de tu presencia, pero te ignora.
Mientras estudia las fotografías la sensación de una mano removiendo tus recuerdos se instala en tu mente. No tenés miedo, no exactamente, pero saber que esta es su forma de desentrañar tu historia es inquietante. Está rebuscando en tu memoria, hurgando como un espía descarado, porque puede hacerlo –puede hacer lo que sea- sólo con tener tus pertenencias entre las manos.
-No es un castillo, pero… es mi espacio.
-Es más que eso- responde sin dejar de jugar con un imán de la heladera. Es un souvenir de un viaje que ya no podés recordar, él debe saberlo y por eso lo escogió de entre el resto, pero verlo en sus manos hace que ese algo perdido intente emerger en tu memoria-. Todo este lugar habla de vos, es como un mapa: de lo que fuiste, de lo que sos…, de lo que podrías ser.
-¿Y qué ves?
Devuelve el imán y voltea para mirarte.
-Un rompecabezas con una imagen hermosa pero incompleta- su mirada es intensa, penetrante, más inquietante que nunca-. Pero eso ya lo sabés, ¿no?
El calor de la habitación, hasta hace pocos segundos reconfortante, de golpe te parece sofocante. Buscás refugio en el ruido de las tazas y los platos, moviéndote más por hábito que por necesidad, en tanto él continúa recolectando todas tus partes.
-¿Café?
Desde la sala, oculto en algún rincón, ríe suavemente.
-¿Empezamos otra vez?
Cuando te sentás frente a él, sosteniendo tu taza de café caliente como si fuera un ancla, sentís la marea de emociones que su compañía logra despertar en vos. Está relajado, con los brazos apoyados sobre el respaldo del sofá, pero hay algo en la forma en que te mira –no se molesta en ocultar la manera en que sus ojos recorren tu cuerpo- que hace que el aire vuelva a sentirse cargado de electricidad.
-Enzo- llamás, probando su nombre, como si necesitaras entenderlo mejor-. De todos los nombres, ¿por qué elegiste Enzo?
Levanta la vista, sus ojos brillando con esa mezcla desconcertante de diversión y algo más profundo, un elemento que jamás podrás descifrar del todo.
-¿Querés la respuesta filosófica o la mundana?- pregunta, ladeando la cabeza por milésima vez, con una sonrisa que es un claro desafío.
-Empezá por la mundana- contestás sin dudarlo-, siempre podemos volver a la filosófica después.
-Ferrari- dice con simpleza. La respuesta queda suspendida en el aire y parpadeás, confundida.
-¿Ferrari? ¿Por los autos?
-Por Enzo Ferrari, fundador de una de las marcas más icónicas del mundo, porque me gusta su historia y… bueno- hace un gesto con la mano-, me gusta el rojo.
-¿Me estás diciendo que elegiste tu nombre por un color?
-No- responde, con las mejillas rojas, evitando tu mirada-. El nombre tiene fuerza y presencia y el rojo tiene significado: pasión, peligro, poder.
-De todas las razones posibles para un nombre, esa es la última que habría esperado- confesás-. Pensé que tenía que ver con tu supuesta eternidad o alguna historia trágica.
-Ay, ¿te decepcioné?- pregunta, fingiendo sentirse herido por tus palabras, en sus labios un exagerado puchero que te hace reír escandalosamente.
-No, es fascinante- admitís entre risas. Te observa reír y se inclina hacia vos, sus codos descansando sobre sus rodillas, provocando que el reducido espacio entre ustedes parezca todavía más pequeño-. Además de su nombre, ¿qué más te llevaste?
Parpadea, congelado, pero se recompone en un instante. La gracia con la que cambia de posición, recostándose nuevamente contra el respaldo del sofá, parece ensayada y lo hace ver como un depredador calculando su próximo movimiento.
-No voy a contestar esa pregunta.
Intentás no mostrar tu frustración y sabés que fracasás cuando su sonrisa regresa.
-¿Y antes de Ferrari? ¿Antes de ser Enzo?- la pregunta parece sorprenderlo y sus dedos dejan de jugar con las costuras del sofá-. Tenés siglos detrás de vos, ¿no? ¿Cómo te llamabas antes? ¿Qué nombre usabas cuando todo esto empezó?
El repentino silencio es largo y podés escuchar el sonido del reloj marcando los segundos, el compás de tu respiración y los latidos de tu corazón. Luego de muchos minutos, luego de pensar en qué suena en su pecho –si es que algo lo hace- y cuando estás por recordarle tu pregunta, respira con un esfuerzo sobreactuado.
-Tenía muchos nombres- dice finalmente-. Algunos me los regalaron las personas con las que hice pactos, otros me los inventé yo para encajar en sus mundos, pero mi primer nombre…
Parece buscar en las profundidades de su mente y te preguntás cómo se ven sus pensamientos.
-Tenía que ver con el fuego- susurra-, creo…
-¿Fuego? ¿Por qué?
-Iluminaba en la oscuridad… y consumía lo que tocaba- se encoge de hombros, como si la respuesta fuera dolorosamente obvia, pero el gesto carece de la indiferencia que él pretende darle-. Me llamaron dios, espíritu y demonio, todo dependiendo de lo que necesitaban de mí.
Cuando volvés a hablar tu tono es más suave.
-¿Y lo extrañás? El nombre, la identidad.
-No- responde con una sonrisa que es toda Enzo, ligera y arrogante, despreocupado-. Los nombres son como máscaras: se usan, se desgastan y se reemplazan. Ese nombre es sólo un eco, pero Enzo…- extiende las manos como si te mostrara algo-. Enzo es un traje que me queda bastante bien, ¿no te parece?
