Cuaderno de alucinaciones
Mido mi estado de ánimo por el tiempo que dedico a pensar en el suicidio. Si no estoy mal, no suelo dedicarle tiempo. Un poco mal: unos minutos al día. Triste: media hora. Triste y decepcionado: más de una hora al día. Hundido en el abismo: paseos nocturnos por los puentes de mi barrio.
Podría decir que llevo un tiempo triste y decepcionado, pues, aunque pienso bastante en el suicidio, no he vuelto a merodear los puentes de mi barrio desde hace al menos unos meses.
Me parece cuanto menos curioso esa obsesión con los puentes. Es algo como muy literario. A falta de un revólver en la cabeza o en el pecho, un último salto al vacío. Como Paul Celan. Claro que Celan, como es bien sabido, sufrió el infierno de los campos de concentración, ¿cuál es el mío?
En el fondo lo sé, pero cuando uno intenta comparar el espanto de su propia biografía, por terrible que parezca, al horror supremo de la de otras, no puede sino sentir cierta vergüenza. Aunque, ¿fue realmente la experiencia de los campos lo que acabó con la vida del poeta?
Justo ahora, mientras escribía esto, ha venido a mi memoria aquel escritor rumano, Ilarie Voronca, que, en plena II Guerra Mundial, convencido de haber encontrado la fórmula para ser feliz mientras luchaba en las trincheras, empezó a escribir un ensayo al respecto que llevaba por título Pequeño manual de la perfecta felicidad. Tras vencer la guerra, viajó a su país de origen, donde fue aclamado por su valor en combate y por sus obras literarias. Tres meses después de eso, volvió a París y se suicidó, dejando su manual inacabado. Si fue por la experiencia traumática de la guerra, ¿cómo es posible que en ese momento se sintiera tan feliz? ¿Acaso al reformular sus horrores les dio el poder para asesinarlo? ¿Fue volver a la vida normal, a la hipocresía, a la falta total de sentido lo que le hizo matarse? ¿Quién puede saberlo?