Una y otra vez, volver a pensar nuestros trazos
Para mí cada año termina cuando el mes de marzo anuncia el fin de la temporada fría que siempre me tiene buscando cierta tibieza en los colores que uso para dibujar, en las latas de té que mi necesidad de calor vacían antes de lo previsto y en el par de acogedores suéteres que se suman al armario mientras dura el frío. El fin del año para mí, llega con marzo, que además del calor renovado y el final de mi simbólica hibernación, trae el cierre de un ciclo que supone cumplir un año más ocupando un lugar en el mundo.
Sí, nací bajo el signo de los peces que nadan, armoniosamente, en direcciones opuestas. Y cada final me significa cuestionamiento, sobre si este espacio, el que ocupo con cierta timidez desdeñosa, ayuda a mantener aunque sea un poquito más el equilibrio en nuestra realidad estrepitosa y a veces aplastante; sobre si las decisiones que tomé, y las que evadí, siguen apuntando hacia la tibieza, la consciencia y la belleza con las que siempre he querido rodearme. Aunque mi oficio, el de ilustradora, el de dibujante, sea un hilo pequeñísimo entre la madeja de saberes, quehaceres y ocupaciones que conforman nuestra realidad, creo fervientemente que debo conducirlo con ojos bien abiertos, no sólo ante la hoja en blanco que tengo frente a mí, también ante mi contexto, individual y colectivo.
Fue precisamente este año el que me hizo repensar mi estilo al dibujar, no sólo al trazar con lápiz sobre papel, también el caminar para llegar a la forma que tendrá una ilustración terminada, sus colores, sus tonos, sus ambientes, sus símbolos y sus paisajes; y cómo todo eso establece un diálogo con la ilustración anterior y con la siguiente, cómo, con el paso de los años que llevo insistiendo en lograr identificarme como ilustradora, he construido un microcosmos propio, tan propio que a veces no me puedo parar a suficiente distancia para distinguir si aún me gusta vivir en él.
Lo pienso, me sitúo en medio de sus tonos ocres y apastelados, tan ligeros a veces que me da la impresión de que no reflejan con suficiente intensidad lo que me gustaría decir, que por cierto nunca sé exactamente qué es, pero lo reconozco sin la menor duda cuando lo veo ahí, colores y líneas sobre la hoja, o sobre la pantalla, confirmando la presencia del anhelo sin nombre. En medio de ese mundito decido que sí, aún es mío, aún deja traslucir mis deseos, mis miedos y mis símbolos.
Unos meses antes, al inicio del año, no tuve tiempo siquiera para cuestionar o dudar de mis trazos, la inminente hechura de mi primer libro, Sagradas, fue a la vez un refugio de la incertidumbre y un recordatorio constante de que no podría parar de dibujar al menos por un par de meses, un incentivo para mantener apaciguada mi naturaleza distraída. Fue así que investigar, dibujar y rezarle a todas las diosas fue lo único que pude hacer por un buen rato, y durante esa temporada exhaustiva, pero también privilegiada, pude volcarme toda en entender al menos la superficie del inmenso universo de las deidades que son también mujeres, Diosas, en toda la extensión de la palabra.
Fue así como hallé el hilo negro de mi año: este libro fue la salida de un laberinto que he recorrido durante todo mi quehacer como ilustradora, el de documentar y descifrar desde el dibujo y no la palabra, que todo lo define, la potencia de la feminidad, de sus misterios y sus sutilezas, de su presencia absoluta y la delicadeza de un estar en el mundo, un arquetipo que mucho más allá del estereotipo, se desborda en posibilidades. Llegué ahí, o el libro llegó a mí después de años dibujando mujeres, aunque no fuera para mí la sacralidad lo que me fascinaba de la feminidad, al menos no así enunciada, pero las diosas llegaron justo a tiempo para nombrar eso que toda mi vida he estado dibujando, y seguiré: lo sagrado. En la feminidad, en lo cotidiano, en la naturaleza y en los pétalos que como cada marzo, cumplen la promesa de volver.