Soltás una risa, entre nerviosa y cautivada, porque tiene toda la razón.
-Entonces eras fuego y ahora sos… ¿qué?
-¿En este preciso momento? Puedo ser lo que desees.
El espacio entre ustedes es sólo físico. Intentás ocultar lo que sus palabras te provocan.
-¿Y de dónde venís?
-¡Por favor!- exclama con fingida molestia, en sus ojos ese destello travieso, para luego tomarte por los hombros y sacudirte sin mucha fuerza-. ¿Cómo se apagan las preguntas?
-Te dije que quería conocerte- le recordás-. ¿De dónde venís?
La burla se desvanece, reemplazada por una seriedad que no habías visto, su postura relajada mientras sus dedos golpean rítmicamente el brazo del sofá. Nuevamente frunce los labios, concentrado, buscando las palabras para hacerte comprender.
-Mi hogar no es un lugar como los que conocés- contesta, solemne-. Es… un mundo donde el tiempo no significa nada y todo lo que toca la imaginación puede volverse real.
Fruncís el ceño sin ser consciente de ello, intentando imaginar un lugar como el que describe, pero te resulta difícil hacerlo sin pensar en los típicos cuentos de hada y en series o películas de ciencia ficción. Elegís quedarte con la convicción en sus palabras, la seriedad de su rostro y el tono reverente que llena su voz, convencida de que no puede mentirte sobre esto.
-¿Es como una especie de dimensión alterna?
-Si querés verlo así, supongo que sí- concede con una sonrisa, perdonándote por tu ignorancia e inocencia, pero parece lamentar no poder hacerte entender realmente-. Es un lugar donde nada envejece, nada muere… y nada es realmente como parece.
Lo mirás por un momento, buscando en su rostro las señales de que está bromeando, y luego soltás una carcajada. Todo en su expresión grita verdad pero no podés evitar reírte.
-Es como el Polo Norte.
Oculta el rostro entre sus manos pero podés ver su sonrisa.
-¿El Polo Norte…?
-Sí, el Polo Norte- insistís-. Un lugar que suena mágico y perfecto pero que nadie puede visitar.
-Nunca dije que mi hogar fuera perfecto.
-¿Y entonces qué es?
Parece perderse en un recuerdo sombrío, sus ojos fijos en la ventana pero su mirada perdida en otro lugar, hasta responder en su susurro:
-Es el lugar que siempre te llama y te hace regresar aunque no quieras. Es donde termina todo y donde todo comienza.
“¿Por qué no dejás de hacerlo?” recordás haber preguntado. “No puedo” dijo él.
Era un lamento.
-No suena como el Polo Norte.
-No, no lo es… Y si alguna vez lo ves con tus propios ojos te vas a dar cuenta de que ningún cuento infantil podría hacerle justicia.
-¿Puedo visitar…?
Cerrás la boca cuando captura tu muñeca, negando frenéticamente y sin respirar, sus cálidos dedos sobre tu pulso mientras el pánico en sus pupilas te hace temblar de frío. Intentás cambiar de tema.
-Tu nombre- recordás-. ¿La respuesta filosófica…?
La transición parece calmarlo.
-Los humanos y el deseo por el poder, la perfección, la carrera contra el tiempo- se encoge de hombros-. Y el rojo es…
-Fuego.
-Extremos- corrige suavemente-, pero gracias por prestar atención.
-Vos también prestaste atención.
-¿Por qué lo decís?
-Por la cicatriz- señalás su ceja y él mueve la cabeza para que su cabello cubra la huella que el cuchilló dejó esa noche-.Te la dejaste.
-Ah, sí…
-Y por tu cuerpo- evita tu mirada-. ¿Pensaste que no sabía?
-No sé de qué me hablás.
-No sé cómo te verás en realidad- admitís, inclinándote hacia él-, pero lo que sí sé es que querías impresionarme, tentarme, seducirme, porque es tu manera de conseguir lo que querés.
Tu mano se mueve por cuenta propia, jugando con un mechón de su cabello y luego trazando la línea de su mandíbula. Lo sentís tensarse bajo tus dedos y por un segundo da la impresión de estar en otro lugar (ausente, en guardia, temeroso), pero entonces voltea para mirarte, seguro y cómodo, colocando su mano sobre la tuya.
-Tenés un traje, sí, pero no tiene que ver con tu nombre. Tiene que ver conmigo.
-Puede ser…- sonríe, en sus labios una curva lenta y peligrosa, mirándote sin esconder sus intenciones-. Es increíble lo que uno puede hacer con una simple fantasía, ¿no?
Querés golpearlo por ser tan seguro, reclamarle por haber buscado en tu cabeza desde que entraste en el bosque, haciéndose a imagen y semejanza de tus deseos, pero su sonrisa dificulta hilar los pensamientos y… Tus inquietudes deberían de ser otras, ya que después de todo este tiempo no sabés cómo se supone que funcione esto, cómo funciona él.
-¿Qué tan humano sos?- lográs formular con un hilo de voz-. ¿Qué tan humano va a ser el bebé?
En lugar de responder sus labios rozan los tuyos como si estuviera rogándote para que guardes silencio, para que no interrumpas el momento, pero sabés por su expresión y por cómo humedece sus labios (otro gesto aprendido, suponés) que va a contestarte. Su voz, cuando finalmente habla, es un susurro para que sólo tus oídos lo escuchen:
-Soy de carne y hueso, no te preocupes- su respiración se entremezcla con la tuya y suspirás-. La bebé va a ser humana. Sana. Nada extraño.
