Sueño 12/23
Estoy caminando de la mano con R por la calle, frente a nosotras hay dos mujeres de cuarenta años de la mano y detrás hay un hombre de la misma edad que ellas.
Es otoño, hay hojas crujientes por todo el suelo y los arboles son de troncos delgados y blancos, casi tan altos como los edificios rojos de alrededor.
R se ríe de algo y continuamos todos por el mismo camino. De repente me doy cuenta que el hombre de atrás no tiene buenas intenciones, y las mujeres de delante lo descubren casi al mismo tiempo. Ellas empiezan a caminar mucho más rápido y yo agarro a R con más fuerza para seguirlas, ella aún no se da cuenta.
En frente hay un portón verde que da a otra calle, en ella hay gente trabajando en escaleras para podar los árboles. Son seis, todos hombres y mujeres, llevaban overoles color azul pastel y largos cables negros en las manos. Parecen atentos y sorprendidos cuando nos ven llegar. Una de las mujeres dice que el hombre está intentando algo, no me queda claro si acosar o intimidar. Permanezco enganchada a la mano de R, un poco asustada pero sintiéndome como fuera de lugar, un poco como expectadora. Solo una chica de pelo negro teñido a rojo me nota. Alguien le pregunta a las mujeres si son lesbianas y ella dice que sí.
El hombre ya no está, y en vez de estar en mitad de la calle estamos en un corredor abierto que da a distintas canchas de tenis verdes. La gente de overoles sigue en las mismas posiciones, sobre las escaleras, pero arreglando las rejas de las canchas.
Un hombre dice que salgamos por el portón del otro lado. Yo y R nos adelantamos, ella ya no habla y se deja arrastrar, tiene una expresión totalmente neutral. De golpe aparece una anciana en el portón y empieza a gritar algo. Se que ella está ocupando el papel que antes era del hombre desconocido.
Me doy la vuelta, ya no están ni las mujeres ni R, solo la gente de overol viéndome sorprendida. Camino hacia el primer portón y la anciana está ahí, colgada del borde intentando verme. Voy de nuevo al último portó, ahí está otra vez.
Llego a la conclusión de que esa señora es una criatura o efecto de este lugar y que en cuanto salga se irá. Tengo mucho miedo, porque todos me miran pero nadie hace nada mientras la anciana me grita cosas y da golpes al portón.
Salgo del polideportivo y empiezo a caminar calle abajo.
Esta oscureciendo, veo borroso en los bordes y hay algunas personas de vez en cuando que pasan por la calle y me miran. Me llaman mucho la atención y no puedo evitar mirarlos. Están envueltos en capas y capas de ropa vieja de invierno, todo de tonos terrosos y patrones clásicos. Rosas, marrones y verdes. Dicen o emiten algún sonido que no termino de entender, un casi grito, y desvían un poco su camino conforme paso a su lado, como si yo los atravesara como imanes.
Siento mi celular en la mano pero no lo veo. Se que estoy leyendo un artículo sobre esa anciana. Estoy segura de que lo que me rodea no es real, que sigo atrapada en el corredor abierto. El artículo dice que el lugar me atormenta con los dos sentimientos más fuertes que estaba experimentando cuando pase por ahí.
Ahora es por la mañana de golpe, sigo caminando calle abajo y ahora voy gritando para intentar no tener más miedo, pero estoy tan asustada que todos mis gritos se cortan en la cima. No tengo ni siquiera el aire suficiente para gritar.
De alguna forma comprendo, por los seres que me rodean y despiertan tanto curiosidad como terror en mi, que las emociones en las que estoy atrapada son el miedo y la atracción.
Es de noche, muy de noche, y estoy harta de estar tan asustada. Siento que como no lo detenga pronto voy a volverme loca o a morir. Me había escondido en una cancha de fútbol cerca de donde estaban las canchas de tenis. Afuera las luces eran tenues y naranjas. Salgo y trepo una reja verde de una cancha de tenis de una forma anormalmente rápida. He decidido que si voy a estar estancada con dos sentimientos para siempre quiero que uno de ellos sea la ira.
Me sujeto de lo más alto de la reja y gritó todo lo que mi garganta cerrada me permite, no es mucho pero es fuerte. La anciana ahora es una mujer de treinta años. Ella trepa el otro lado de la reja tan rápido como una araña, de la misma forma en la que yo lo hice. Me grita, largo y fuerte, justo en la cara. Siento que me tiemblan las manos, la idea que yo tenía no funcionó y tengo mucho más miedo que antes.
Entonces me despierto.












