Quién soy yo para cuestionar la expresión, ¿acaso estas ideas inconexas no son más que un montículo de pensamientos que intentan expresar algo?, ¿derrota, decepción, tristeza, depresión, todas esas ideas juntas? Aparentemente todas las connotaciones anteriores, irremediablemente, conducen a una palabra: frustración. Pero hay que tener cuidado con este concepto, puesto que la frustración es también una palabra que ha sufrido el avasallaje romántico de la cultura, por lo que, como si se tratase de una insignia de alta jerarquía, es intocable, intransferible, única cual una cualidad olímpica que sólo los grandes autores y artistas [desafortunados, malditos, etcétera] pueden tener. Estos semidioses portadores del buen sentido de la palabra “frustración” los podemos encontrar en exponentes como Van Gogh o Remy de Gourmont. El canon [esa aberración consensuada] repartió pocas plazas para la “frustración artística” cual si se tratara de una patente exclusiva, despojando así de cualquier otra asociación no gloriosa al significado de su palabra. De ahí que un artista frustrado no es lo mismo que un frustrado a secas, incluso en la primera clase existen diversos tipos, de dioses a cucarachas, todos ellos sometidos al juicio de una comunidad.
En nuestro contexto, en un mundo tan hipersensibilizado por los medios de comunicación y dispositivos (carencia-tenencia de los mismos) que atraviesan a toda la sociedad desde diferentes ángulos y de distintas maneras, parece que existe una especial intolerancia, generalización y condescendencia hacia el término “frustrado”, pues de la gente es el cascaron que arrojan al suelo las personas que se han acostumbrado a sentirse sobre nosotros, poderosos e intocables: políticos, militares, intelectuales, etc. La palabra frustración se ha convertido así en su misma negación y ha tomado el cariz de la imposibilidad y el rencor, pues al no poder aceptar su carácter sublime, reservado a la esfera artística, la lengua y el significado se adaptaron a la cultura: a un momento y a un lugar específico [por ello la lengua es cultura, ¿o no?]. Así es como un participio del verbo “frustrar” engloba a la mayoría de los sentimientos hostes hacía la empresa de alguien más. Mundanamente, cuando alguien osa sentirse inconforme con algo con lo que no está conforme [redundancia casi necesaria dados los tiempos de complacencias que vivimos] suele ser calificado de hater [odiador – qué horrible suena –] por el “atacado” o la sociedad que lo defiende, la mayoría de las veces; basta entonces cualquier crítica, comentario o retroalimentación no motivada por optimismos para traducirse en: “tirar el hate”, tener celos, estar ardido [“ardilla” informalmente], y entre un amplio abanico de posibilidades nunca, pero nunca, falta el clásico frustrado/frustrada.
Vienen a mi memoria muchas de las cosas que me han escupido a lo largo de mi vida, ofensas que me condujeron a los golpes, a la sorna y a la siempre amable indiferencia, pero hay una de esas burlas que no puede dejar de dar vueltas en mi cabeza, especialmente porque motivó estas palabras y cavilaciones cuasi ilegibles. Para el 2013 mi país había pasado por un clima electoral extremadamente turbio. Dados los cambios sociales y gubernamentales acontecidos en meses anteriores a la toma de poder del nuevo mandatario, la sociedad entró en una fase de desmañanamiento. La eterna promesa de una sociedad despierta, motivada por el empuje juvenil, por la obligación de las nuevas generaciones para conformar una patria libre, equitativa, colaborativa y justa [cuándo saldremos del romanticismo, me pregunto] quedó en un triste y desencantador intento. Los movimientos que se lograron constituir fueron desmembrados por intereses internos o por fuerzas externas; después de meses en las calles, de música en las aceras, de rabia en las miradas que precedieron la contienda electoral del 2012, de enfrentamientos con la policía, de las asambleas a pleno rayo del sol, de la muerte de colegas, de las detenciones injustificadas y justificadas de otros jóvenes que también querían un cambio, después de las largas jornadas de arte, de acrobacias, de consignas, y también después de los miles de kilómetros pisados por millones y millones de pies, ruedas, gomas y patas en marchas multitudinarias, algo pasó. La derrota se esparció como peste en el espíritu de los jóvenes, la derrota que no atraería sino un hálito de irritación, miedo y frustración. Aquí, en este punto quiero contextualizar esta palabra.