-¿La bebé…?
-Un clon tuyo- sonríe contra tus labios-. Idéntica.
-Enzo…
-Me gusta cómo suena mi nombre en tus labios.
-Sé que mentiste- decís en cuanto se inclina hacia vos, interrumpiendo el beso que podría ser, tus manos en su pecho-. Sé que el trato era otro.
-¿Qué…?
-Estuve leyendo mucho sobre ustedes y sus costumbres- explicás, nerviosa, mientras peinás tu cabello sólo para ocupar tus manos en algo que no sea su camisa-. No querías tener un hijo conmigo, sólo querías llevarte a un hijo mío.
Retiene la respiración y cuando finalmente exhala, lentamente y sin dejar de mirarte a los ojos, su expresión no logra ocultar el deje de culpa (o lo-que-sea que una criatura como él experimenta en su lugar) que lo recorre. Humedece sus labios una, dos, tres veces, mientras busca las palabras para explicarse, y este es sin duda el momento en que más humano te parece.
-Es tu culpa- susurra-. Vos preguntaste y…
-¿Por qué no me dijiste que estaba equivocada?
-Porque estabas ofreciéndome…- oculta el rostro entre sus manos y bufa-. No podía negarme.
-¿Por qué?
-Porque no quería.
-¿Por qué?
Voltea, furioso, revelando en sus ojos esa oscuridad que en otro momento habrías interpretado como un peligro, pero en este momento es todo lo contrario. Parece vulnerable, herido, ansioso, desesperado.
-Porque puedo hacer lo que quiera, ¿no entendés?
-¿Y las condiciones?
-Vos tenés condiciones- en su voz hay algo similar a la malicia pero que definitivamente tiene que ser otra cosa-, yo no.
-¿Por qué?- repetís-. Todos estos meses me dejaste pensar que querías tener un hijo conmigo, ¿para qué? ¿Para lastimarme llevándotelo? ¿Me dijiste que va a ser nena sólo para que…?
-No- te interrumpe-. No podría.
-¿Qué…?
-No puedo simplemente llevarme a los bebés- explica-. Prometeme que no te vas a enojar.
-No puedo prometer eso, Enzo.
-Dejé que pensaras que quería tener un hijo con vos porque sabía que no ibas a aceptar lo otro- dice con un hilo de voz-. No sos capaz de sacrificar un niño y ese es el requisito para que yo me los lleve a cambio de un pacto.
-¿Entonces…?
-Entonces tenías razón en preocuparte por la humanidad de nuestra bebé- se encoge de hombros y suspirás, sospechando del rumbo de sus palabras, para luego escucharlo agregar:- Porque se va a quedar con vos.
El momento en que te arrojás sobre él y lo besás es delicado, un encuentro inevitable, la primera y última nota de una sinfonía. Enzo levanta la mano, sin dudar, para tocar tu rostro justo como hiciste con él: su palma es cálida y ridículamente suave cuando se posa sobre tu mejilla, todo lo contrario a lo que imaginaste. Sus dedos se curvan, sosteniéndote como si fueras algo precioso, un frágil objeto que teme quebrar.
El beso es lento mientras exploran el terreno de lo desconocido. Sus labios son tan suaves como su mano, moviéndose con una cadencia que parece creada para complementarte, donde cada movimiento es una promesa que no se puede verbalizar. El ritmo es perfecto porque Enzo, con sólo tocarte, puede saber todo lo que te gusta y cómo te gusta.
De no ser por esa noche, por su extraña naturaleza que todavía no estás segura de comprender, por todo lo ocurrido desde el pacto, creerías que te conoce de toda la vida y que esta no es la primera vez que te besa de esta manera. En algún lugar de tu ser, en ese rincón donde anidan las fantasías que no podés pronunciar, desearías que esta no sea la única ocasión para besarlo.
El contacto se profundiza y la sensación de su pulgar, moviéndose como si limpiara de tu piel una lágrima invisible, envía una placentera sensación por tu columna. Cuando te deja respirar, separándose unos escasos centímetros de vos, la forma en que busca tus ojos te corta la respiración. No deja de tocar tu mejilla, la curva de tu rostro encajando perfectamente en la palma moldeada para sostenerte en ella.
-Estás pensando muy fuerte- dice contra tus labios, lamentándose, sin dejar de mirarte fijamente-. Decime, ¿qué es lo que te inquieta?
-Todo- contestás con sinceridad-. ¿Cómo sé que me va a gustar? ¿Y cómo voy a saber si te gusta a vos? ¿Alguna vez…?
-No sos la primera- confiesa, leyéndote como a la palma de su mano-, pero sí sería la primera vez que voy a tener un hijo con un humano.
-¿Entonces…?
-Eso significa que va a ser la primera vez que experimento el sexo como los humanos- suelta una risa que pretende ser despectiva, pero parece forzada y mal lograda, delatando que está nervioso-. Este cuerpo es aún desconocido para mí y no estoy seguro de qué o cómo va a sentirse. Me vas a tener que dar una mano.
Intentás no reír por su broma de mal gusto.
