Nuestra historia y otras resignaciones
El arte hace todo bello y no todos los momentos lo son. Las cosas que olvidé con el paso del tiempo son, justamente, las cosas que me hicieron llorar. Y, aunque todos sabemos que quedarnos con lo bueno de una época es maravilloso, recordar lo malo para que la historia no se repita es necesario.
Pero nunca supe cómo empezar a escribir lo que fuimos.
Todo comenzó con un juego de miradas que me incomodaban y lo sabías. Llegaste sin avisar y entraste a mi vida sin pedir permiso, haciéndote un lugar en un rinconcito de mi alma y preparando una cama para registrar tu estadía como indefinida.
Empezar a quererte se sentía como ponerte los rollers por primera vez y caminar en vez de patinar porque no sabés muy bien cómo hacerlo sin caerte. Pero vos ibas por atrás, agarrándome la mano y sosteniéndome, prometiéndome que, si me caía, te ibas a tirar conmigo hasta que esté lista para seguir. Era pagar los packs de tres mil mensajes de texto para tres días, para mandarte cada canción de amor que conocía y decirte que me hacía pensar en vos, y es que ¿qué mierda sabía yo de amor?
Tu risa formaba parte de mis días y, en ese momento no me daba cuenta pero, iba a quedar grabada en mi memoria por el resto de la eternidad. Muchas veces me preocupó el hecho de que jamás entiendas lo que era el sonido de tu felicidad. Me angustiaba saber que nunca ibas a saber lo que era que pasen los años, los amores y los dolores pero a tu risa, intacta, yo la iba a reconocer en cualquier rincón del planeta, a cualquier hora y en todas mis edades. Escucharte reír se parecía al carnaval, cuando escuchas esa murga que te hace bailar y te produce una sed que solo se calma con una dosis de tu calor.
Y así fue como, entre risas y bromas, el quererte dejó de dar miedo y empezó a descontrolarse. Ya no me importaba ocultarlo, ni que me digan que no eras bueno para mí, porque ¿qué mierda sabían ellos de amor? Recuerdo tus abrazos bajo la sombra de un árbol, tus labios susurrando las verdades más lindas que alguien me había dicho en la vida (porque en ese momento eran verdades), tu cara bronceada y tu sonrisa que era más grande que el dolor que alguna vez me causaste. Quererte era la representación exacta de bailar bajo la lluvia: una experiencia sinsentido sacada de las películas que nos hacían ver de chicos, una de esas cosas que la gente te dice “si no lo hiciste, no viviste”.
Y pido perdón por lo que voy a decir porque no quiero decirle a los demás cómo querer, pero hay muy pocas cosas de las que estoy segura en esta vida y es que si no quisieron como yo te quise, no quisieron en lo absoluto. Es imposible describir lo que sentía incluso una vida después. Me creía dueña de todas las historias de amor y podía cambiar el nombre de todos los personajes ficticios de los que me enamoré en la adolescencia por el tuyo, porque nuestra historia superaba cada fantasía de Disney. No lograba encontrar ni una sola amiga que me entienda o me diga que lo que me pasaba con vos era normal, porque “lo que me pasaba con vos” debería ser considerado un nuevo término para los enamorados que surgieron después de lo nuestro y se sientan tan desesperados como nosotros por no encontrar definiciones en el diccionario.
Los capítulos que siguieron fueron tan fáciles de leer que las hojas pasaban volando como hojas de un árbol en otoño, llenas de colores del amor. Las enseñanzas de tus palabras, compañeros en el frío, amigos en el calor. Aprender a sostener el querer era el siguiente paso y yo tenía todas las fichas para hacerlo mal. Siempre me jacté de libre, siempre me tomaron por caprichosa, y mezclar las dos lograron la primera ruptura de un corazón: el tuyo.
Era verano y me encontraba siendo presa de las consecuencias de mis propios actos. Entre duelos y peleas conmigo misma, seguías ahí, con una incondicionalidad tan fuerte como el amor que aplastaba tu orgullo. Y así fue como me di cuenta de que te necesitaba. ¿Te quería? Claro. Pero te necesitaba más que eso.
Quererte ya no era bailar bajo la lluvia. Era respirar después de llegar a casa, el rayo de sol de una mañana en pleno julio y la comedia romántica que ves después del drama que te hizo llorar por dos horas. Quererte era el alivio de una vida que no iba a ser sencilla. Mientras que para vos, quererme era sanar un corazón, un salto de tu autoestima y una caricia al ego. Quererme era superarte y ser mejor.
Pero continuamos en nuestra pequeña burbuja de amores diferentes. A veces a escondidas, a veces en secreto, era un acuerdo mutuo que nos mantenía entusiasmados y lejos de las malas lenguas. Pero cada lluvia para y cada película se termina...
