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Sora no era una chica fanática del maquillaje o demasiado cuidadosa con su arreglo personal, lo poco que hacía era por las enseñanzas de su madre quién la trataba como una muñeca al ser la única mujer en su familia aparte de ella misma. Aún así en el momento en que supo que Yongsu estaba en su casa, a pocos metros de distancia, bajo su árbol favorito, algo entró en ella, se despojó de la bata que ya llevaba puesta, lista para dormir y eligió un atuendo cómodo pero al mismo tiempo lindo (shorts y una playera holgada) se tomó el tiempo de lavar la cara y cepillar un poco su cabello antes de bajar las escaleras a toda velocidad, abrir la puerta de la cocina y caminar hacia el Seoulite, quién destacaba debajo de la casa de madera, no supo bien si por quién era o por el tinte de cabello pero tampoco se hizo muchas preguntas sobre eso “¡Oppa!” saludó dando un brinquito hasta quedar frente a él mostrando una sonrisa cálida en los labios “¿Puedo tocar tu cabello?” preguntó sin darle más vueltas al asunto, no podía desviar la mirada de aquel intenso colorido.
Sonrió por inercia al ver que Sora se acercaba finalmente (ni siquiera quiso preguntarse qué le había tomado tanto, ya se había acostumbrado a los retrasos gracias al club), sin embargo, con solo oír la palabra “oppa” algo hizo que su sonrisa flaqueara un poco y que se convirtiera en una mueca. Optó por dejar de hacerlo --de sonreír-- y mantener una expresión normal. Seguía molestándole que le dijera oppa a pesar de admitir sus sentimientos hacia Sora como los de un hermano mayor. “Sora” se limitó a decir y a pesar de que había decidido mantenerse serio, no aguantó ni cinco segundos cuando el pedido de la chica le sorprendió. Soltó una carcajada y sacudió la cabeza, como si no pudiera creer el no haber esperado una pregunta como esta por parte de Sora, pero finalmente se agachó hasta quedar a su altura y a solo unos centímetros de su rostro, con otra sonrisa ladina y cómplice. “Por supuesto”.