-Supongo que ya sabés qué me gusta y qué no, entonces… ¿Por qué no descubrimos qué te gusta a vos?- proponés, sosteniendo su mano, para luego ponerte de pie y dirigirlo hacia tu habitación-. Tengo que confesarte que no soy una experta, pero…
-Callate- ordena, tirando de tu brazo para volver a besarte, molesto por tu tardanza. Cuando la parte posterior de tus rodillas golpea el borde de tu cama Enzo te empuja para obligarte a sentarte y tu rostro queda peligrosamente cerca del bulto escondido por sus prendas; tus manos tiemblan -por la excitación, por los nervios o por las dos cosas- mientras suben por sus muslos y él toma tu mentón para llamar tu atención-. No estés nerviosa.
-No estoy nerviosa- negás, con voz trémula, esforzándote por mantener el contacto visual-. Sólo quiero que sea especial.
Inclina la cabeza y un destello de ternura suaviza la intensidad de su mirada.
Enzo te observa en silencio, sus ojos brillando con un fuego que parece iluminar la penumbra de la habitación, mientras vos te deshacés de su ropa lentamente para poder complacerlo. En su forma humana su rostro y su cuerpo son una colección de poemas, las rimas más deliciosas ilustradas sólo para tus ojos, pero por unos segundos ignorás su cuerpo porque lo que te cautiva es verlo mirarte como si fueras la única estrella en un cielo infinito.
Tomás su miembro entre tus manos, pesado y caliente, sorprendiéndote por la sensación extremadamente real y por el placentero dolor que se instala entre tus piernas luego de sólo pensar en cómo se sentirá en tu interior. Tu respiración es irregular, una extraña mezcla entre excitación, curiosidad y duda, pero el subir y bajar de su pecho es el doble de errático cuando comenzás a masturbarlo. Desliza una mano por tu cabello y te obliga a mirarlo.
Tira de tu labio inferior con su pulgar hasta el cansancio, su mirada yendo y viniendo entre tus manos tocándolo y sus manos en tu rostro, mientras continuás trabajándolo con la intención de llevarlo hasta el orgasmo. Suspira, jadea y luego de unos minutos sus rodillas pierden la fuerza, pero no te detenés y buscás todas las diferentes maneras de hacerlo sisear por el placer.
El líquido preseminal que brota de su punta y lubrica toda su extensión llama tu atención. No te permitís dudar mucho y capturás el glande entre tus labios, besándolo mientras te deleitás con su sabor, delineándolo con tu lengua y succionando mientras te encargás del resto con tus manos. Enzo deja salir un gemido y sus caderas se mueven en contra de su voluntad, introduciendo varios centímetros hasta que no podés tomar más, la comisura de tus labios ardiendo por su considerable tamaño.
Parece perderse en una visión cuando ve una lágrima rodar por tu mejilla.
-Qué linda que sos- susurra con un hilo de voz mientras limpia el rastro húmedo en tu piel. Parece lamentar el hacerte llorar, pero evidentemente la culpa no es suficiente para detenerse porque continúa empujando contra tu boca hasta que su punta golpea tu garganta una y otra vez y tu saliva cae a mares por tu mentón. Hay una media sonrisa tirando de sus labios y parece ser más de orgullo que de burla.
La sensación parece consumirlo pero jamás intenta empujarte más allá de tus límites y cuando tus pulmones duelen por la falta de oxígeno te libera rápidamente. El hilo de saliva que une tus labios con su miembro, brillante por la mezcla de fluidos y cada vez más erecto, resplandece con el débil destello de la lámpara en tu mesita de luz. Estás por volver a tomarlo en tu boca cuando te detiene, negando lentamente, su cálida mano en tu mejilla.
-Por favor- te zafás de su agarre y lamés su extensión desde la base hasta la punta-. Quiero…
Tus ojos suplicantes parecen romper su voluntad de negarse y cuando el calor de tu boca vuelve a rodearlo, fascinándolo una vez más, se deja hacer. Arroja la cabeza hacia atrás, sumergido en el placer, mientras palpita entre tus manos y gotea sobre tu lengua; un segundo más tarde vuelve a mirarte, incapaz de perderse un segundo más del cuadro que exhibís sólo para él. Es un error.
Un gemido casi-animal brota de sus labios cuando ya no puede resistirlo. Empuja hasta llenar por completo tu boca, salpicando tu garganta con su semen unos segundos más tarde, mientras vos clavás tus uñas en sus muslos por la desesperación y el placer de sentir el sabor de su liberación. Es difícil respirar y tus ojos se nublan por las lágrimas, pero permanecés quieta hasta que deja de gemir, soportando el dolor de sus dedos tirando de tu cabello.
Te separás de él para respirar, sin dejar de tocarlo y sin romper el contacto visual, las últimas gotas cayendo débilmente sobre tu pecho. Estás por hablar cuando te empuja contra el colchón, obligándote a recostarte y cubriéndote con su cuerpo, desesperado por probarse en vos. Explora el interior de tu boca con su lengua, robándote gemidos y suspiros temblorosos, muerde tus labios hasta que te quejás y se empuja contra tu centro para hacerte desearlo todavía más.
-¿Te gustó?- preguntás, casi sin aliento, encantada cuando esconde el rostro en tu cuello y gruñe de vergüenza. Besa y muerde cada centímetro de piel que se cruza en su camino, haciéndote gemir con fuerza y sollozar cuando sus dientes dejan marcas profundas, y cuando tu ropa comienza a molestarle se deshace de ella en un parpadeo-. ¿Enzo…?
-¿Qué?
Besa tus clavículas durante largo rato y luego comienza a descender lentamente, aún esperando tu respuesta, sembrando besos en tus pechos y jugando distraídamente con tus pezones erectos. Lucha para mantener los ojos abiertos mientras lo hace, sus párpados cerrándose instintivamente mientras intenta sostener el contacto visual, su boca dejando un rastro húmedo cuando recorre el valle entre tus pechos en su camino hacia tu centro.