De todos los fines del mundo pronosticados y predichos que sobreviví, el nuestro fue el que más cerca de matarme estuvo. Porque, a diferencia de los otros, absolutamente nadie se la veía venir. Tu indiferencia apareció tan de golpe que ni siquiera me pude chocar con una pared porque lo que había era un acantilado. Tras reemplazos, risas ajenas y celos incontrolables, yo, que veía galaxias enteras en tus ojos pensando que vos veías soles en los míos, empecé a apagarme.
El alivio se convertía día tras día en pesadillas que no me dejaban dormir y en llantos interminables que no me dejaban suspirar. Cada voz me gritaba que salga de ahí, cada persona me advertía que no estaba bien y hasta vos mismo me decías que siga adelante. Pero, si nuestra historia estaba escrita en piedra por los mismos dioses y lo que nos pasaba no se encontraba en ningún libro, entonces, aunque quise alejarme, jamás lo intenté. No me iba a ir sin recuperar el corazón que te entregué en caja de cristal y con un moño rojo cuando bailábamos en un diluvio tanto tiempo atrás.
Así, en el preciso instante en el que decidí que recuperarte era la única opción, porque la otra era morir en vida, la poesía se hizo parte de mis días y, justo ahí, agradecí cada dolor por el resto de la existencia.
Volver a tenerte sólo me costó dignidad, orgullo, la persona que era antes y agregar una nueva definición de querer a nuestro glosario. Quererte era sentirme triunfal por ver el vaso medio lleno y encontrarme un billete de dos pesos en la calle. Quererte era todo aquello que veía como suficiente con miedo de aspirar a más. Para vos, quererme era mejor que no hacerlo, era el machete del examen de química y la única canción que te animás a cantar en un karaoke. Quererme era un puerto seguro al que volver cuando afuera todo se volvía insoportable, era la zona de confort.
Yo ya no era yo y vos ya no eras vos. Ahora yo escribía poemas, daba vuelta las mesas por celos y te necesitaba como al aire para respirar. Vos ahora eras distante, no tenías tiempo para juegos de miradas y me dabas ultimátums cuando las cosas se ponían difíciles. Y de alguna forma torcida e incorrecta, nos convencíamos con una mano en el corazón de que eso era querer y que superaba todas las barreras. Yo seguía muriendo por vos y vos seguías bajándome la luna cada noche que pasábamos juntos.
Y nos odiamos en cada oportunidad que teníamos de hacerlo, y nos amábamos con cada roce de nuestros cuerpos. Y cantábamos juntos canciones que tenían nombres de planetas y bailábamos hasta que salía el sol con más alcohol que ganas.
Y ¿cómo era posible que los dioses te hayan puesto en mi camino si verte a los ojos era ver las mismísimas intenciones de los ángeles caídos? ¿Cómo podías ser igual de hermoso cuando me sonreías y cuando me gritabas mientras yo me tiraba de los pelos para que pares? ¿Cómo podías amarme tanto cuando lloraba para manipularte y me mentías para que me tranquilice?
Así fue como perdí para siempre las definiciones de querer...
La cerveza amarga y los mismos errores:
Terminamos repitiendo la historia tantas veces que nos convencimos que todo era nuevo, pero solo era doloroso. Y nos quedamos con ese sabor agridulce en la boca que buscamos hasta el día de hoy cuando me hablas por las madrugadas sintiéndote culpable por las cosas que hiciste mal conmigo y por las cosas que haces mal todavía, o cuando te digo que sí a la quinta cerveza de la noche sabiendo cómo va a terminar.
No olvidamos (vos no olvidas, yo hago como que me acuerdo). Y no aprendemos (vos no aprendes, yo me enamoré de la piedra que me hace tropezar).
Tengo que concederte esta, y es que la única promesa que cumpliste a lo largo de los años y hasta hoy fue la que me hiciste desde el primer momento: vos en mi vida ibas a ocasionar avalanchas y terremotos, tsunamis y huracanes. Ibas a llegar como una catástrofe natural: inesperado y de repente. Ibas a mover cada hueso de lugar y me ibas a cambiar la forma de ver las cosas de un día para el otro. No ibas a pedir permiso, ni en ese entonces ni ahora. Me ibas a hacer sonreír y a endulzarme los oídos con tu risa. No ibas a dejar que me olvide de lo que es bailar bajo la lluvia, el alivio de una vida complicada y creer que el amor es suficiente. Y acá estás, cumpliendo con cada una de esas palabras.
Ahora sé con exactitud que quererte no es más que resignarme.