El nuevo discurso oficial giró en torno a la frustración. Medios de comunicación lo remarcaban, los compañeros se expresaban así, yo mismo llegué a sentirla henchida sobre mi piel. Pero lo verdaderamente aberrante del caso no fue una derrota común de la sociedad “despierta”, sino el knock out total de una sociedad que se despertó con flojera. Las prácticas antropófagas enraizadas en la cultura salieron a flote; lo que siguió durante el 2013 fue una serie de ataques, de dimes y diretes contra tal o cual persona, organización, movimiento, situación, y una lista que tiene de larga lo mismo que de ridícula. La culpa era de nosotros y sólo de nosotros; la capacidad autocrítica mostrada hacía apenas unos meses atrás fue suplantada por la conmiseración, todos necesitábamos un abrazo pero no el abrazo del enemigo, aunque ¿quién era entonces el enemigo? La tristeza dio como resultado el odio, la desconfianza, la apatía [una vez más] pero ahora se agregaba un nuevo elemento que junto a las redes sociales se volvía dinamita pura, el ataque por medio los discursos del poder implantados en la comunidad.
Durante la presentación de un proyecto editorial, en el primer semestre del año 2013, tuve la idea de hacer una crítica hacia una red social de escritores, sí, de esos que salen de la cueva. El foro de la presentación se antojaba cachondo, de festejo, de conmiseración. “La resistencia de los medios libres”, “la descentralización de los medios”, “la libertad de expresión” y demás cosas de ese estilo se escuchaban una y otra vez. Aquellos buenos oradores, conocidos de marchas en algunos casos, entusiastas emprendedores en otros, nos regalaban una linda cara de su trabajo. Sin embargo, una retórica afinada suele ocultar una verdad evidente. No pienso entrar en detalles sobre las observaciones que hice específicamente a uno de aquellos jóvenes emprendedores de sonrisa amable. Sólo sé que después de reportear el evento y hacer pública mi nota una avalancha de reclamos inundó mi correo y mi cuenta de Twitter, un sin fin de personas que en mi vida había visto me atacaban e insultaban y no entendía el porqué. Dudo mucho que el joven emprendedor a quien lancé una crítica objetiva y técnica sobre su idea de red social descentralizada haya estado en las calles junto a miles de voluntades que gritaron y compartieron un ideal en el 2012. Pero en cuanto las otras voces que lo defendían, conocí a varias personas con las que me hermané un tiempo de mi vida, de mis tardes en que faltaba a la universidad para marchar, de escritores que entonces admiraba por su capacidad crítica y aguda; ellos ahora me decían ardido, intolerante, ignorante, pero con mayor frecuencia frustrado.
Este momento fue punto de quiebre para entender que la expresión es una cualidad relativa con una valencia volátil, fluctuante, porque mi intención jamás fue odiar al creador u odiar su proyecto, mi intención fue brindar una opinión técnica y objetiva de cómo podía lograr que su red fuese descentralizada, nada más. A cambio, una generación sumida en la derrota decide hacer suyas las herramientas que nos arrojaron para destruirnos unos a los otros como babuinos que son utilizados para despellejarse entre sí con cuchillos. En ese momento entendí que la expresión era algo velado, una práctica discreta, complaciente y lastimera. Tuve que elegir entre la expresión y la autocensura, cada cuál jugó papeles importantes en los años siguientes. En cuanto a lo que sentí en dado momento: no fue frustración, yo lo llamaría insatisfacción.