-¿Qué?- repite, su voz más grave y casi molesta, para luego morder la zona de tus costillas. Sujeta tu cintura con fuerza, inmovilizándote para que no puedas escapar de sus atenciones, continuando su camino por tu abdomen y sonriendo contra tu piel cuando las mordidas te hacen temblar.
El calor de su respiración en tu ropa interior húmeda te hace gemir y cerrás los ojos.
-Quiero que se parezca a vos- confesás-. Quiero algo para…
Para recordarte, querés decirle, pero tenés miedo de sonar patética y no estás segura de que sea verdaderamente posible. Cuando no contesta inmediatamente te arrepentís y cubrís tu rostro con tus manos, molesta por lo que dijiste y por cómo lo dijiste, pero Enzo captura tus muñecas entre sus dedos para poder ver tu rostro.
-Me gustaría- susurra y besa el interior de tu muslo-. Me encantaría verte con un bebé nuestro, verlo crecer y…
El resto de la oración, para inquietud de tu mente curiosa, muere cuando decide mover tu ropa interior hacia un lado y roza tu clítoris en el proceso. El escandaloso gemido que parte tus labios interrumpe sus palabras y él lo permite, provocándote una y otra vez, sus labios besando tus pliegues y su lengua explorándote tímidamente mientras disfruta de tu sabor.
-Cuando quieras parar, me decís.
-No quiero parar- negás desesperadamente y tirás de su cabello para conducirlo nuevamente hacia tu centro-. Por favor, Enzo, por favor.
El sonido de la prenda rasgándose entre sus manos es fácil de ignorar porque comienza a jugar con tu clítoris. Rodea tu cadera con un brazo para restringir tus movimientos y muerde tus muslos, besando las marcas a modo de disculpa, presiona su lengua contra tu entrada hasta que comenzás a contraerte en torno a la nada misma, cada vez más desesperada por lo-que-sea que quiera darte.
-Más.
Deja de tocarte para trazar una línea desde tu entrada brillante hasta tu clítoris y luego de unas suaves, imperceptibles caricias que sólo te hacen desearlo más, los guía hacia tu entrada. Presiona con la punta de su dedo medio y gracias a tu excitación logra introducirlo por completo; la acción es suficiente para hacerte gemir su nombre y maldecir, pero Enzo no se detiene allí.
-Estás muy mojada- dice entre suspiros, moviendo el dígito en tu interior, mientras el sonido de tu humedad respalda sus palabras. El calor de su boca sobre vos es lo último que necesitás para sentir los primeros síntomas de tu orgasmo, los músculos de tu abdomen tensándose y tus paredes contrayéndose, succionando su dedo y suplicando por más-. ¿Sí…? ¿Te gusta?
No espera una respuesta, sólo quiere verte retorcerte mientras te devora sin piedad, pero vos repetís una y otra vez lo mucho que te gusta para que no se detenga. Cuando el placer comienza a desbordarte y las palabras son difíciles de pronunciar comenzás a balbucear, suspirás su nombre, tirás de su cabello a modo de súplica, hasta que el ritmo constante de sus atenciones te precipita hacia tu clímax.
Enzo continúa besando tu centro con voracidad, empujando su lengua en tu entrada junto con su dedo, su nariz rozando tu clítoris hasta que te quejás con voz temblorosa. Los últimos besos, sonoros y extrañamente dulces, son más un consuelo que un estímulo, sus manos viajando por tus muslos para disipar el exquisito dolor residual en tus músculos.
Y entonces introduce dos dedos, preparándote para él, ignorando tus protestas con una sonrisa sádica pintada en sus perfectos labios. Presiona sobre tu abdomen bajo y cuando sollozás la desesperación en tu voz -la vulnerabilidad de tu cuerpo en sus manos- lo vuelve peligroso: muerde tu pierna en un intento de contenerse, pero la fuerza con la que lo hace te deja llorando aún más y sus dedos en tu interior, jugando cruelmente con tu punto dulce dolorosamente sensible, nublan tu juicio.
Otro orgasmo, más intenso pero mucho más breve, te sacude. Te dejás hacer, débil e indefensa y perdida en un mar de sensaciones, tus propias manos masajeando tus pechos con fuerza y tus dedos pellizcando tus pezones, regalándole un espectáculo sin ser consciente de la forma en que sus ojos registran tus reacciones y acciones para grabarlas a fuego en su memoria.
Antes de liberarte besa tus pliegues una última vez. Suelta una risa cuando intentás huir.
-Ya sé, mi amor, ya sé- dice cuando se posiciona sobre tu cuerpo, sosteniendo su peso con una mano mientras masajea su miembro con la otra, golpeando contra tu clítoris de vez en cuando. Arrastra los labios por tu mandíbula, por tus mejillas húmedas, besa tus pestañas brillantes por las lágrimas, todo mientras se desliza entre tus pliegues para torturarte-. ¿Querés que te coja?
-Sí, Enzo, por favor.
Presiona contra tu entrada.
-¿Me vas a dejar hacerte mía?
La posesividad en su voz y la promesa de placer envían un pulso directo a tu estómago bajo. Tus pupilas están dilatadas, tu pecho sube y baja rápidamente, no podés contestar con nada más que un simple gesto, pero aún en tu estado percibís el cambio en su actitud y la suavidad en su expresión. Empuja lentamente, con delicadeza y cuidado, pero eso no evita que la intensa sensación te corte la respiración.
Reprimís un gemido de angustia contra tu palma, mordiéndote con fuerza el dorso de la mano cuando no podés tolerarlo más, pero Enzo te obliga a descubrir tu boca y susurra un dulce sin sentido entre dientes, incentivándote a seguir el ritmo de su propia respiración. Toma tu muñeca y lleva tu mano hacia su pecho, justo sobre el lugar donde un corazón late, jadeando cuando introduce otro par de centímetros y tus uñas se clavan en su piel.
Invade el interior de tu boca con su pulgar, bañándolo con tu saliva para luego dibujar círculos lentos en tu clítoris, todavía recordándote que respires con él. El ardor que te abrumaba comienza a evaporarse, ya sea porque tu cuerpo está haciendo lugar para recibirlo o porque el placer nubla tus sentidos, brindándole la oportunidad para terminar de desaparecer en tu interior.
El gemido agudo que nace en tu garganta parece desbordarlo y cuando se inclina para estar más cerca toca tu frente con la suya, suspirando una y otra vez, sus pestañas imposiblemente largas haciéndote cosquillas. El calor de su cuerpo y su respiración colándose entre tus labios es como probar una droga.
-Enzo- llamás su atención-. Más.
-Tenemos tiempo.
-Pero…
-Ya sé lo que querés y juro que lo vas a tener, pero tenés que ser paciente.
Esto, pensás entre respiraciones entrecortadas y bajo la atención de sus pupilas imposiblemente oscuras, no era lo que esperabas. Aunque en realidad no estás muy segura de qué esperabas.
La lentitud con la que comienza a moverse podría ser decepcionante de no ser porque, cada vez que retrocede y vuelve a introducir un par de centímetros, la sensación de tenerlo dentro te hace temer perder la razón. Él continúa tomándose su tiempo, empujando y esperando, empujando otro poco más y volviendo a esperar, como si temiera perderse de algo.
Es una agonía, tan dulce como exasperante, pero te obliga a sentirlo por completo.
Y durante los primeros minutos, ya sea por su tamaño o por la sutil incomodidad de dos cuerpos experimentándose por primera vez, te resulta un poco incómodo. Agradecés que vaya lento, incluso si comienza a ser irritante, porque te permite acostumbrarte a la intrusión.
Un jadeo se te escapa cuando en uno de sus movimientos, evidentemente más profundo e intenso de lo que él pretendía, roza ese punto en tu interior.
-¿Estás bien?- pregunta, paralizándose, mientras lleva una mano a tu rostro para acariciarte. Recorre tu pómulo, tu mejilla, tus labios, como si necesitara asegurarse de que estás ahí. Con él.
-Sí- jadeás, suplicante, moviéndote sólo un poco para motivarlo a continuar-. Estoy bien.
Frunce los labios, observando detenidamente tu expresión, pero no cuestiona tus palabras. Algo en sus ojos delata que no le queda mucho autocontrol, pero se está esforzando y cuando retoma el movimiento, esta vez como si no temiera romperte con la respiración, un suspiro grave escapa de entre sus labios.
Una de sus manos, fuerte y posesiva, toma tu cintura. Reposa su peso en la otra, cerca de tu hombro, la sensación de su piel ardiente robándose tu atención brevemente antes de sentir la primera embestida profunda que te hace gemir y devolver tu mirada a sus ojos.
No tenés tiempo de avergonzarte por tu sensibilidad o de reclamarle por los muchos minutos de tortura previos porque adopta un ritmo constante, deliciosamente intenso... y cuidadoso. Aún cuando sus ojos se llenan de una neblina extraña, aún cuando las venas de su cuello son tangibles bajo tus palmas y se muerde el labio con la fuerza suficiente para sangrar, es cuidadoso con tu cuerpo.
Querés quejarte, decirle que podés y querés más, pero cuando intentás hablar de tu boca sólo escapan gemidos temblorosos, suspiros. balbuceos y su nombre. Se siente divino y el placer se intensifica cuando empuja sus caderas en un ángulo específico, estimulando una y otra vez tu punto dulce.
No es rápido, no es fuerte, pero es perfecto. Y aún así...
-Más- jadeás-. Por favor.
Enzo decide darte el gusto. Acelera, pero aún está conteniéndose, moviéndose más rápido pero no lo suficiente y con la misma fuerza de antes. Sus dedos enredándose en las sábanas son una clara señal y sus uñas marcando la piel en tu cintura también.
Movés las caderas, desesperada, pero eso no logra que se suelte. Tomás sus mejillas, lo obligás a mirarte, intentando transmitir con todo tu cuerpo que deseás todo de él y que puede tenerte de la forma que quiera.
-Por favor, Enzo.
-No quiero lastimarte.
Tirás de él hasta que su frente vuelve a rozar la tuya. El contacto visual, para este ser no-terrenal que hasta hace una hora caminaba como si el mundo le perteneciera y se desenvolvía como un rey, parece ser intimidante en este preciso momento. Lo vuelve vunerable.
-No me vas a lastimar.
Lo besás. Eso corta todo hilo de autocontrol para él.
La fuerza de sus dientes rasgando tu labio inferior, reclamándote justo como hizo esa noche en el bosque, te desarma. El fuerte sabor metálico de tu sangre se mezcla con el sabor de sus labios, con el calor y la presión de su cuerpo sobre el tuyo, haciéndote delirar.
Enzo se rompe y el siguiente golpe de sus caderas es rápido, fuerte y preciso, hace que tu espalda se arquee y grites contra su boca. El hambre voraz y frenético detrás de sus movimientos te corta la respiración y los pensamientos.
Te dejás llevar, capturás su cuerpo entre tus piernas cuando él profundiza la penetración, permitiéndole hacer lo que desee y con vos. Cada estocada provoca que el sonido de tu humedad reverbere por toda la habitación, en conjunto con tus gemidos y los suspiros que Enzo intenta contener en vano, pero lo que más te excita es escuchar el sonido de su piel golpeando la tuya.
Es real, tangible, suficiente para olvidarte del resto por un rato.
La fuerza de sus embestidas hace temblar tu cuerpo y también la cama. Temblás y algún que otro grito se te escapa cuando Enzo, sin previo aviso, decide presionar aún más su pelvis contra tu centro para estimularte aún más. Tus uñas dejan marcas en sus hombros y en sus brazos cuando intentás aferrarte a él, desesperada por la sensación, pero en lugar de quejarse parece victorioso.
En algún momento se endereza y el cambio de posición te deja sin aliente. Tus nervios son fuego bajo cada centímetro de tu interior que toca y te contraés sobre su miembro, sin poder evitarlo, llorando su nombre cuando decide enloquecerte aún más colocando su mano sobre tu abdomen bajo.
Y presiona, con fuerza, para obligarte a sentir todo de él. Sonríe, arrogante y seductor, pero el brillo en sus ojos oculta algo más en lo que no podés pensar durante mucho tiempo porque es entonces cuando la promesa de tu orgasmo se intensifica.
Intentás advertirle, suplicarle, exigir más... pero él ya lo sabe y continúa exactamente igual. El cosquilleo en tus músculos, la manera en que no podés discernir dónde comienza su cuerpo y dónde termina el tuyo, el sonido obsceno de tu excitación, todo es demasiado para vos e insuficiente para él.
Cuando tirás de su muñeca, con lágrimas brillando en tus pestañas y relamiendo los restos de sangre en tus labios, algo en él parece cambiar.
Sin perder el ritmo, invierte las posiciones y se deja caer contra la almohada, tu cuerpo desnudo queda prácticamente en exhibición para él. Te atrae hacia su pecho, ofreciéndote un refugio seguro en su cuello cuando ve que su mirada te abruma, su mano entre tus omóplatos inmovilizándote pero anclándote a ese momento.
Toma tu cadera con firmeza, guiando cada movimiento con una mezcla de paciencia y urgencia, ayudándote a encontrar con tu cuerpo cada estocada desesperada de sus caderas. Sus dedos se clavan con suavidad en tu piel, como si temiera lastimarte pero no pudiera soltarte por temor a que te desvanezcas.
Intentás contener los sonidos que brotan de tu garganta, te mordés los labios, pero el silencio no puede protegerte porque tu cuerpo tiembla sobre él y terminás pronunciando su nombre como una plegaria que sabés desde siempre.
Tu mano, mientras tanto, está sobre su pecho. Sentis el latido constante, rápido, recordándote que está con vos. Eso es lo que te empuja más hacia el borde.
Cuando Enzo busca tu boca el beso es hambre pero también ternura. Susurra un sin sentido en tu oído, palabras inconexas, apodos cariñosos, con esa voz grave y ronca que provoca que el calor abrasador entre tus piernas aumente hasta ser insoportable.
-Dejame verte- suplica.
Temblás y dejás escapar un sonido animal. Tus dedos se clavan sobre su pecho cuando sus movimientos se vuelven más profundos, más desesperados, dejándote sin más opción que dejarte caer por el abismo hacia el que él mismo te precipitó.
Buscás su boca y lo besás con torpeza en un triste intento de contener tus gritos cuando el orgasmo te golpea. Y él responde.
Responde de forma brutal, indecente, devorando cada sonido que dejás salir. El beso es húmedo, profundo, cargado de todo lo que podían estar guardándose. Gemís contra sus labios, quebrada, mientras te sostiene posesivamente contra su cuerpo cálido.
Te derretís entre sus manos, buscándolo con una necesidad que nunca antes habías experimentado, y cuando rompés el beso para respirar él te mira con una intensidad que te hace desear que el momento jamás termine.
Te estremecés y sollozás sobre él, tu cuerpo sensible por el asalto pero sintiéndote segura en el calor de su abrazo, mientras continúa moviéndose. Estás segura de que esto no es exactamente lo que quiere, lo sabés por el destello en sus ojos y el latido desbocado golpeando bajo tu mano, pero Enzo elige ser gentil.
Vuelve a guiarte con las manos en tu cadera, el ritmo frenético y a la vez insufriblemente dulce, su respiración errática volviéndose jadeos descontrolados contra tus labios. Y cuando hunde los dedos en tu cadera con la fuerza para arrancarte un quejido y una mano repta por tu cuerpo hasta sujetar tu nuca para obligarte a mirarlo, lo sentís.
Se rinde por completo y el orgasmo lo golpea de forma violenta. Un sonido gutural, roto, parte sus labios y nubla sus ojos mientras tiembla patéticamente bajo tu cuerpo.
Lo sostenés hasta que se calma. Hasta que vuelve a besarte, suave y tímido, prácticamente suplicándote por permiso para probar tus labios nuevamente.
Después de eso no hay palabras. Sólo permanecen cerca, cada uno perdido en sus pensamientos, mientras las horas corren y la temperatura desciende aún más.
La mano de Enzo, pesada y cálida, reposa sobre tu espalda mientras luchás por no quedarte dormida sobre su pecho. Es un caso perdido, lo sabés, porque sus latidos son un arrullo bastante convincente aún cuando no querés perderte ningún pulso.
Eventualmente, sin poder evitarlo, te dormís.
Y cuando despertás estás sola.
Estás sola y la habitación, en penumbra, está helada. Por un instante entrás en pánico, con una creciente sensación de incomodidad se instala en tu diafragma, pero lo peor es la decepción que te hace tiritar. Angustia. Tristeza. Desolación.
Sabías que esto tenía que ser de esta forma, Enzo jamás te prometió otra cosa, pero ser consciente de las cláusulas del contrato no hace que la desilusión actual sea menos frustrante.
Mientras tus pensamientos divagan tu mano, sin tu permiso, recorre tu cuerpo hasta llegar a tu estómago. No sentís nada fuera de lo normal. Por supuesto, pensás, sería ilógico sentirlo ya mismo. Volteás cuando sentís una lágrima deslizándose, preocupada, preguntándote si en verdad sucedió.
El brillo de un anillo en tu mesita de luz reclama tu atención. Es extraño y sabés que no es tuyo, definitivamente no podría ser tuyo, pero cuando estirás el brazo y lo tomás por algún motivo se siente bien en tu palma.
No intentás probártelo, porque sabés que no va a quedarte, sólo lo sostenés. Es todo lo que dejó para probar que estuvo con vos, para probar que ahora comparten algo, pero de momento es suficiente.
Estoy descubriendo tu blog y leyendo, se me ocurrió una idea: cruzar el Enzo novio de una soprano clásica, y el deaf!Enzo.
¿Qué pasa? Él ama las sonatas para contrabajo porque puede oírlas, pero la voz de ella no porque es aguda. ¿Cómo vive el no poder oír el arte de su novia?
Ojalá lo leas y lo hagas. Saluditos desde Uruguay 🇺🇾
Who do you work for...? 🔪
Porque conozco a alguien más que también estaría fascinada con esta idea.
¿Es una buena idea? Por supuesto que sí. ¿Me rompería el corazón tener que escribirla? Obvio, pero... muy buena idea.
Olvidé que sí hablé sobre las sonatas para contrabajo acá y por un momento me escandalicé porque pensé que me leíste la mente.
Nunca les dije pero el Polo Norte y los cuarteles generales de Deep Inside quedan cerca. Me crucé con Santa Atroz por el barrio y me dijo que mis lectoras están en la lista de quienes se portaron bien...
Así que les voy a dejar un regalo bajo el arbolito (para quienes no festejan también) mañana :)
Ahhh, no puedo creer que no sólo reapareciste por dos segundos para dar señales de vida sino que encima publicaste algo 🥺 Yo todavía sigo por acá, así que voy a leer cualquier cosa que publiques
Muchas gracias por todo el amor 😭❤️
No puede ser que mis lectoras sean tan lindas. Me hacen llorar un miércoles.
Yo sólo quiero mi escrito (sobre lo que vos quieras) con Christian Arias y una reader inspirada en mí jajaja. Que se note el contraste entre lo bestia de él y lo suavecita de ella, pero los dos unos degenerados tiernos jajaja.
Tenkiu ♡
En todo este tiempo la idea de escribir sobre Christian NO DEJÓ MI CABEZA.
Tengo guardados un montón de reels sobre este tema. STAY TUNED.
Como fue tu experiencia escribiendo, soy nuevo y me gustaria ver que uso creativo darle a esta app
¡Hola! ¿Cómo estás?
No sé sobre qué género en específico pensás escribir vos, si será real people fiction o sobre personajes completamente ficticios/propios, pero mi experiencia escribiendo fue buenísima porque mis lectoras son maravillosas y muy dulces, siempre me hicieron sentir re querida y recibía feedback constante y constructivo.
Tumblr me parece un espacio muy seguro para "desarrollarse como escritor". A mí me ayudó muchísimo para saber exactamente sobre qué quería esribir, cómo quería escribirlo, qué mensaje me gustaba dar con mis escritos.
Todavía no lo leí y hasta ahora no recuerdo haberlo visto en ninguna librería, pero hasta donde me dijeron mis fuentes de confianza (acá en los cuarteles generales de Deep Inside ¿?), tiene un final que me resulta medio extraño y me parece que es un libro muy orientado hacia la experiencia como actor, por ende seguramente le sirve más a quienes se dedican a eso.
Si algún día decidís irte de tumblr definitivamente, por favor no borres este blog 🙏🏻 Me encanta volver a acá de vez en cuando y releer tus historias y drabbles, básicamente volver al momento en que disfruté de este fandom que no se note que soy de Cáncer
Permitime decir:
“And for anyone who thought I left, I never left”
Todavía tengo muchas ideas (y la segunda parte de Fey!Enzo está llegando...) sobre las que quiero escribir, sólo que no tengo el tiempo para hacerlo como me gustaría, pero igualmente planeo seguir publicando de vez en cuando y este blog NO SE VA :)
Te extrañamos denuevo lu jakskajs deja de abandonarnos ei:(
(Este mensaje es de mayo pero...) MIL DISCULPAS 😭❤️
Nunca fue mi intención desaparecer y extraño mucho escribir como antes pero por diversos motivos me es imposible regresar a ese ritmo. Me gustaría intentar retomar de a poco y de una forma que me sea más sustentable. Ojalá todavía estén por ahí y les guste lo-que-sea que escriba :)